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REPORTAJE

Dónde quedó la ilusión del 82

Los que hace 30 años tenían 30 años hablan de su generación, su lucha, sus sueños.

Cuentan cómo se ven ahora, de la frustración, la corrupción y el expolio de derechos.

Desde Javier Marías hasta Fernando Trueba. De la luz del 82 a las sombras y la ira.

Carmen Posadas, Fernando Trueba y Ana Belén, fotografiados 30 años después de 1982. Fotogalería
Carmen Posadas, Fernando Trueba y Ana Belén, fotografiados 30 años después de 1982.

La Transición pareció un tiempo iluminado, pero fue de plomo: asesinatos, secuestros, incertidumbre. En 1981, un golpe de Estado. Un año más tarde, 1982, en diciembre, asume por primera vez el poder un Gobierno socialista. Treinta años después, otra vez, como cuando aquel resplandor empezó a nublarse, el desencanto. ¿Qué ha pasado?

Treinta años después, algunos de aquellos que entonces tenían más o menos treinta años creen que se amortiguó el entusiasmo. Fernando Trueba había hecho ya entonces dos películas, Opera prima y Mientras el cuerpo aguante. Entonces hizo una película golfa “y otra que era algo parecido a mi exorcismo, al margen, más salvaje”. Mientras el cuerpo aguante se estrenó el día de reflexión previo al triunfo socialista, “y no la fue a ver ni Dios”. España estaba en vísperas de “un cambio brutal” y la gente no estaba para ver carteleras.

El triunfo socialista tiñó las paredes y los rostros. “Esa mañana del triunfo”, recuerda Trueba, “mirabas a los desconocidos y te reconocían por la sonrisa”. Felipe González tuvo que desfilar todavía frente a la Brunete y había amenazas por todas partes; entre otras, “la decepción de la OTAN, donde nos metieron después de haber dicho que eso no iba a pasar”. “Los siniestros y retorcidos siguieron siéndolo; los fachas también siguieron existiendo, pero aparecieron otros, más abiertos, más modernos, más tolerantes; o lo eran o lo disimulaban. Muchos comprobaron que la libertad era algo a lo que no había que tenerle miedo”.

Unos supieron evolucionar “para crear un país moderno”, y otros siguieron “con su costra en el alma; la prueba de que siguen con ella es que la fealdad nos sigue merodeando”.

La fealdad sigue; aquel brillo, sin embargo, es inolvidable, “a pesar de evidentes decadencias”. El Ejército no existe, “es más un ejército de paz que otra cosa; la Iglesia es, sin embargo, más reaccionaria y más siniestra de lo que lo era entonces. La Iglesia católica representa lo peor de nuestra sociedad”. ¿Y la política? “Estos días se habla de la decadencia de la política, cuando quizá habría que hablar de la decadencia del periodismo, de la judicatura o de la economía… La decadencia de la política es un fenómeno mundial. ¡Si los que mandan son los contables, mandan hasta sobre el presidente del Gobierno!”.

Esta sensación tan derrotista está completamente injustificada”
(Carmen Posadas)

“Ni con Franco habíamos tenido un proceso de bacterización como el que hemos tenido; me embarga la tristeza más absoluta al comprobar cómo las secciones frívolas se van comiendo los periódicos, cómo estos relegan el pensamiento y la cultura. Es un síntoma”. ¿Y él cómo se ve, es lo que quería ser? “No me lo planteo; no es que no tenga ego ni vanidad, la tengo como todo el mundo; es que soy poco de automimarme. Creo que he hecho algunas películas que están bien y siento una cierta satisfacción, pero prefiero no pensar en ellas, me pone nervioso, prefiero pensar en las que voy a hacer”.

