REVUELTAS SOCIALES

La ira amenaza la recuperación económica

La desigual salida de la crisis sanitaria, la inequidad, las revueltas y el mayor empobrecimiento auguran una década de malestar social y enfrentamientos

Un manifestante se enfrenta a la policía antidisturbios durante una protesta contra el Gobierno en Bangkok, en Tailandia, el pasado julio.
Un manifestante se enfrenta a la policía antidisturbios durante una protesta contra el Gobierno en Bangkok, en Tailandia, el pasado julio.LILLIAN SUWANRUMPHA / AFP via Getty Images

Los políticos, las grandes empresas y la sociedad civil ignoran que la línea entre la injusticia y la ira es muy delgada, y que la rabia fermenta con facilidad. El malestar social (revueltas, protestas y otras formas de conflictos y desórdenes) semeja un globo terráqueo que gira un niño enfadado. Da vueltas, pero su dedo no se frena en ninguna geografía. Gira y gira. Colombia, Túnez, Francia, Myanmar, Chile, México, Estados Unidos, Sudáfrica, Tailandia, Hong Kong, Cuba, Uruguay, Bielorrusia, Brasil. El mapa del desencanto y la furia carece de fronteras.

Barricadas, contenedores quemados, choques con la policía. Solo esta década, acorde con el Institute for Economics & Peace, un think tank con sede en Sídney (Australia), aumentaron el 251%. La pandemia produjo 5.000 enfrentamientos en 158 países. “No todos fueron violentos”, aclara Darren Lewis, responsable de marketing de la organización. Sin embargo, la violencia se ha vuelto más habitual a partir del hundimiento financiero de 2008.

La oenegé Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED) estima que desde 2000 al 1 de marzo de este año se vivieron en el mundo 51.549 disturbios o manifestaciones. “Antes de la crisis sanitaria, predijimos que esta década sería de inestabilidad y enfrentamientos. Por desgracia, teníamos razón”, concede Miha Hribernik, analista principal de Maplecroft, una consultora experta en riesgos. Adiós a esa pálida teoría de que estos años venideros serían como colarse en una fiesta del Gran Gatsby. Sexo, prosperidad, diversión. Únicamente, los privilegiados encontrarán en medio del invierno un verano invencible.

El resto solo sentirá caer la nieve sobre el malestar y la frustración. Esto tiene un precio. Un trabajo del Fondo Monetario Internacional (FMI) ha estudiado los levantamientos en 133 países. La conclusión es que el malestar social va acompañado de una caída del 0,2% de la productividad durante los 18 meses siguientes al estallido. Este efecto es el doble en las economías emergentes frente a las avanzadas. Además, la Bolsa se deja, de media, 1,4 puntos de ganancias tras vivir disturbios graves y en los países autoritarios esa caída llega al 4% durante el mes siguiente.

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Es lo que sucede cuando se incendia el cielo con gasolina. “Las protestas públicas pueden ser una importante expresión de la necesidad de cambiar la política”, advierte el economista Luca Antonio Ricci, uno de los autores del ensayo. “Los gobiernos deben escuchar y responder, pero también anticiparse a las necesidades de las personas, con propuestas dirigidas a ofrecer a todos una oportunidad justa de prosperidad”. Ya escribió el poeta Dylan Thomas: “Odia, odia feroz la muerte de la luz”. Eso es la violencia: luz que agoniza. El año pasado costó 15 billones de dólares a la economía mundial, un 11,6% de su riqueza. Cerca de 2.000 dólares por habitante. ¿Pero quién devuelve, por ejemplo, la vida a los 324 sudafricanos que la perdieron en las revueltas? Sería una frivolidad escribir que este ha sido el verano del descontento. No es una estación de paso. Maplecroft ha identificado 40 países que “corren un grave riesgo de inestabilidad en los próximos dos años”. Perú, Irán, Myanmar, República Democrática del Congo, Egipto, Turquía.

El futuro requiere del pasado para explicar el presente. La historia está repleta de ejemplos de epidemias que subvirtieron el orden social y generaron revueltas o malestar. Desde la muerte negra de 1346 a la gripe española que empezó en 1918. “La mayoría de los grandes brotes han conducido a levantamientos porque se han intensificado las tensiones sociales”, observa Massimo Morelli, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Bocconi de Milán. Dejan al descubierto brechas (por ejemplo, la percepción de la incompetencia del gobierno) que ya existían. Y la lógica se impone. Los países con epidemias más severas y frecuentes tienen más posibilidades de sufrir tensiones. Es activar el cronómetro de una bomba de relojería.

