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BMW abre su primera planta en México en plena crisis arancelaria con EE UU

La compañía señala que los consumidores pagarán el precio de las potenciales tarifas

La inauguración de la fábrica de BMW en San Luis Potosí, México.
La inauguración de la fábrica de BMW en San Luis Potosí, México. AFP

El momento elegido para cortar la cinta no podría ser más complejo. BMW ha inaugurado este jueves su primera fábrica de automóviles en México en plena crisis comercial con Estados Unidos (EE UU), justo cuando el presidente estadounidense amenaza con imponer aranceles a todas las importaciones mexicanas y cuando el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador negocia contrarreloj para evitar que estos entren en vigor el próximo lunes. Ejecutivos presentes en la inauguración de la planta en San Luis Potosí, al norte del país, han quitado hierro a la coyuntura, aunque han advertido de que el peso de las tarifas recaerá sobre los consumidores estadounidenses y no tanto sobre los productores —en este caso, la propia BMW—.

Ante la amenaza de aranceles del 5% en junio —hasta llegar al 25% en octubre—, varios fabricantes de automóviles han advertido de los costes millonarios sobre su sector, uno de los principales afectados por la medida si entra en vigor —Toyota ha cifrado en 1.000 millones de dólares el aumento del precio de las autopartes mexicanas que utiliza—. Más cauto, el jefe de producción mundial del fabricante alemán, Oliver Zipse, ha dicho este jueves que los aranceles forman parte del negocio. “No es una situación inusual”, ha señalado, al tiempo que ha valorado la apuesta por México como una acción casi geopolítica en un mundo que vive una ola proteccionista. “Nosotros tenemos como objetivo equilibrar la producción y las ventas en diferentes regiones; es la mejor respuesta ante la volatilidad en los mercados y en la política”, ha declarado.

La fábrica recién inaugurada es la joya de la corona de la empresa alemana. La más moderna, la más sustentable de cuantas tiene el sector en México, insisten desde BMW. Con una inversión de 1.000 millones de dólares, la parcela de 300 hectáreas alberga una planta de carrocería con una automatización del 95% y donde hileras de láseres pulen el diseño con una precisión de 0.1 milímetros. En el centro de ensamblaje adyacente, una maraña de cintas y robots que funciona con la electricidad de los paneles solares instalados en la fábrica, se juntan las 3.000 piezas del producto final y se estampa el logotipo de la marca —el 50% de las partes son producidas en México y el 15% de los socios del TLC, EE UU y Canadá, pero el motor se sigue trayendo de Europa—.

De este túnel de producción saldrán previsiblemente 175.000 vehículos serie 3 al año, a 35 unidades por hora, aunque hay espacio y capacidad para duplicar ese número. En los primeros meses de funcionamiento, el 100% de la producción irá a EE UU, destino de gran parte de la producción automotriz mexicana —con exportaciones por valor de 93.000 millones de dólares tan solo en 2018—. Para 2020, la compañía busca diversificar y llegar a proveer a 40 países, entre ellos al anfitrión. “Cualquier previsión sería errónea, pero no será solo EE UU. La demanda en México está creciendo más rápido”, ha declarado Zipse a EL PAÍS en un viaje al que este diario ha asistido en calidad de invitado. El mensaje: el futuro de la planta no dependerá del último tuit de Trump.

El director de la Oficina de la Presidencia y hombre de confianza del presidente Andrés Manuel López Obrador, Alfonso Romo, ha ejercido de padrino de ceremonia y ha escenificado el clima de tranquilidad y de business as usual que el Gobierno mexicano ha intentado proyectar desde el inicio de la crisis con EE UU. Romo ha expresado su determinación de convertir a México en “un paraíso para la inversión” y ha ofrecido “todas las facilidades” para ello.

Un operario en la planta de BWM en San Luis Potosí.
Un operario en la planta de BWM en San Luis Potosí. EL PAÍS

Anunciada en 2014, el germen del proyecto que ahora ve la luz se remonta a 2011, cuando BMW notó que sus instalaciones en Spartanburg, EE UU, no daban abasto ante el aumento de la demanda en América. Los directivos de la automotriz alemana comenzaron entonces la búsqueda de un sitio para seguir con la producción de automóviles dentro de la zona del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC).

Rodeada de un paisaje semidesértico de nopales y cactus y famosa por sus iglesias de fachada barroca, San Luis Potosí fue la elegida. Como cebo, el Gobierno del Estado facilitó la adquisición del terreno y dio incentivos fiscales. Bien conectada por tren y carretera a EE UU, la ciudad se ha convertido en uno de los principales centros de la industria automotriz en el país latinoamericano, que en 2018 se convirtió en el sexto mayor productor mundial con más de cuatro millones de vehículos, por encima de Corea del Sur, según datos de la Organización Internacional de Fabricantes de Vehículos (OICA, en sus siglas en inglés).

Este auge ha atraído la ira de Donald Trump, que ha hecho bandera del retorno de la producción deslocalizada a EE UU. Una estrategia que llegó a comparar con “robar caramelos a un niño”. En septiembre de 2017, antes incluso de su victoria electoral, el entonces candidato atacó a Ford por sus planes de invertir 1.600 millones de dólares en una nueva fábrica precisamente en San Luis Potosí. “Una vergüenza”, dijo en Twitter y amenazó con un arancel del 35% a los coches importados de México. Al final, Trump se salió con la suya y, pocos días antes de su investidura, Ford anunció que cancelaba la inversión para la que ya tenía terreno y había contratado a empleados.

Más de dos años después de ese episodio, el anuncio del arancel del 5% se ha vivido como un Déjà vu en San Luis Potosí. “Estamos a la espera de ver qué pasa; este hombre dice una cosa un día y otra el siguiente”, dice Pedro López, potosino de 58 años que aprovecha un rato libre para leer las últimas noticias en su móvil, sentado bajo un árbol en una plaza de la ciudad. “Lo de Ford fue un desencanto porque ya había gente empleada”, dice. Javier Vega, de 67 años, es más optimista. “La Ford se nos fue, pero la industria automotriz ya está muy arraigada aquí”, dice, y añade riendo. “Además, BMW hace buenos carros, aunque caros”.

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