Fui con preguntas parecidas a Lluís Pasqual; estaba junto al Teatro Real preparando un montaje: “Entonces, hace 30 años, estaba en París, o en Venecia; llevábamos encima el peso de lo que sufrieron nuestros ancestros, el tío que había muerto en la batalla del Ebro, y mi padre que nunca hablaba de ello; él tenía 12 años, y mi tío, de 16, era su ídolo… El recuerdo que tengo de hace 30 años es que no se sabe por qué echamos a andar todos en la misma dirección. Todos íbamos al mismo sitio, y eso ayuda mucho”. Había hecho el Lliure; “fue una empresa difícil hacer un teatro con vocación de servicio público”. Todos queríamos lo mismo. ¿Y qué queríamos? “El teatro, por ejemplo, dejar de ser excursionistas, dejar de hacer una obra donde un dictador imaginario oprimía a un pueblo imaginario, que pasara a ser real…; hacer un Shakespeare sin tener complejos, que aquella no fuera a ser otra vez una metáfora. ¡Queríamos ser normales, incorporarnos a Europa con toda normalidad!”.

En 1983 estaba el PSOE en el poder, “y eso nos dio ventaja” para acabar con la necesidad de la metáfora permanente, en el teatro y en la vida. “Empezaron a saber gobernar. No tenían la doblez partidista, lo que facilitó que en diez años esto diera una explosión brutal de cambio estético a todos los niveles, y ese no fue un cambio menor. Eso de que nos quitamos la pana de la dehesa fue absolutamente cierto”.

El Ejército es de paz, pero la Iglesia es más siniestra que entonces” (Fernando Trueba)

La gente iba andando en la misma dirección. Había una adrenalina; en el teatro, en las artes, en la vida, las cosas iban funcionando con la brillantez de un milagro. Treinta años después, ¿qué se hizo de aquella adrenalina, cómo le ha ido haciendo la vida? “Tengo la impresión de que el tiempo me ha hecho más agradecido; pienso que de alguna manera tengo que devolver lo que me ha dado la sociedad y que en 1972, cuando me fui a la mili, no podía ni imaginar… El problema ahora es que todo por lo que luché, la cultura como servicio público, el derecho a la educación a través de la cultura…, todo eso se diluye”.

A Frederic Amat, artista plástico, escultor, cineasta, le pregunté en su casa de Barcelona si hay algún nombre o rasgo que defina a la generación de los que hace 30 años tenían 30 años. “Es la generación bisagra. A los 50 años fuimos bisagra entre dos siglos, entre dos milenios (¡pocas generaciones han sido puente entre dos siglos!), y bisagra en algo más importante: en que hemos recibido un legado. Todo lo que he podido crear está fundamentado en unos cimientos, mi gran patrimonio…”.

Ese legado “pertenece al siglo pasado”. “Es una manera de entender la vida, con una ética y una estética, cuando antes solo había ética… El problema que tenemos los de mi generación es que recogimos el testimonio de las vanguardias, lo llevamos hasta el fin de siglo, entramos en una segunda fase y estamos en un estuario. La generación siguiente no está por la labor de recoger testimonios, está configurando otra manera de ver. Somos bisagra entre dos siglos, pero también entre dos ciclos, dos maneras distintas de ver”.

Quizá nos creímos demasiado que este país podía ser de otra manera” (Ana Belén)

En aquel tiempo en que él empezaba a participar en la escena catalana “había ansia y esperanza, algo que ahora no hay… Pero, sobre todo, lo que había y que ahora ya no existe es capacidad de subversión. Es el legado del siglo XX, la capacidad de convertir tu realidad en otra realidad subvertida. Y este ha sido nuestro gran fracaso. También tenemos un defecto, carecer de capacidad de discusión. Si yo tengo una actitud polémica con la obra de un colega, por un factor de mercado esa disensión nunca se entiende, siempre se lee con recelo, no como una opinión fresca, como intercambio de ideas… Si no hay tráfico de ideas, no hay riqueza”.

¿Y qué ha pasado, Amat, para que ya no haya subversión? “Que estamos en un momento de ignominia. El guion de la película ha cambiado y no sabemos cuál es el guion de la nueva… En medio quedan los coletazos de finales del siglo XX, donde el fiel de la balanza fue el dinero, este es el gran drama…”.

