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EL PULSO COLUMNA i

Viaje a la memoria de Seattle

La autora vivió en primera persona la explosión de la escena musical de la ciudad que alumbró el 'grunge'. Lo recuerda coincidiendo con el 20 aniversario de la muerte de Kurt Cobain

Nirvana, en un concierto organizado por MTV, en diciembre de 1993.
Nirvana, en un concierto organizado por MTV, en diciembre de 1993.

Dejo mi antigua vida.

En 1987 me fui a vivir a Seattle. Hacía poco que había dejado los estudios en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y había visto cómo se desintegraba mi familia en Los Ángeles. Necesitaba ir a algún sitio nuevo en el que pudiera ser una persona joven y confusa, y en el que pudiera probar una nueva versión de mí misma. Necesitaba Seattle.

Una aspirante a escritora en un mundillo musical.

Mi primer empleo lo obtuve en una tienda de discos llamada Cellophane Square. Allí todos estaban entregados a la música. La tienda no consistía solo en comprar y vender. Era un lugar en el que la gente podía informarse sobre conciertos, adquirir entradas y leer revistas. Todo el mundo iba a conciertos sin parar. Si pasaban tantas cosas nuevas en Seattle era, entre otras cosas, porque la gente apoyaba todas esas novedades.

Dinero.

En aquellos tiempos, era barato vivir en Seattle. Yo compartí una caseta de barcos a orillas de Union Lake y una casa abandonada en Capitol Hill, conocida como “la casa negra”, en la que se podía conseguir una habitación prácticamente gratis, hasta que, por fin, alquilé un apartamento barato. Trabajaba tres noches a la semana de camarera y ganaba el dinero suficiente para vivir sin agobios. Eso me dejaba tiempo para tocar en un grupo, o escribir un libro, o hacer una película. Alquilar una nave para ensayar no era caro. Se podía ver tocar a tres grupos por tres dólares en la sala Squid Row. El bajo coste de la vida era una de las razones principales por las que pasaban tantas cosas allí.

Tamaño.

Seattle era pequeña en comparación con Los Ángeles o Nueva York. En 1990, para formar parte del mundillo, no había más que presentarse en la Comet Tavern cualquier día de la semana. Daba la impresión de que todos los que estaban en aquel bar pertenecían a un grupo. Camareros, clientes, todos. Íbamos a jugar al billar y a oír las novedades. Había fiestas (a las que todos estaban invitados) y existía un puñado de locales para conciertos. Y siempre eran las mismas 200 personas las que estaban en todos aquellos sitios. No había ningún truco. Era una ciudad pequeña y accesible.

Come As You Are (Ven tal como eres).

Seat­t­le parecía un sitio en el que podía ser verdaderamente yo misma. Las mujeres de aquel ambiente eran duras. Se enorgullecían de ser radicales y estar politizadas. Cualquiera podía probar a ser lesbiana, feminista, anarquista, artista, lo que fuera. Yo iba a clase en el Evergreen State College, en la cercana ciudad de Olympia. Allí imperaba el mundillo del sello K Records y empezaba a florecer el de la escena riot grrrl [movimiento musical feminista que retomó algunas consignas punk], todo ello acompañado de una actitud obsesiva de autonomía e independencia que me hizo sentirme fortalecida. Era fantástico ser feminista. Todo aquello me transformó.

"De repente, todas las personas que conocía que estaban en grupos se pusieron a firmar grandes contratos discográficos, incluida mi vieja compañera de piso"

Nevermind (No te preocupes).

Cuando me trasladé allí, Mark Arm (vocalista de Mudhoney) era la figura más importante. Y se le veía ir a conciertos como cualquier otra persona. Nada del otro mundo. Cosas locales. Nirvana era un grupo que daba que hablar, hasta que de pronto –o así me lo pareció– se hizo enorme. Pareció muy rápido, acababa de empezar a oír hablar de ellos y de pronto estallaron. De repente, todas las personas a las que conocía que estaban en un grupo se pusieron a firmar grandes contratos discográficos, incluidos mi vieja compañera de piso y uno de los camareros de toda la vida del Comet. Y eso cambió las cosas. Había más dinero en juego y la gente empezó a ir a Seattle para ser alguien. La ciudad se convirtió en una marca, una mercancía en venta. Aun así, seguíamos disfrutando. El tono se volvió más irónico y cohibido, pero los desconocidos todavía irradiaban energía.

El fin.

La atención del mundo entero hizo que disminuyera la sensación de alegría, pero no acabó con ella. Sin embargo, recuerdo cuando asesinaron a Mia Zapata, la cantante del grupo The Gits, en 1993. Fue un momento de escalofrío. A veces, una realidad existe si todo el mundo cree en ella, como un encantamiento. Y el asesinato de Zapata rompió el hechizo para muchos. Poco después me fui de Seattle para trabajar en una revista literaria en Nueva York. Kurt Cobain se suicidó justo después de que me fuera. La magia de aquel lugar y aquel instante concretos desaparecieron para mí. Pero no se me olvida que Seattle me dio las cosas que necesitaba para crecer: espacio, tiempo y un sentimiento de comunidad.

© Dana Spiotta 2014

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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