_
_
_
_

El aumento del gasto heredado de la pandemia atenaza las finanzas públicas en América Latina

El déficit fiscal en las mayores economías de la región ha crecido en los últimos años, deteriorando las arcas públicas. Esta situación podría elevar los costos del financiamiento

En las más grandes economías de América Latina, los gobiernos han aumentado su gasto en los últimos años sin incrementar en paralelo su producción o su recaudación de impuestos. Lo que empezó como una medida extraordinaria para ayudar a los más vulnerables durante la pandemia, se acerca a quedarse como una delicada nueva normalidad fiscal en un momento de desaceleración económica y un entorno global cada vez más complejo.

Recientemente, el Gobierno de Brasil sorprendió a analistas e inversionistas con un déficit fiscal más grande de lo anticipado, con una estimación para el cierre del año de 6,8% del Producto Interno Bruto (PIB). Si bien la cifra sólo contempla los primeros dos meses del año, de mantenerse la tendencia del gasto pudiera cerrar 2024 con un incremento mayor al del 2023. Por su parte, México también incrementó su déficit, estimado en 5,9% del PIB para este año, con el nivel de deuda más alto desde 1988. Colombia y Chile han profundizado sus deudas públicas y Perú se perfila para rebasar su regla fiscal este año por segunda vez consecutiva. En su conjunto, esto pinta un deterioro de las finanzas públicas en la región.

“Hay más desequilibrios fiscales ahora que hace 8 o 10 años y eso es malo”, asegura Tim Kehoe, profesor de la Universidad de Minnesota y co-autor del libro Historia Monetaria y Fiscal de América Latina, 1960 – 2017. “Esto promoverá más inestabilidad, especialmente con las altas tasas de interés actuales... pero no es único de nuestra región. En este momento hay mucha presión populista en el mundo. Lo estamos viendo en muchos lugares, y ahora incluso en Europa. La gente vota por populistas de izquierda o de derecha cuando están molestos con el establishment y los populistas tienden a ser fiscalmente irresponsables”, agregó.

En un reporte de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) publicado en febrero, la organización advierte que esta evolución de las finanzas públicas se ha dado en un clima de menor crecimiento económico a nivel mundial, tasas de interés altas y una reducción de los flujos de capital hacia mercados emergentes. En el plano regional se mantuvo la tendencia de bajo crecimiento que ha caracterizado la última década. En otras palabras: es un cóctel peligroso.

“En América Latina los déficits fiscales aumentaron y el resultado primario se volvió deficitario”, dice el reporte. “Esto se explica por la desaceleración de la demanda agregada y la disminución de los precios de los recursos naturales no renovables que impactaron negativamente los ingresos públicos, mientras que el nivel del gasto público se estabilizó después de dos años de recortes”, escribieron los especialistas de la Cepal. Un mayor déficit eleva las tasas de interés en los bonos soberanos que cotizan en mercados internacionales, lo que encarece los costos de financiamiento.

La guerra comercial entre China y Estados Unidos podría atraer a la región grandes oportunidades de nearshoring, o relocalización empresarial, pero está impactando de manera negativa la demanda de materias primas que China compra a países de Suramérica. Una desaceleración en China, también podría reducir los niveles de financiamiento externo e inversión en los países receptores, muchos de ellos en América Latina.

“Estamos viendo un conjunto diverso de fuerzas en juego”, agrega Kehoe. “El populismo es un hilo conductor, pero por lo demás, cada país tiene una historia diferente de por qué tiene grandes déficits”. El incremento del gasto empezó con la pandemia, ya que las economías latinoamericanas tienen altos niveles de informalidad y, por lo tanto, gran parte de su población carece de garantías sociales.

La economía más grande de la región, Brasil reportó un déficit de 293 millones de dólares en marzo, sorprendiendo a los analistas. Este fue más alto de lo esperado, en parte, por el aumento de los gastos de seguridad social que requerirán mayor seguimiento, informó el secretario del Tesoro a finales de abril. “Países como Brasil y Perú reaccionaron fuertemente al Covid y eso fue bueno ¡Fue un shock sin precedentes!”, opina el académico, “luego está Colombia, donde eligieron al que es, en esencia, su primer presidente de izquierda y tuvieron que responder a las demandas sociales”.