Hace 30 más o menos, Javier Marías, el autor de Tu rostro mañana, tenía 30. Al acabar la década de los ochenta le pidieron un artículo sobre ese tiempo. Lo tituló La edad del recreo y terminaba diciendo: “Los echaremos de menos”. “Fue”, cuenta ahora, rodeado de libros propios y ajenos en su casa de Madrid, “una década que había pasado con poco prestigio porque se nos consideraba un poco tontos y frívolos. Recuerdo que decía que fue una década en la que se había descansado de los intensos años setenta. Era verdad, al menos en España: la gente se había dedicado en gran parte a embellecerse y a cultivarse. Sigo echándolos de menos”.

Todo por lo que luché,
la cultura como servicio público, se diluye”
(Lluís Pasqual)

La situación “era totalmente distinta a la que estamos viviendo desde hace unos años. Para mí, probablemente por la edad que tenía, pero creo que también para todo el país, fue una época de gran ilusión y de gran esperanza. La victoria socialista en el 82 creó ilusión, no tanto por el hecho de que ganara Felipe González (para mucha gente sí), sino porque era la primera vez que ganaba un partido más o menos de izquierdas tras una tentativa de golpe de Estado”.

Pareció que caminábamos levitando. Hubo unos años, dice Marías, “en que la gente quería ser más culta, más educada, más participativa”. Eso duró unos años, “y luego parece como si hubieran dicho: esto cuesta mucho, esto es muy cansado, volvamos a ser brutos. Y en eso estamos”.

La política era una esperanza, ahora parece una rémora. “La política, no; los actuales políticos, más bien. Los que hemos padecido la dictadura y no teníamos partidos políticos porque estaban prohibidos hemos apreciado mucho que pudiera haber partidos y que hubiera políticos, que se hiciera política y que además estuviera en el lugar en el que debía estar, el Parlamento”.

Hace 30 años, ya era Marías un joven altamente considerado en la sociedad literaria. Treinta años más tarde, ¿cómo ve a los que tienen aquella edad ahora? ¿Qué piensa que pueden esperar? “Una cosa es lo que debieran y otra lo que están viendo que se les viene encima. Tengo sobrinos de esas edades y a uno le renuevan un contrato en la Universidad durante tres meses, luego a lo mejor se lo renuevan otros tres, o no… Otra sobrina se ha tenido que marchar a Alemania porque aquí de momento no encuentra nada. En todos los ámbitos está ocurriendo esto”.

El objetivo pendiente
es disolver los poderes locales”
(Javier Mariscal)

Así que los jóvenes ahora “no tienen nada que ver en sus expectativas y en su ilusión con los jóvenes que teníamos 30 años o así en 1983. Quizá teníamos un punto mayor de inconsciencia, pensá­­bamos que ya veríamos y que ya saldríamos adelante… Con 30 años, todavía me sentía optimista en general; influía la efervescencia que había en el país, aún éramos jóvenes y confiábamos en que las cosas pudieran cambiar a mejor. La gente no tiene ahora esa sensación, y los jóvenes ya tienen menos confianza en ese posible giro de la fortuna con el que todos contamos en la vida, con el que claramente nosotros contábamos en los ochenta. Si acaso, ahora el giro es marcharse”.

La suya fue, se aventura a decir, “la generación de la ilusión”. Pero luego vino “la desilusión posterior, y en parte somos responsables también de ella”. Así que somos “la generación de la ilusión y la desilusión”.

¿Y para Ana Belén? La actriz y cantante recuerda así aquel tiempo en el que ella tenía 30 años: “No solo fue una explosión de la gente joven; fue una explosión en la que la gente salió a la calle, a hacerla suya”. Ahora, 30 años después, la juventud toma la calle “por descontento”. “Ahora la gente sale porque está cabreada, malhumorada, desilusionada y, sobre todo, con ganas de decir que no tiene miedo… La gente sale para decir que no tiene miedo, o para pelear para no tener miedo. En aquel tiempo, todo se hacía en la calle, partía de ella. Ahí surgió la movida: o estabas en la calle o la movida te pasaba por encima”.

