Se apagó El Ronco del AlbaicínColumna
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Magisterio de un auténtico heterodoxo

En la personalidad de Enrique Morente concurre la más notoria clave comunicativa del flamenco: esa poderosa capacidad para adecuar a las exigencias musicales del cante incluso lo que no procede de las habituales canteras temáticas del cante. Es lo que se podría aplicar a esos grandes cantaores históricos que fueron también grandes recreadores formales. Morente puede considerarse un paradigma contemporáneo en este sentido.

Aparentemente desentendido de la tradición estricta del cante, su obra testifica todo lo contrario: en ningún momento dejó de elaborar una especie de remodelación estilística de esa tradición. Vendría a ser como un heterodoxo que defendió una nueva ortodoxia. El hecho de elegir los argumentos más desusados no le impedía producir una versión flamenca irreprochable. Esa consabida operación de sacar a flote la intimidad por medio del ritmo -tan propia también del jazz- hizo de Morente un hito fundamental en la evolución cíclica del cante. Todo lo que interpretó, aun lo más deliberadamente divorciado de los primitivos cánones flamencos, supuso a la larga un modelo de emocionante integridad flamenca. En su discografía abundan estos singulares modos de sortear los más palmarios riesgos para recrear a su excelente manera lo ya creado. Morente siempre fue capaz de reunir en un insuperable arquetipo flamenco la maestría y el duende, el conocimiento y la pasión.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 14 de diciembre de 2010.