De hecho, el invierno del descontento generado por la crisis sanitaria en Colombia desembocó en un estallido social masivo en 2021. Los recursos para protección social y cobertura en salud se llevaron la mayor tajada y, dada la urgencia, se acordó flexibilizar los topes de la regla fiscal. La elección del presidente Gustavo Petro se apoyó en buena medida en aquellas movilizaciones y su Gobierno heredó un horizonte fiscal complejo y apretado del expresidente conservador Iván Duque (2104-2018). “La mayoría del gasto se hizo con deuda y Petro recibe un país con muchos compromisos con los acreedores internacionales”, recuerda el catedrático de economía de la Universidad de los Andes Oskar Nupia.

Dos años más tarde, en el ecuador de su mandato, el déficit fiscal se ha convertido en una especie de pesadilla para la ejecución de las reformas sociales planteadas por el progresismo. Las proyecciones de recaudo para 2024, además, se han quedado cortas y el Gobierno informó la semana pasada que el déficit proyectado para este año escalará desde el 4,2% del PIB de 2023 hasta 5,6%. “Petro prometió todo tipo de gastos y de proyectos sin tener la plata para gastar a la mano”, continúa Nupia, “y con un hueco de 3,984 millones de dólares que hay que pagarle a Ecopetrol [la estatal petrolera], por cuenta de un subsidio que ya se suprimió, deja un escenario con muchas presiones sobre el gasto”.

El Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana ha calculado en este contexto que el Estado tendrá que desembolsar el próximo año 24 de cada 100 pesos colombianos en atender la deuda. Por eso la calificadora de riesgo Moody’s alertó hace dos semanas de que el perfil crediticio de Colombia, que se halla en el mismo rango que el de México, podría sufrir una rebaja. Todo depende de los esfuerzos del Gobierno, que ya ha recortado su presupuesto en un 4% del total, para equilibrar el marco macroeconómico.

“La situación de Brasil y de México es distinta a la de Colombia porque los mercados tienen una percepción de riesgo diferente”, opina Mauricio Cárdenas, exministro de Hacienda (2012-2018) quien ha sido crítico del Gobierno de Petro. Brasil se encamina a cumplir su meta de incremento en la producción de petróleo hacia finales de la década, mientras que México se convirtió el año pasado en el principal socio comercial de EE UU. Esto le da seguridad a los inversionistas de que habrá recursos, tanto externos como fiscales, para cubrir su hueco en las finanzas públicas.

“Colombia no tiene ni petróleo porque, al contrario, el Gobierno se ha encargado de satanizar a la industria… ni tampoco tiene el nearshoring porque no ha podido aprovechar las ventajas que tiene su localización ni el hecho de que también tiene un tratado de libre comercio con Estados Unidos”, agrega Cárdenas, economista e investigador en la escuela de políticas públicas de la Universidad de Columbia, SIPA, en Nueva York.

En México, el incremento al déficit no se dio hasta el último año y medio de la Administración de Andrés Manuel López Obrador, cuando se canalizaron recursos a sus proyectos de infraestructura y se adelantaron transferencias sociales antes de las elecciones del 2 de junio. La presidenta electa, Claudia Sheinbaum, ha dicho que reducirá el gasto al 3% del PIB en 2025 y la Secretaría de Hacienda ya ha tomado algunos pasos iniciales para flexibilizar las finanzas. Sin embargo, sin una reforma fiscal, analistas aseguran que será difícil lograr la meta.

Cárdenas y Kehoe llegan a la misma conclusión: esto se trata de los populismos que aquejan al mundo y, de manera particular, a la región. “Hay un populismo de carácter de lo que ahora se llama la política de la identidad, que es separar a la sociedad entre buenos y malos, entre las élites y el pueblo, dividiendo la sociedad”, lamenta Cárdenas. “A ese tipo de populismo, ahora se le suma la versión tradicional, legendaria de América Latina que son unas finanzas públicas muy deterioradas, un exceso de gasto. Estamos entrando en la fase del híbrido, mezcla del populismo tradicional latinoamericano y el basado en la división de las sociedades”, asegura el especialista.

Sigue toda la información de Economía y Negocios en Facebook y X, o en nuestra newsletter semanal

Tu comentario se publicará con nombre y apellido
Normas
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_