¿Y qué pasó? “Lo que pasa en democracias muy jóvenes: que la gente quizá pone excesivas ilusiones y esperanzas, y luego el devenir de la política y de las gentes que la hacen paraliza esa manera de creer en el futuro. La realidad es como una gran bofetada que nos ha caído encima en forma de crisis económica”. A la vez, dice Ana Belén, “nos hemos dado cuenta de que no podíamos ser ingenuos. Quizá creímos demasiado que este país podía ser de otra manera”.

Ha cambiado el guion
de la película y no sabemos cuál es la nueva” (Frederic Amat)

Decayó la ilusión creativa y política, le digo; ella, como su marido, el también músico Víctor Manuel, habían sido militantes del PCE y luego se fueron yendo… “En mí nunca decayó el estado de ánimo; en este momento sí está mucho más bajo que entonces. No tuve esa sensación, pero sí es verdad que todos hablábamos del desencanto, aquel famoso título de Jaime Chávarri. Yo lo ne­­gaba, decía que yo no estaba desencantada. Me da rabia que trabajáramos tanto para esto, y no lo digo por mí, que estuve pocos años, sino por aquellos que hasta dieron la vida por ello. Hubo muchos que se desencantaron y que ya en aquel momento dijeron que no era eso por lo que habían luchado”.

En la calle oye conversaciones. Esta es sobre el desencanto juvenil, los que ahora tienen 30 y no tienen esperanza: “El chico había vuelto de Finlandia, donde había estudiado con una Erasmus. Le preguntaron qué hacía ahora en Madrid. Trabaja de camarero, no hay otra cosa. Es una frustración enorme que los futuros responsables de este país, porque lo serán, sean ahora gente frustrada. Es una putada muy gorda”. A principios de los ochenta, a Javier Mariscal, el diseñador de Cobi (para los Juegos del 92), ya le salían trabajos desde fuera, y New Yorker le encargó una portada. “Tenía una furgoneta Volkswagen de dos colores, carné de conducir, era autónomo, tenía buenos trabajos y también dinero”. Alrede­dor estaba la Barcelona de “la alegría, la vitalidad y la libertad”. Franco “había destrozado el tejido industrial y, sobre todo, la filosofía empresarial; nosotros copiábamos lo que hacían otros…”. Pero irrumpió esa alegría en forma de movida. Un momento de confusión, de locura; explota Almodóvar, todos los grupos de música pop, el teatro; hay un programa insólito, La edad de oro, de Paloma Chamorro, en TVE; nace Canal +, que se inventa un tipo como Juan Cueto; echan cine porno los viernes…”.

Nacía una nueva cultura en realidad. “Y la cultura es esa mayonesa que impide que en un autobús mates al de al lado con un cuchillo porque no es de tu tribu y se está metiendo en tu territorio… Para eso necesitamos un nuevo lenguaje”. Han pasado 30 años. ¿Qué estado de ánimo le produce este periodo? “Lo veo como algo totalmente transitorio; soy muy optimista, siempre lo he sido y no puedo dejar de serlo porque vengo de una explosión, creo que la luz gana siempre a la oscuridad. Si desde un satélite observáramos la evolución de la sociedad y del hombre, veríamos que siempre ha ido a mejor. Más que crisis económica, me parece que estamos ante una crisis institucional; la política no es solo gestionar unos presupuestos, sino cómo priorizar unas necesidades sociales, y aquí es donde estamos fallando”.

