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Las medallas del dictador

A Carmencita Franco la pararon en Barajas cuando quería ir a Suiza con 38 piezas de oro

Portada de EL PAÍS de abril de 1978 con las explicaciones de Carmen Polo tras ser retenida en Barajas. Ampliar foto
Portada de EL PAÍS de abril de 1978 con las explicaciones de Carmen Polo tras ser retenida en Barajas.

El despiste de la madre de Cristiano Ronaldo en el aeropuerto, retenida por tener 55.000 euros en metálico, lleva directamente a la Transición, cuando la hija de Franco también fue encontrada en Barajas, en medio de un despiste monumental, sacando oro en carretas. Los Franco en Hermanos Bécquer tenían una habitación repleta de armarios estrechos y largos donde guardaban cientos de joyas, de anillos a pulseras, de collares a broches: parecían los cajones del protagonista de La naranja mecánica pero más grandes, al fin y al cabo Alex sólo atacaba de noche. A Carmencita Franco la pararon en Barajas cuando trataba de sacar para Suiza 38 piezas de aquel oro. Eran monedas, medallas, insignias y condecoraciones de su padre: la chatarra de los 40 años de paz.

Fue en 1978 y por primera vez en la historia el detector de metales le pitó a un Franco. Debió de comprender Carmencita que efectivamente un tiempo había terminado. Pitó el detector, que fue como si pitase la democracia, y a la duquesa le dijeron que no podría salir de España con tanto oro: que se necesitaban permisos. Dejó el bolso en el aeropuerto para subirse al avión y al volver, visto el escándalo que se había levantado en España (los detectores eran nuevos y pitaban mucho), corrió a organizar una rueda de prensa en su casa. Fue apoteósica porque además se conservan fotos y en una se la ve sobre la mesa con más medallas, como en un puesto de feria, mientras Peñafiel le pega a la boca un magnetofón tan grande que parece un gato. Contó que aquello habían sido regalos que su padre había hecho a su madre a lo largo de su vida (la primera corrupción siempre es el regalo). ¿Y para qué quería la duquesa llevar todo aquel oro a Suiza? Para incrustarlo en un reloj, naturalmente. Debió de acordarse de Orson Wellles (“en 500 años de paz y democracia Suiza ha aportado un reloj de cuco”) y como paz y democracia ya teníamos, fue a buscar un reloj. “Para esto hicimos una guerra civil: para que una señora se haga un reloj”, le dijo Umbral.

La rueda de prensa fue un poco escabrosa porque se confirmó que era verdad. Aquella señora inocente estaba tan fuera del mundo que pensó que podría meter en su bolso 38 piezas de oro y pasarlas por el detector. Dio hasta el nombre y los apellidos del joyero de Lausanne, y explicó en qué consistiría el reloj: en lugar de dar las horas, daría las medallas del dictador.

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