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Cambio climático, cuenta atrás

Ignóralo hasta que desaparezca

Ante la incapacidad de gestionar un problema de tal magnitud miramos hacia otro lado

El embalse de Huntington (California) está al 30% de su capacidad. Ampliar foto
El embalse de Huntington (California) está al 30% de su capacidad. AFP

La frase lo dice todo. Si el problema es demasiado grande para ponerle solución, lo mejor es ignorarlo. Puede tratarse de una enfermedad, o un revés económico, o un desengaño amoroso. Lo que cuenta, es que no sabemos cómo manejarlo. Y ante esa incapacidad, optamos por mirar hacia otro lado.

El cambio climático es una versión, a gran escala, de ese tipo de problemas intratables que nos paralizan, no ya como individuos, sino como sociedad, y frente a cuya magnitud parece que la única salida es esperar que se resuelva por sí solo y, llegado el caso, negar que existe.
Por otra parte, el quinto estudio sobre las causas y efectos del cambio climático, publicado este mismo año por el IPCC (de las siglas en inglés de Panel Intergubernamental para el Cambio Climático), deja poco lugar a dudas. Lo que el IPCC nos dice es que las emisiones de gases de efecto invernadero (en particular de CO2) que nuestra civilización industrial lleva emitiendo, de manera acelerada, durante el último siglo, están provocando un proceso de calentamiento global sin precedentes en los últimos milenios. Este calentamiento global puede tener efectos muy importantes (y nocivos) tanto en las sociedades humanas como en el medioambiente.

¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a renunciar, por su futuro, a nuestro confortable presente?

¿Qué hemos hecho frente a este grave diagnóstico? Sobre todo hemos procurado ignorarlo, recurriendo a menudo al recurso de afirmar que no hay “consenso” en la comunidad científica. El símil equivalente sería que un paciente, diagnosticado de una rara dolencia por un equipo formado por los mejores especialistas de varios países, se agarrara al clavo ardiendo de la existencia de un par de disidentes para alegar que no existe una evidencia absoluta de que realmente esté enfermo.

La razón principal del cambio climático son las emisiones de CO2, que a su vez están dominadas por el uso masivo de combustibles fósiles (carbón, gas natural y petróleo). Desafortunadamente, toda la maquinaria de nuestra civilización está basada en la disponibilidad de energía muy barata, gracias a la existencia de esos recursos. Como los economistas no dejan de repetirnos, para evitar las crisis e incrementar el bienestar, es necesario que la economía crezca. Pero si la economía crece, el consumo de energía crece y con él aumenta el consumo de combustibles fósiles y las emisiones de CO2.

¿Alternativas? En el papel parecen muy sencillas. Reducir emisiones, aumentando la eficiencia energética, cortando el desperdicio y potenciando el uso de fuentes energéticas que no consuman CO2. Desgraciadamente, no es tan fácil. Si bien es cierto que se puede reducir el consumo y aumentar la eficiencia en las sociedades más avanzadas, no lo es menos que la mitad de la humanidad se pasa con menos energía de la que necesita. En buena parte del continente africano el consumo energético per cápita está todavía en los niveles de la Edad de Piedra. En India, en la Edad Media. En buena parte de la China rural, en niveles preindustriales. Si se reduce el consumo en el primer mundo a niveles decentes (digamos la mitad de lo que se gasta hoy en día), pero se aumenta el consumo energético del tercer mundo también a esos niveles imprescindibles, nos encontramos con que los 9.000 millones de personas de 2050 consumirán más energía, no menos, que las de hoy.

En cuanto a las energías alternativas, vale la pena examinar el caso de España. En 2012, la contribución renovable a la energía primaria fue del 12,2 %, a lo que hay que añadir un 12,6 % nuclear. Esto es, el 75 % de la energía primaria en España, un país bastante modélico en cuanto a su diversificación energética, sigue siendo de origen fósil.

¿Es posible revertir este mix, pasando a un 75 % o más de energías no fósiles? Sobre el papel, sí. Pero, más allá de la tecnología, un cambio de esta envergadura requeriría profundos cambios sociales. Un litro de gasolina cuesta menos que un litro de agua mineral. Aprovechar la potencia del viento, convertir la energía solar o fisionar átomos es mucho más caro que quemar petróleo. ¿Qué gobierno del mundo está dispuesto a perder las elecciones por subir sistemáticamente la factura de la luz?

El primer problema del cambio climático es que luchar contra él no es compatible con nuestro estilo de vida. Mitigar sus efectos exigiría un importante sacrificio y lo que es peor, la recompensa a ese sacrificio no sería inmediata ni evidente. El cambio climático puede ser un grave problema para nuestros hijos y nietos, pero ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a renunciar, por su futuro, a nuestro confortable presente? 

Juan José Gómez Cadenas (Cartagena, 1960) es profesor de Investigación del CSIC y director del grupo de Física de Neutrinos del Instituto de Física Corpuscular de Valencia. Es autor de El ecologista nuclear, alternativas al cambio climático.