El FMI ha descubierto que el malestar social comienza a aumentar entre 12 y 14 meses después del principio de la epidemia (como ocurrió con el virus Zika, procedente de un mosquito) y alcanza su máximo en dos años. El daño final producido por la covid-19 no tiene comparación histórica y ha afectado a casi todas las naciones. Es un territorio desconocido para el cálculo económico. La OCDE estima que un mes de confinamiento supone una pérdida en ingresos empresariales de 1,7 billones de dólares a los 27 países de los que hay datos. Pero son eso, estimaciones.

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Sin embargo, contemplando el pasado, la pandemia ha actuado al igual que un inmenso dique social. La primera ola mantuvo el agua, más o menos, estancada, después han llegado las siguientes y la fractura y el malestar se desbordan. Aunque no ha dejado a la vista viejas ruinas, sino uno de los grandes problemas del planeta: la inequidad. “La causa más importante del descontento social es, quizá, el crecimiento económico no compartido”, reflexiona Daron Acemoğlu, profesor de Economía en el MIT y candidato recurrente al Premio Nobel. Y añade: “Lo ves en Estados Unidos y Europa”. El abismo entre quienes tienen y quienes no. “Estamos frente a una crisis de legitimidad que proviene del descontento social a raíz del creciente grado de injusticia”, coincide Mauro Guillén, decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Cambridge.

América Latina es una geografía y un matraz de esa fractura entre quienes apenas poseen y quienes parecen acumularlo todo. Queda lejos el idealismo de Martín Fierro cuando aseguraba que el fuego que de verdad calienta es el que viene de abajo. Trasladar esa idea a un país antaño tan próspero como Colombia suena a afrenta. Hoy es una de las tierras más injustas del mundo. A un colombiano pobre le cuesta 11 generaciones alcanzar la renta media. ¿Cuántas vidas se viven? El daño es irreversible. El PIB cayó un 6,8% en 2020 y 2,8 millones de personas terminaron en la indigencia. Una década de progreso en erradicar la pobreza evaporada. El Gobierno amagó con medidas tributarias que recaían sobre las clases medias, pero, tras las protestas y los casi 50 muertos, reculó. Era tarde. La chispa había prendido la hojarasca. “En Colombia, proponer una reforma fiscal para beneficiar al conjunto ya no resulta suficiente. La ciudadanía espera que esto ocurra gracias a la participación de todos, en especial, y de manera progresiva, con la aportación de los sectores más favorecidos con vistas a una redistribución de los recursos”, analiza Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe).

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Nadie sabe anticipar cuál es la chispa que provoca el fuego. Puede ser la subida de la cesta de la compra, de los combustibles o de una ínfima cantidad en el billete del metro. Eso sucedió durante 2019 en Chile. Debajo se acumulan estratos de desencanto. “No es únicamente la economía. El país, por ejemplo, ha experimentado el crecimiento más rápido de América Latina y también ha reducido la desigualdad. Pero se han mantenido las diferencias sociales, sobre todo en una pequeña élite: que parece más privilegiada, acapara los mejores puestos de trabajo y domina el alto estatus social”, desgrana Daron Acemoğlu.

Latinoamérica

El malestar se ha convertido en un privilegiado mirador del paisaje geopolítico americano. Latinoamérica y el Caribe —recuerda Alicia Bárcena— ha sido la región con la mayor caída en horas de trabajo de todo el planeta. La pérdida estimada es del 16,2% durante 2020 frente a 2019. Una cifra que casi duplica (8,8%) la media mundial. Y la economía sumergida (54%) alcanza niveles muy altos. Cuando llegó la pandemia, únicamente el 60% de los trabajadores aportaba al sistema de salud. Entonces, la tormenta perfecta estalló a 90 millas de Estados Unidos, en una isla que hace tiempo extravió su paraíso.

Cientos de cubanos participaron en una marcha en apoyo a la revolución cubana por la zona del Malecón en La Habana (Cuba) el pasado julio.
Cientos de cubanos participaron en una marcha en apoyo a la revolución cubana por la zona del Malecón en La Habana (Cuba) el pasado julio.Ernesto Mastrascusa / EFE

El 11 de julio pasado miles de cubanos salieron a protestar en las principales ciudades. Una explosión de descontento no vista desde el llamado Maleconazo de 1994. Ese año cientos de personas huyeron por mar. El origen es la carestía. El virus fulminó la industria turística, la gran fuente de entrada de divisas. Sin dólares, los isleños se levantan al alba para hacer cola y conseguir los productos básicos. La pandemia y el bloqueo económico, que dura seis décadas, han hundido el PIB un 11% el año pasado. Tampoco hay tregua.

