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EL PULSO COLUMNA i

Picasso, entre antitaurinos y ácratas

Por ver alguna corrida, estuvo a punto de volver a la España de Dominguín y Ordóñez, de Franco y moscas, de pasodobles

Picasso asiste a una corrida en Francia en 1957.
Picasso asiste a una corrida en Francia en 1957.

El primer cuadro que pintó fue un picador, desde niño le apasionaron las corridas. Dibujó y soñó con mil suertes del toreo. Decía que el verdadero arte estaba en Luis Miguel Dominguín, franquista y todo lo contrario. Al pintor de las tauromaquias y los minotauros le gustaba disfrazarse de torero, ver los toros desde la barrera, soñar con ser toro o, al menos, picador. Gracias a su afición y a su impulso resurgió la fiesta en el sur de Francia. Por ver alguna corrida estuvo a punto de volver a la España de Dominguín y Ordóñez, de Franco y moscas, de pasodobles y sombreros cordobeses. Su palabra de rojo, su comunismo de Costa Azul y su vergüenza torera se lo impidieron. Vivió más cerca de las Ventas que del Prado.

Hubo otro tiempo, otro Picasso, otro Ruiz, otro español entre ácratas, bohemios, dandis, bebedores de éter y antitaurinos. Pongamos que hablo de Madrid empezando el siglo XX. El joven vuelve a Madrid –después de haber conocido París y de empezar a ser alguien en la Barcelona de Els Quatre Gats y los modernos de una ciudad abierta y cosmopolita– convencido de que esta vez triunfará. Alquila una buhardilla desabrida en un barrio burgués, aunque no abandona el centro de los cafés de escritores. Un amigo de Barcelona, el escritor Francisco Asís y Soler, le propone hacer una revista “sincera” y eternamente joven como Virgilio, El Greco o Wagner.

La efímera revista Arte Joven, de la que Picasso fue director artístico e ilustrador principal, se subvencionaba con los dineros que producía un invento “milagrero” del padre de Asís y Soler: el “cinturón eléctrico” remedio contra la impotencia, vejez prematura, neurastenia e histeria. La revista duró lo que tardaron los incautos en descubrir ese nuevo bálsamo de Fierabrás.

Mientras tanto colaboraron Unamuno, los Baroja, Bayo, Silverio Lanza y un joven Martínez Ruiz, más tarde Azorín –tan discreto, magro y del Abc–, que publica: “… No queremos imponer leyes ni que nos impongan leyes; no queremos ser gobernantes ni que nos gobiernen. Monárquicos o republicanos, reaccionarios o progresistas, todos son en el fondo autoritarios. Seamos inertes ante la invitación a la política. La democracia es una mentira inicua… Ni señores, ni esclavos, ni electores ni elegidos, ni siervos ni legisladores. Rompamos las urnas electorales, y escribamos en las encarecidas candidaturas endechas a nuestras amadas y felicitaciones irónicas a cuantos crean ingenuamente en la redención del pueblo por el Parlamento y por la democracia”. Años después Franco le hizo caso y no se metió ni en política, ni en urnas, ni en democracias. El admirado Azorín no tuvo suerte con sus endechas enamoradas.

Pensando en Picasso sorprende más el editorial de su amigo Soler: “… Nosotros, que somos españoles, pero que no gustamos de la fiesta nacional; nosotros, que no queremos demoler conventos ni comer carne de fraile, sin duda porque tenemos de la libertad una idea muy elevada, vemos la agonía de la vieja España… Dejémosles que rían y se diviertan, demos al pueblo lo que pidan. Cuando las fieras quieren sangre, dadles sangre, dejadlas que se harten de ella, dejadlas hasta que revienten. Hoy nuestra misión es esperar. Esperemos arma al brazo los acontecimientos, limitándonos solamente a protestar de que en España y en el siglo XX siga celebrándose un espectáculo inmoral y bárbaro patrocinado muchas veces por las autoridades”.

La venganza de los antitaurinos se come fría. Todavía quedamos unos pocos refugiados en montes cercanos y en la televisión americana. Pero la resistencia avanza en el sur de Francia. Gracias, Pablo.

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