Un divorcio con sabor a Rioja

La pretensión de algunas bodegas de Rioja Alavesa de distinguirse en las etiquetas divide al sector y politiza una guerra de modelos de negocio

a vendimia se ha iniciado en los últimos días en Rioja con la recogida de la uva blanca en las parcelas más tempranas de la subzona Rioja Baja.
a vendimia se ha iniciado en los últimos días en Rioja con la recogida de la uva blanca en las parcelas más tempranas de la subzona Rioja Baja.Bernardo Pérez

La Denominación de Origen Rioja, una de las más veteranas del país y emblema como pocas de la marca España, vive un final de vendimia algo borrascoso. No es que una tormenta haya arruinado la cosecha. No. Es una de las mejores que se recuerdan en los últimos años.

El problema es que un hecho insólito, el anuncio de que Artadi, una reconocida bodega radicada en Laguardia (Álava), abandona el sello antes de fin de año, y los cruces de declaraciones de representantes públicos vascos y riojanos han abierto una pequeña grieta en el sector y agitado un debate contaminado por la política. ¿Es Rioja un buen paraguas para todos los vinos que se producen en el territorio? ¿Es de recibo que el consumidor se encuentre prácticamente con la misma etiqueta cuando va a comprar al supermercado un caldo de dos euros que cuando elige uno de 150 en un restaurante de alta alcurnia? ¿Han quedado obsoletas las denominaciones de origen? Y, sí, también: ¿Dado que dos asociaciones de Rioja Alavesa han pedido al Consejo Regulador de la Denominación de Origen Rioja que les permita diferenciarse, es esta una demanda con trasfondo económico o el particular “desafío soberanista” de los productores del vino de Rioja Alavesa?

Más información
El planeta del oro blanco
El mercado exterior del vino español
España lidera el comercio mundial del vino aunque reduce sus ingresos

“Esto es una guerra de modelos de negocio”, sentencia Juan Carlos López de Lacalle, responsable de Artadi, sentado a la mesa de la sala de reuniones de esta bodega que ahora sigue la estela de Raventós i Blanc (salió de la D.O. Cava) y Gutiérrez de la Vega (abandonó la D.O. Alicante). “Se está confundiendo una cuestión de nacionalismos con la hegemonía económica de un sector. Es muy simple”, continúa. “Mi proyecto de futuro no encaja con el de una denominación de origen cuya intención absolutamente legítima y honesta es crecer. Van como un tiro y les felicito. Pero yo defiendo la estructura familiar, que ha sido el germen de la viticultura durante siglos, defiendo que hay que generar una identidad, que hay que diferenciarse. Mi objetivo es hacer poquito y diferenciado”. Y pone un ejemplo: tan lícito es el modelo de Arzak como el negocio de un establecimiento que da decenas de menús del día. “Ahora”, subraya, “difícilmente podrán llamarse igual”.

La denominación de Origen Rioja, que mueve alrededor de 1.600 millones de euros anuales sin contar con el turismo enológico y los negocios del vidrio, corcho, cápsulas o etiquetas, supone alrededor del 25 % del PIB regional y engloba a tres “subzonas” (Rioja Alta, Rioja Baja y Rioja Alavesa) de basicamente tres comunidades autónomas (Rioja, Navarra y País Vasco), que solo el año pasado vendieron 384 millones de botellas. O lo que es lo mismo, casi 281 millones de litros de vino, 106 millones de ellos en el extranjero. Pero este sello, al que pertenecen 638 bodegas, no distingue zonas, viñedos, suelos ni microclimas. Y, sobre todo, los pequeños y medianos productores de Álava, que no pueden competir en precio con las grandes empresas, quieren una diferenciación que les sirva como argumentario ante el consumidor, al estilo de lo que ocurre en las denominaciones Burdeos (hay 58) o Borgoña (96). “La gente está buscando productos más asociados a la tierra, a un origen muy concreto, con un relato detrás”, sostiene el viceconsejero vasco de Agricultura, Bittor Oroz, que pone el caso francés como modelo: “Hay que dar una vuelta a la denominación para posicionarse mejor en el mercado en un momento en el que los paradigmas de consumo están cambiando mucho”. Adolfo Gatell, director general de la Guía Peñín, la michelín de los vinos españoles, añade: “El problema en la Rioja Alavesa es el mismo que te encuentras en Cava o Rueda, demandas cruzadas, enfrentamiento entre bodegas. ¿Por qué? Porque mientras unos apuestan por la calidad y el valor añadido, otros lo hacen por el volumen y el bajo precio. Y claro, al estar todos bajo un mismo nombre realmente se contaminan unos a otros”.