La política falla. En Europa, en España. “Yo creía que en 2012 ya no existiría un Gobierno en España, que habría regiones, que tú podrías ir en Argentina a la emba­­jada de Europa y que las generaciones más jóvenes hablarían holandés, alemán, italiano, francés, inglés, español, vasco, gallego, portugués… Me parece que el nacionalismo es de tribu, es un absurdo bestial. Valorar la riqueza de Europa, disolver los poderes locales, abrazar los valores comunes, desterrar los nacionalismos. Es el objetivo pendiente”. Pasará el tiempo hasta que eso se consiga, y quizá no se consiga nunca. “Estoy convencido de que nuestros bisnietos se morirán de la risa o se asustarán de la cantidad de energía que gastamos nosotros comparada con la que gastarán ellos. Energía anímica y energía eléctrica”.

Esa borrachera de que todo va a más fue un imagiuario común excesivo” (Marta Sentís)

“Vamos a mejor”, está convencido Mariscal. No lo está tanto esta mujer a la que ahora vemos en el estudio del diseñador; ella es Marta Sentís, una contemporánea de la generación de la pasión y de la desilusión; ha trabajado para la ONU, para la Unicef, ha viajado por los países más distantes y más atractivos del planeta, haciendo fotos. Ahora tiene en Ibiza su refugio y en Barcelona su pie en tierra. Tiene un hijo de 21 años que lleva una vida más ecológica que la de aquellos que en 1983 tenían más o menos 30 años y creían que la vida iba a ser eterna. “Parecía que el progreso era siempre ir a más. Los que nos hemos educado en el Tercer Mundo nos dábamos cuenta de que esto no podía seguir así… Esta borrachera de que todo va a más, no solo en las libertades, sino en la manera de vivir, fue un imaginario común excesivo, pasamos del hedonismo hippy, humilde, al mismo hedonismo, pero respecto a cosas materiales”.

Esa gente “se tomó muy en serio lo de la democracia, el poder del pueblo. La gente en el poder era como nosotros, pensaban lo mismo; pero eso se nos ha ido de las manos. El pueblo ya no se siente representado de ninguna manera, y los mismos políticos tampoco saben ya cómo representarnos. La democracia no es más que un biombo del poder del dinero”. ¿Y qué consecuencias tiene eso, Marta Sentís? “La animalada del mundo nos sobrepasa y nos sentimos impotentes. Habrá un Estado cada vez más policial, porque la gente no está de acuerdo, no es tonta y no traga con que les recorten educación, sanidad y demás, y vamos hacia una especie de revolución. No veo que esto pueda seguir así muchos años; estamos ante una descomposición de la sociedad occidental, no solo en España, aunque quizá aquí esté más acelerado porque hay menos pensadores del futuro”.

Y en el futuro está su hijo. ¿Vivirá mejor? “No, no sé si tendrán que vivir mejor que nosotros nuestros hijos. No me daría miedo bajar algunos escalones en nuestro ritmo de vida, me parecería sanísimo. Creo que una vida mucho más simple sería un elemento de felicidad que ahora no tenemos. Mi hijo se crio en las favelas de Brasil hasta los cinco años, pero sigue yendo y manteniendo el contacto, aunque es más occidental y estudia moda… Es una persona muy generosa y nada ambiciosa. Ellos ya cuentan con la finitud del planeta, las preocupaciones de mi hijo no son tanto políticas como universales. Ahí hay un salto. Las políticas locales no les interesan, les interesa el porvenir del planeta”. Treinta años después, Marta Sentís se siente “decepcionada ante lo que ha hecho la sociedad con la esperanza de entonces; feliz en lo personal”.

¿Y Carmen Posadas? ¿Cómo se siente esta escritora, que nació en Uruguay, tenía 30 años en 1983 y ahora es española también? “Ahora vivimos en un pesimismo hasta cierto punto injustificado contra el que me gustaría luchar. Pienso que los españoles (y lo digo como sudaca que soy) son demasiado críticos con su propio país. Éramos de la Champions League y ahora resulta que volvemos a ser lo último de lo peor y que este país no hay quien lo arregle. Esta sensación tan derrotista, como si hubiéramos vuelto al 98, está completamente injustificada porque los activos de este país son impresionantes”.

