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Cinco lecciones sobre el hambre

Un curso de verano de la Complutense y la FAO analiza las posibilidades de acabar con esta lacra

Una mujer recoge chiles en marzo, en una zona de Myanmar asolada por la inseguridad alimentaria.
Una mujer recoge chiles en marzo, en una zona de Myanmar asolada por la inseguridad alimentaria. Hkun Lat
S. L. de El Escorial

¿Se puede acabar con el hambre en el mundo? Los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) aspiraban a reducir el número de hambrientos a la mitad para el año 2015. Pero las cifras oficiales señalan que aún quedan en el mundo 793 millones de personas que la sufren de los algo más de 1.000 millones que había hace 25 años. Es decir, que solo se ha reducido en torno a un 20%. Sin embargo, tanto el Reto Hambre Cero, lanzado por el secretario general de Naciones Unidas Ban Ki-Moon en 2012 como los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) ya no hablan de "reducir, sino de "erradicar" el hambre.

Un curso de verano organizado por la FAO (la agencia de la ONU para la alimentación y la agricultura) y la Universidad Complutense de Madrid trata de responder a las cuestiones que plantea ese enorme desafío. La premisa de partida es que sí. Que sí es posible acabar con esta lacra. Y además, que se puede hacer en una generación. Pero antes, expertos de agencias internacionales, Gobiernos y ONG tratan de poner en claro algunas cuestiones y conceptos.

1. ¿Qué es el hambre?

Cuando los estudios de la FAO como agencia técnica (en especial el Estado de la Inseguridad Alimentaria, publicado anualmente), que sirven de referencia mundial, hablan de hambre se refieren a la subalimentación crónica. Esto es, se considera que una persona pasa hambre cuando no obtiene (durante al menos un año) alimentos suficientes para las necesidades de energía que plantea su vida.

Esa subalimentación está relacionada con la inseguridad alimentaria, que acontece cuando una persona no tiene asegurado el acceso a alimentos inocuos y nutritivos suficientes para llevar una vida sana. Es decir, cuando una persona no tiene la certeza de si va a poder comer mañana, la próxima semana o el mes que viene y por tanto está en riesgo de pasar hambre. Para que haya seguridad alimentaria, tiene que haber comida disponible (en los mercados, en el país, en las reservas...), accesible (con precios asumibles), utilizable (que el cuerpo pueda aprovechar los nutrientes presentes en los alimentos) y que todo lo anterior sea estable en el tiempo.

Las personas que pasan hambre, especialmente los niños, están casi siempre condenados a sufrir desnutrición. Esta situación abarca retrasos en el crecimiento, delgadez peligrosa en relación con la estatura y déficit de vitaminas y minerales (malnutrición). En el caso de los niños, sobre todo aquellos en los primeros 1.000 días de su vida, esta situación es de extrema gravedad pues, sufrir desnutrición condicionará seguramente todo el desarrollo vital de la persona.

La desnutrición es, por tanto, el consumo insuficiente de nutrientes. Pero uno también puede estar malnutrido por exceso. Enrique Yeves, director del curso y responsable de comunicación de la FAO, señalaba este lunes que la sobrealimentación comienza a ser un problema "casi tan grave" como la desnutrición. Los problemas derivados de esa ingesta excesiva (obesidad, diabetes...) afectan ya a cientos de millones de personas en todos los países, también en muchos países en desarrollo.

Por eso, apuntaba Yeves, el enfoque ha cambiado. En las últimas décadas se luchaba contra el hambre trabajando en aumentar la producción de alimentos. "Hoy nos damos cuenta de que eso no basta. No vale con que la gente coma cualquier cosa: tiene que comer bien".

2. ¿Cómo se mide el hambre?

Con información propia, de los países y de otras agencias, la FAO hace una medición de la cantidad de alimentos disponibles en un país determinado y establece una serie de parámetros sobre acceso y la capacidad de compra de los hogares. De ese cóctel complejo que fundamentalmente se centra en los cuatro indicadores de la seguridad alimentaria se obtienen las cifras. La última: 793 millones de hambrientos.

Algunas veces estos cálculos han generado polémica por la reticencia de algunos países a reconocer que sufren el problema del hambre y su negativa a aportar datos fidedignos. Medir el hambre no es solo complejo técnicamente, sino también por las implicaciones políticas al tratar con los Estados miembros de la organización internacional.

Hoy, el proyecto Voices of the Hungry (Voces de los hambrientos, en inglés) trata de atemperar la frialdad de los números y las cifras absolutas y aportar una nueva dimensión a los datos del hambre. A través de una encuesta de ocho preguntas realizada en los hogares, se trata de obtener la percepción que los afectados tienen sobre le hambre. "Una cosa es lo que nosotros pensamos que la gente come o debería de comer y otra cosa es la percepción que esa gente tiene realmente", comentaba Yeves. El proyecto, "muy costoso", se ha probado ya en una docena de países. 

Aunque hasta 2015 los indicadores de hambre se medían solo en países en desarrollo, desde el cambio a los ODS se realizarán en todo el mundo. Hay grandes capas en países ricos que son vulnerables ante la subalimentación y que hasta ahora no aparecían en estadísticas oficiales.

3. ¿Hay hambre porque no hay comida suficiente para todos?

Falso. Hoy el mundo produce casi el doble de los alimentos necesarios para alimentar a su población. Pero el desperdicio de comida (sobre todo en los países más ricos) y las pérdidas poscosecha (en lugares donde no hay medios para conservarla adecuadamente) reducen la cantidad disponible, y la falta de acceso hace que todavía haya cientos de millones de personas que pasen hambre.

4. Pero, ¿la habrá en los próximos años?

Es uno de los grandes retos, incluido dentro de los ODS. Alimentar a una población creciente y que se estima que en 2050 habrá alcanzado los 10.000 millones de personas. "Probablemente haya que producir un 60% más", señalaba Ignacio Trueba, de FAO España. O quizá menos, si se consigue cambiar la forma en la que consumimos y se reducen el desperdicio y las pérdidas poscosecha.

En cualquier caso, la tierra disponible para la producción será la misma, o menor. Trueba apuntaba que en 1961 se utilizaban unas 0,45 hectáreas por persona para producir alimentos, cifra que hoy ha bajado hasta las 0,22 (sin incluir pesca y acuicultura) y, en todo caso, cabe esperar que disminuya. Por eso el desafío es obtener más con menos recursos. Conseguir que cada explotación (sobre todo las pequeñas, que son mayoría en muchos países) produzca más.

5. ¿Cómo se organiza la lucha mundial contra el hambre?

Además de los Gobiernos de los países, hay numerosas ONG y entidades de la sociedad civil dedicadas a esta batalla desde hace décadas. Y luego están las agencias de la ONU dedicadas específicamente a la tarea. Las tres tienen su sede en Roma. La FAO, como agencia técnica, coordina los esfuerzos globales y apoya a los países en su lucha con datos, estudios, soluciones y el desarrollo de todo tipo de proyectos. El Programa Mundial de Alimentos acude a las emergencias y a las hambrunas a responder de forma inmediata y también distribuye comida en colegios y tiene otros programas para fomentar el desarrollo. Y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) se centra en atacar el hambre y la pobreza en las zonas rurales de países en desarrollo, donde vive el 75% de las personas que sufren desnutrición.

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