“La Administración Trump aplicó 243 nuevas medidas coercitivas, impidiendo el acceso al comercio, las finanzas y las inversiones internacionales en un momento en el que el capital extranjero debía aportar un papel básico en la estrategia de desarrollo de la isla”, defiende Helen Yaffe, economista experta en Cuba de la Universidad de Glasgow. Y apostilla: “El resultado inevitable y previsible ha sido la escasez de alimentos, combustible, productos básicos y suministros médicos”. El presidente estadounidense Joe Biden se comprometió a eliminar estas sanciones que inundan de sufrimiento la vida cubana. Todavía no lo ha hecho. A 90 millas de distancia, unos 800.000 cubanos que llegaron al sur de Florida entre 1959 y 1980, escapando de la revolución, quizá, piensan lo contrario.

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Lejos del debate de Cuba, la última década ha ido acumulando protestas sociales. Solo hay que hacer girar el globo. La Primavera Árabe, el movimiento Black Lives Matter, la violencia de los chalecos amarillos o la insurrección civil y económica de Occupy Wall Street. Hay muchas otras. Pero en todas aparece una voz que grita contra la concentración de la riqueza y la desigualdad. Es ese famoso 1%, es Jeff Bezos, el hombre más rico de la Tierra, gastando 5.500 millones de dólares (4.600 millones de euros) en un vuelo suborbital de cuatro minutos. Ese dinero hubiera servido para vacunar a 2.000 millones de personas de la covid-19 en países pobres.

El malestar va fermentando. Porque este descontento sucede cuando el ciclo económico ha sido favorable, ¿y si se da la vuelta? El FMI espera que la economía mundial desacelere su crecimiento en 2022 hasta el 4,9%. La política monetaria no tiene margen (con tipos negativos), la deuda pública resulta impagable en muchos países en vías de desarrollo y los combustibles fósiles marcan un precio indiferente a la emergencia climática. Al fondo, el virus y un mechero encendido en la mano. “La mayoría de los países han respondido a las protestas con una combinación de concesiones simbólicas y represión, pero los verdaderos esfuerzos de reforma (que son políticamente difíciles, costosos y pueden tardar décadas) han sido bastante más raros”, critica Miha Hribernik. Tierra fértil para el populismo y los líderes en contra del sistema. Cualquiera que sea.

Alarma en Sudáfrica

En Sudáfrica hace años que dejaron de pensar que los “humildes de corazón y los mansos heredarán la tierra”. Al contrario. Va camino de convertirse en cenizas aquella promesa de “una vida mejor para todos” que lanzó el Congreso Nacional Africano cuando terminó el apartheid. El país vivirá brotes de violencia más frecuentes a menos que el Gobierno acelere las reformas. Es la previsión del thik thank sudafricano Center For Risk Analysis (CRA). La policía cuenta que en 2020 las protestas violentas fueron un 400% más elevadas que durante 2007.

La policía señala a una mujer tras las protestas de Durban, en Sudáfrica, el pasado julio.
La policía señala a una mujer tras las protestas de Durban, en Sudáfrica, el pasado julio.Gallo Images

Sudáfrica se tambalea después de que a finales de julio estallara una semana de disturbios mortales y pillaje que comenzaron en la provincia oriental de KwaZulu-Natal tras el encarcelamiento del expresidente Jacob Zuma. En los enfrentamientos murieron 324 personas y miles de negocios sufrieron saqueos e incendios. Fue la peor insurrección civil desde el fin del gobierno de la minoría blanca en 1994. Tanta ira resulta inexplicable sin un estancamiento económico de décadas. “Existe una estrecha relación entre las protestas violentas y el bajo crecimiento de la economía”, admite David Ansara, jefe de Operaciones de CRA. “En los últimos diez años, el crecimiento del PIB ha caído del 3,3% al 0,2% y la tasa de paro juvenil alcanza un 75%”.

