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“Sudán del Sur corre el riesgo de ser olvidado”

José Luís Hernández, responsable de Protección de Unicef en el país africano, lamenta que el repunte de guerras en Oriente Medio desplace recursos humanitarios

Jose Luís Hernández, durante una entrevista en Barcelona.
Jose Luís Hernández, durante una entrevista en Barcelona.

La ayuda internacional se enfrenta a las guerras que se han generado en los últimos años. La atención a millones de personas que viven en países en conflicto vive ante el dilema de repartirse más, y siempre hay quien sale (más) perjudicado. La disputa entre las dos principales etnias que enfrenta al Gobierno del joven Sudán del Sur (de la tribu dinka) con las fuerzas leales a su vicepresidente (de los nuer) se ha recrudecido desde desde el pasado verano. La población civil y los cooperantes en el país lo han vivido en primera persona y ven más difícil el acceso a su trabajo, según José Luis Hernández, responsable de Protección de Unicef que coordina las labores de documentación de niños soldado en el país para su organización. “Tenemos muchos problemas porque este año se ha desplazado mucho el foco a Siria y el Líbano y hemos perdido recursos”, explica en una entrevista en Barcelona.

Hernández aclara, eso sí: “No es un reproche, para nada. Nosotros intentamos que se sepa lo que está pasando, pero es muy difícil con tanto conflicto este año. Europa siente más cercano Oriente Medio”. El cooperante apunta al asalto del hotel Terrain el 11 de julio en la capital, Juba, que causó mucha indignación por la falta de respuesta de los cascos azules de la ONU, y en el que el ejército gubernamental impuso una jornada de violencia masiva.

Unos 17.000 niños han sido reclutados desde 2013 en el país, 1.600 durante 2016, según Unicef. Los datos se conocen por el trabajo que coordina este mexicano que llegó un mes antes de que estallara la guerra civil, en diciembre de 2013, solo dos años más tarde de la independencia con respecto a Sudán mediante otra guerra.

El suceso del hotel no fue aislado y marcó un punto de inflexión. “Antes, la guerra estaba en el norte y ahora se ha ido al sur, en la frontera con Kenia Uganda y el Congo. [Al menos 300 personas murieron en enfrentamientos entre ejército y rebeldes en Juba en los días previos al asalto]. Cuando estábamos en el norte para nosotros era más fácil viajar y hacer los informes, pero ahora no tenemos ese acceso. Si ahora me preguntan si hay reclutamiento también en el sur, podemos decir que seguramente lo hay, pero no lo podemos comprobar. El camino desde Juba es muy peligroso actualmente y ha habido muchos humanitarios y ONG’s que han sido atacados en el camino”, explica Hernández.

El problema llegó además en un momento en el que las cosas habían podido mejorar un poco. Los acuerdos de la ONU con el ejército gubernamental habían permitido la liberación de 1.932 niños (1.755 en 2015 y 177 en el 2016, cuando el aumento de conflicto frenó el proceso), según Unicef.

Los acuerdos con el ejército funcionan cuando estamos pendientes

José Luis Hernández (Unicef)

Las relaciones con el Gobierno se han visto afectadas desde julio y los acuerdos para parar el reclutamiento son débiles. Aun así, Hernández se muestra optimista. “Vemos que los acuerdos sí funcionan cuando estamos ahí. Cuando han liberado 1900 niños es porque tenemos una presencia. Pero hay el problema de que esos niños a veces son liberados y vuelven a ser reclutados por la misma gente que los liberó”, explica. Muchos actores internacionales critican que la ONU no consiga imponer un embargo de armas en el país que va camino del genocidio, con 2,3 millones de personas desplazadas. La organización ha votado sobre esto el pasado 19 de diciembre, pero la resolución no fue aprobada finalmente.

Mientras tanto, el relato de Hernández dibuja el horror cotidiano de los niños soldado. En la mayoría de ocasiones, son secuestrados del camino al colegio o en la búsqueda de agua. A cambio de algo de comida o algo tan simple como unas botas —mucho mejor que las chanclas habituales o la dureza directa del suelo— son convencidos u obligados a creer que combatir es la única salida para sobrevivir en un país con el 800 % de inflación, con una situación generalizada de inseguridad alimentaria y con niveles sin precedentes de desnutrición infantil. Hernández cuenta que a muchos de los liberados les cuesta creer en un futuro sin armas, pero se queda con la anécdota de un pequeño del estado de Unity, en el norte, que el año pasado le agradeció en un campamento de desplazados haber vuelto a la escuela: “A pesar de todo lo que vio, sabía que no era el camino correcto. Me dijo que quería ser soldado. Que quería ser doctor”.