Los jóvenes tienen menos confianza en
ese posible giro de la fortuna” (Javier Marías)

¿Seguro? “Digan lo que digan, no hay un país de Europa que tenga las infraestructuras de España; vas a Heathrow y encuentras que es una cochambre de aeropuerto; aquí los fondos de cohesión se han utilizado de manera muchísimo más racional y poco corrupta de lo que se han utilizado en otros países; el capital humano es único, aunque es verdad que la gente joven está emigrando. Pero nunca ha habido gente tan preparada como en este momento”.

Pero esa gente no tiene esperanza, se echa a la calle. Mire el 15-M, el 25-M… “Al principio lo vi como un movimiento muy interesante porque fue un estallido; lo sorprendente es que la gente no hubiera saltado antes, porque había muchas razones para hacerlo. Fue un estallido de civismo, también, porque tenían muy claro que no querían ser violentos, pero a la vez es muy difícil que prospere ese movimiento de tipo asambleario. Necesita un líder, alguien que organice ese sentimiento. Si no, se diluye”.

Carmen Posadas dice que esa generación a la que ella pertenece se podría llamar “la generación del quién te ha visto y quién te ve”. Manuel Cruz, el filósofo, habla en una casa de comidas junto a la Universidad de Barcelona, donde enseña, y dice que aquella fue la generación a la que le robaron el futuro… “Yo creo que ninguno de nosotros terminaba de saber bien lo que nos aguardaba. Lo que pasó a continuación es una historia tan conocida como olvidada. Este país sufrió una transformación total. Tiendo a pensar que el saldo solo puede ser considerado como muy positivo. Se empezó a edificar la arquitectura de un Estado de bienestar…”.

Y hubo sombras. “Sombras pringosas que no hemos conseguido sacudirnos de encima. Pienso, al margen de los casos de terrorismo de Estado que acabaron precipitando la caída de Felipe González, en la corrupción, que, lejos de haberse extirpado, ha hecho metástasis en nuestro país”.

Los gritos del 15-M prueban el fracaso” (Manuel Cruz)

¿Y cómo se ve ahora aquel tiempo? “Hay algo que no podemos eludir: las generaciones más jóvenes tienden a responsabilizar a las generaciones anteriores del estado de cosas existente en la actualidad. Y eso resulta extremadamente negativo para aquellas. En la Universidad, jóvenes generaciones muy bien preparadas se encuentran con las vías de acceso a la docencia cegadas. Esta nueva generación sí es una generación airada, y con motivos”.

“Las cosas que hoy nos parecen más obvias no resultaron fáciles de conquistar, y casi siempre contaron con la feroz oposición de quienes luego no solo se beneficiaron también de ellas (el divorcio, el aborto), sino que ahora fingen ser sus más entusiastas defensores… Cosas parecidas podrían decirse de la ligereza con la que hoy tiende a valorarse la Transición. Voy a ser muy vertical a este respecto: tal vez viendo la enorme torpeza con la que se están produciendo todos los que aspiran a transformaciones radicales en la estructura del Estado (independencia de algún territorio, encaje en el conjunto de España o como se quiera), más valoro el resultado de lo que fueron capaces de hacer algunos políticos de este país hace 30 años”.

Pero hubo errores. Hasta el estallido del 15-M. “La crisis del modelo de representación, que estalló el 15-M con el grito del ¡no nos representan!, se fue cocinando a fuego lento casi desde el origen”. Esa gente, o alguna de esa gente, había salido 30 años atrás reclamando democracia, la que ahora no le sirve. Eso, dice Cruz, solo puede ser motivo de profunda tristeza. Son los gritos que prueban “un profundo fracaso”.

Treinta años atrás, un estallido, la luz. Treinta años después, la sombra y la ira. Mirando hacia atrás, la sombra de la ira parece que se abre paso y empieza a cubrir aquel estallido.

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