Si a todo este destrozo económico y social le añadimos la emergencia climática, el pesimismo se convierte en las mareas del mundo. La desigualdad económica entre los países y dentro de ellos ha alcanzado niveles inimaginables, en un planeta que ya era tremendamente injusto antes de la pandemia. Mientras millones de personas se enfrentan al hambre (por primera vez en 22 años, la extrema pobreza —seres humanos viviendo con menos de 1,90 dólares al día— aumentó el año pasado) y la carencia de necesidades básicas, una pequeña minoría, extremadamente rica, y algunas grandes empresas (sobre todo tecnológicas), han acaparado aún más ingresos y riqueza. “Esta situación no puede continuar durante mucho tiempo sin que se produzcan enormes tensiones sociales y disturbios civiles. De hecho, la tormenta perfecta que estamos empezando a sentir pronto incluirá bastante más inestabilidad social y política. En lugar de impulsar una agenda progresista y transformadora, esto podría derivar en conflictos étnicos, raciales y otras formas de violencia y caos”, escribe en Project Syndicate Jayati Ghosh, economista y catedrática de la prestigiosa Universidad de Amherst en Massachusetts (Estados Unidos).

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Cada país tendrá que pagar su moneda de plata económica y social al barquero. Las protestas de 2019 en Hong-Kong y las de los chalecos amarillos en Francia durante 2018 costaron un 1% del PIB. “El mayor efecto, a medio plazo, del malestar es el aumento de los precios de muchos productos (electricidad, petróleo, impuestos sobre artículos básicos) que, no olvidemos, están, bastantes veces, detrás de manifestaciones que crean movimientos multitudinarios o derrocan gobiernos”, advierte José García Montalvo, catedrático de Economía de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

Túnez se refleja en esas luces rojas. En julio sufrió su mayor crisis política desde la revolución de 2011. En una economía devastada por el virus, el presidente, Kaïs Saied, cambió su Gobierno tras semanas de quejas y asumió todos los poderes. Y en ese mismo mes, el día 18, Tailandia vivió las manifestaciones más duras con la variante delta descontrolada y un crecimiento económico que previsiblemente caerá este año del 3% al 1,8%.

¿Y qué sienten los ciudadanos de las dos grandes potencias de nuestra era? Sobre el paisaje yermo de Estados Unidos no se detiene la aurora. Una cifra lo cuenta todo. 22.243.220. Es el número de armas vendidas en el primer semestre del año. El más alto desde que se empezaron a registrar en 1998. Un arsenal en manos de los habitantes de una de las naciones más desiguales del mundo. La toma del Capitolio mostró a una sociedad partida y las pérdidas se vierten por dónde se mire. “En el país hemos visto cómo confluían varias crisis en los últimos 18 meses: el asesinato de George Floyd, que ha desencadenado amplias protestas civiles, junto a la inquietud y el malestar por una respuesta a la pandemia muy mal gestionada y sin coherencia. ¿Resultado? El volumen de los pagos de las aseguradoras carece de precedentes. Solo los derivados de las protestas han costado al sector más de 2.000 millones de dólares desde principios de 2020”, avanza Osman Dar, experto en salud pública del centro de estudios británico Chatham House. Y el drama de los opiáceos, que se ha llevado 500.000 vidas en 20 años y un billón de dólares (dato de 2017), resulta ininteligible sin la codicia y la desigualdad. Impacta ver a la democracia liberal más avanzada del mundo anestesiada por la droga más antigua conocida por el hombre.

Grandes potencias

China ha percibido todo esto. Aunque especialmente ha sentido la presión de Hong-Kong. Su respuesta, inventar el término: “prosperidad común”. “Eso significa aumentar los ingresos de los hogares, mejorar el sistema de bienestar y reducir la desigualdad de la riqueza”, aclara Yifan Hu, analista de UBS en un informe reciente.

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Pero el malestar no es siempre un lastre. Es una forma de que el globo gire. Meridianos económicos, paralelos filosóficos. “Muchos movimientos sociales se forjan en el crisol de las crisis, ya sea la idea de la destrucción creativa incrustada en el capitalismo, o la dialéctica hegeliana de que todo movimiento contiene en su interior las semillas de su propia destrucción”, recuerda Dipanjan Chatterjee, analista principal de la consultora estadounidense Forrester Research. El descontento es productivo si se aprovecha para hacer avanzar la sociedad, no para hacerla retroceder. Las protestas y movilizaciones, resume Carlos Martín, director del Gabinete Económico de Comisiones Obreras, han traído el sufragio femenino, la interrupción del embarazo, la supresión de los abusos laborales, la jornada de ocho horas, el derecho al descanso diario y semanal, y eliminar o restringir el capitalismo rentista en las finanzas, la energía y los inmuebles. “El reto es si podemos utilizar este descontento para impulsar la sociedad a cambiar hacia una dirección mejor”, plantea Acemoğlu. Porque está escrito hace más de 2.000 años: “Y éramos por naturaleza hijos de ira, igual que los demás”. Efesios II-3.

España escucha el descontento chileno y cubano

Imagen de la acampada de los indignados del movimiento 15-M en la Puerta del Sol, en Madrid, en el año 2011.
Imagen de la acampada de los indignados del movimiento 15-M en la Puerta del Sol, en Madrid, en el año 2011.David Ramos / Getty Images

El malestar social es como nubes cargadas de agua y cristales de hielo. Solo necesita las condiciones adecuadas para transformarse en tormentas torrenciales o gotas frías. España parece alejada hoy de estas inclemencias, atrás quedaron las revueltas en Cataluña o la repetición de elecciones. “Esta tierra es justa, civilizada y compasiva”, condensa el jurista Antonio Garrigues Walker. Y compara: “Francia, por ejemplo, siempre se ha expresado de una forma más agresiva”. Pero para los jóvenes este tiempo es otro país. La brecha generacional entre ellos y los mayores ha aumentado desde la crisis financiera de 2008. Contratos precarios, incertidumbre, paro. “Si la situación no mejora, es probable que el descontento pase a expresarse en forma de movilizaciones como las vividas en Cuba o Chile”, advierte Clara Martínez-Toledano, profesora de Finanzas en el Imperial College de Londres y miembro del Laboratorio Mundial de la Desigualdad dirigido por el economista Thomas Piketty. Tampoco descarta que aumente la marcha de chicos al extranjero.

Se sienta o no, la sociedad española demuestra la fragilidad de la cerámica resquebrajada. “A medio plazo habrá más contestación, porque el capitalismo no está dando igualdad de oportunidades”, alerta Emilio Ontiveros, presidente de AnalistasFinancieros Internacionales (AFI). “Y el primer peaje del descontento es la disminución del consumo y de la inversión extranjera”. Porque se escuchan las manecillas del reloj girando en sentido contrario. ¿Qué sucederá cuándo se acaben los mecanismos de protección, como los ERTE, que se crearon durante la pandemia? “Podría haber un efecto de descontento generalizado, pues se verán más las múltiples desigualdades existentes (educativas, digitales, laborales)”, prevé José García Montalvo, catedrático de Economía de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). “Aunque espero que una imposición más progresiva y el mayor gasto público amortigüen este problema”, matiza.

El desencanto en economía no es una variable matemática que se pueda introducir en una ecuación. Las vidas no vividas, las ocasiones malbaratadas; la incertidumbre en la existencia. “Lo que más nos preocupa es la fragmentación política porque, gracias a los fondos europeos, tendremos varios años de crecimiento, si se efectúan las reformas necesarias, y todos tienen que aportar. La confrontación reduce la posibilidad de actuar”, avisa Jorge Sicilia, director de BBVA Research. “El desafío es articular las demandas en reivindicaciones viables a través de la democracia participativa”, suma Toni Roldán, responsable del Centro de Políticas Económicas de Esade.

Queda poco para el invierno y el primer ministro británico Boris Johnson enfrenta un año gélido. El impacto del Brexit, la inflación, la elevada deuda, la subida de impuestos (algo inconcebible en un tory) y una sanidad herida pronostican unas revueltas como las vividas en 1978. Aunque hay quienes dudan de este pequeño apocalipsis. “No veo qué podría causarlo, aparte de una enorme crisis fiscal o financiera, que me parece improbable”, descarta Martin Wolf, jefe de opinión económica del Financial Times.

¿Habrá tormenta?

E Italia, que sufrió tanto al principio de la pandemia, parece calmada. La suspensión de los despidos (que terminó hace algunas semanas), bonificaciones para los autónomos, compensaciones a los empleadores y un sistema de protección dirigido a los hogares pobres han mantenido la paz social. Y lo más insólito, también la política. “El malestar, en este momento, no está promovido por los partidos, ya que todos (la única excepción es Fratelli d’Italia), incluso La Liga, otro movimiento también orientado hacia la derecha, pertenecen a la coalición de Gobierno de Mario Draghi”, explica Michele Raitano, profesor de Economía de la Universidad de la Sapienza de Roma. Cielos sin nubes, ¿descargará después la tormenta?

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