El mercado de lana se enreda por la falta de demanda

La caída de las compras chinas hunde el precio de este material y llena los almacenes españoles

Almacén de la  empresa Carmiel Wool en Fuenlabrada (Madrid), especializada en la venta de lana natural, con 700 toneladas acumuladas.
Almacén de la empresa Carmiel Wool en Fuenlabrada (Madrid), especializada en la venta de lana natural, con 700 toneladas acumuladas.KIKE PARA

La lana merina rebosa en los almacenes. El anestesiado mercado internacional, y muy especialmente el chino, no demanda un material históricamente cotizadísimo en el mundo textil, que ahora se acumula en plena campaña de esquilaje. Las ovejas, con el verano a punto de empezar, necesitan que se les retire el vellón por una estricta cuestión sanitaria. Esta necesidad natural —convertida durante siglos en negocio— deja ahora, ante la crisis económica, a ganaderos empresarios con un producto a precios mínimos y una producción pírrica.

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Garment employees work at Fakhruddin Textile Mills Limited in Gazipur, Bangladesh, February 7, 2021. Picture taken February 7, 2021. REUTERS/Mohammad Ponir Hossain
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La pandemia, que el año pasado dificultó la llegada a España de cientos de esquiladores uruguayos que suplen la escasez de profesionales nacionales, azota directamente al bolsillo. Una empresa mediana como Lanas Payo, dirigida por Rubén Payo en Paredes de Nava (Palencia), exportaba normalmente cada año más de un millón de kilos y distribuía otros 400.000 por España. Payo tilda de “catastrófico” el ejercicio de 2020, con solo un 40% de ventas respecto a lo habitual. La campaña actual recorre la misma senda.

La única lana que interesa es la prestigiosa merina, a unos 40 céntimos de euro el kilo contra los 2,5 euros de hace dos años, un 84% menos. Mientras, la mercancía de menos calidad, que apenas vale nada, se recoge por deferencia a ganaderos o productores de confianza. El vellón merino, detalla Payo, puede durar dos años si se guarda con mimo, sin humedad y protegido de las polillas. Esas toneladas corren el riesgo de no ser comercializados porque los intermediarios chinos que acudían a Palencia mensualmente, interesados en toda la mercancía anual, hace mucho que no les visitan.

Un ejemplo de cómo el estancamiento general también repercute en el campo es que los hoteles, paralizados durante meses, ya no requieren moquetas, uno de los destinos habituales de la lana. Los almacenes se abarrotan sin perspectivas de futuro halagüeñas: cuando el mercado resucite habrá tanto volumen por colocar que los precios se mantendrán sin grandes alzas.

Ana María García-Pedroche, administradora de la empresa madrileña Carmiel Wool, estima que su actividad seguirá muy mermada hasta el invierno de 2022 o ya en 2023, pues la próxima campaña servirá para vender, a bajo precio, el remanente. Esta compañía permaneció detenida durante el confinamiento y ha ido recuperando ritmo durante 2021, pero factura apenas un 70% respecto a la época de normalidad, así que han tenido que subsistir a base de liquidez previa y crédito ICO.

Pequeños y grandes ganaderos tienen en la lana un ingreso extra más allá de la leche o carne, pues una oveja de leche da un kilo de lana y las merinas tres. Alfonso Suárez, gerente de Esquiladores de León, confía en que China mejore su situación y reactive el mercado, algo que también depende del ritmo global de la vacunación: “Es la pescadilla que se muerde la cola”.

España mira hacia Asia y de refilón a Italia, cuyas grandes firmas textiles trabajan con la producción oriental y traerán buenas noticias si pronto se dinamizan. La visión optimista llega del secretario de la Asociación Nacional de Criadores de Ganado Merino, Antonio Granero, que admite “precios de guerra” esta temporada, pero confía en la calidad de la lana merina española para que, en adelante, el producto vuelva por sus fueros.

Los tiempos han cambiado y la pandemia ha asentado una tendencia negativa entre quienes no solo crían ovejas merinas. Un ganadero de Valbonilla (Burgos) comenta que hace unos años la campaña de esquilaje les daba rédito gracias a sus 1.300 animales y cubría con creces los gastos de una labor “necesaria” para el bienestar ovino. Liberar a cada una de su lana cuesta algo más de un euro, detalla, sin que ahora se les pague prácticamente nada por esos vellones: “Nada es como antes, ya no compensa”.

Igualmente hay que gastar y cortar la lana para que el ganado pueda parir con más libertad y exponerse a menos infecciones. Rubén Payo lamenta el panorama actual, pero aplaude que, al menos, el sector ha sobrevivido y confía en que algún día, a poder ser cuanto antes, la actividad recupere el brío. Como diría su abuelo: “Que pase el hambre por la puerta pero no entre”.

Sobre la firma

Juan Navarro

Colaborador de EL PAÍS en Castilla y León, Asturias y Cantabria desde 2019. Aprendió en esRadio, La Moncloa, en comunicación corporativa, buscándose la vida y pisando calle. Graduado en Periodismo en la Universidad de Valladolid, máster en Periodismo Multimedia de la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo EL PAÍS.

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