La Asociación de Bodegas de Rioja Alavesa (Abra), que agrupa a 150 embotelladoras de las 264 existentes en la provincia vasca, y la Unión de Agricultores y Ganaderos de Álava (UAGA) pidieron el año pasado al Consejo Regulador que dejara al colectivo distinguir en las etiquetas la subzona de Álava, que representa un tercio del total de la producción, con una letra de idéntico tamaño al de Rioja, que es ahora más pequeño. El organismo, con un sistema de representación puramente económico, adujo que la propuesta incumplía su reglamento y la rechazó. Pero ofreció otra alternativa que ya emplean algunas bodegas: podían destacar su origen con una letra más gruesa o en otro color. “Estamos pugnando por un tercio del tamaño que son milímetros en la etiqueta”, denuncia José Luis Lapuente, director general del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Rioja, que defiende la fuerza de la marca. “Esta es una denominación única y sin apellidos en la que un 40% de los vinos embotellados en Rioja Alavesa no están producidos en su territorio”.

Abra, que ha declinado hacer declaraciones a este periódico, no se quedó satisfecha con la decisión y difundió en junio un comunicado en el que volvía a reclamar el mismo cambio en el etiquetado pero advertía: “Existen otros muchos caminos fuera de ese sombrero, factibles, legales y viables, que no dudaríamos en acometer antes de ver morir nuestras viñas, nuestras bodegas y nuestra comarca”.

Esta declaración de intenciones ha venido alimentando desde entonces una controversia económica que, intencionadamente o no y con razón o no, se ha querido vincular a las aspiraciones nacionalistas de las administraciones vascas, que van de la mano y se han limitado a decir que respaldarán a los bodegueros de la zona en la decisión que tomen. “No estamos por liderar una salida de la Denominación de Origen Rioja”, dice el diputado general de Álava, el peneuvista Ramiro González, que ha convocado una mesa sectorial para debatir sobre el asunto este octubre. “Pero estamos abiertos a cualquier solución que se plantee desde el propio sector y no nos ponemos límites”. “Las aventuras tendrán que buscarse otro nombre propio”, le ha respondido recientemente el presidente del Gobierno riojano, José Ignacio Ceniceros.

El sector asiste con estupor a esta diatriba que, entienden, solo es de su competencia. “Somos los que debemos decidir al margen de injerencias políticas”, tercia José Luis Benítez, director general del Grupo Rioja que representa alrededor del 70% del vino de la subzona vasca. “Hay un victimismo absurdo. Si los políticos quieren ayudar a las pequeñas bodegas que no tienen capacidad de marketing que les den cursillos o contraten a una agencia que les enseñe a diseñar mejor las etiquetas”.

El debate llega en vísperas de que entre en vigor en enero la liberalización controlada de plantaciones de viñedos que coloca a Rioja Alavesa en situación de desventaja con respecto a las otras subzonas porque apenas dispone de espacio para crecer y los bodegueros tienen miedo a una hipotética mayor producción de sus vecinos de denominación que podría hacer bajar los precios, como destaca Javier Torre, presidente de UAGA. La polémica ha alcanzado un considerable nivel de ruido que distorsiona la realidad porque Rioja, mayoritariamente, no quiere poner más puertas al campo en este país que es campeón mundial de la exportación de vino. Beber, no bebe tanto. Un español consume 19,9 litros al año, un francés 47,7.

EL PAÍS de la mañana

Despiértate con el análisis del día por Berna González Harbour
RECÍBELO

Regístrate gratis para seguir leyendo

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS