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Siempre es demasiado tarde

A Vladímir y a Estragón les quedaba al menos la esperanza de que algún día apareciera Godot. A Hamm y a Clov ninguna les queda. Sumergidos en el sótano asfixiante diseñado por Krystian Lupa para este espectáculo, los protagonistas de Fin de partida saben que es demasiado tarde para enderezar las cosas, y aguardan lo irremediable. "Esta es la tragedia de lo inevitable, no del error fatal. Por no atreverse a ser libres, sus protagonistas son responsables de cuanto les pasa", interpreta Peter Brook.

Entre Hamm y Clov todo va a peor, y también alrededor suyo. "Ayer tenías un diente", le dice la madre al padre de Hamm, metidos ambos en sendas cajas de la morgue, en lugar de en los cubos de basura que proponía su autor: "Ayer", subraya el esposo. Los personajes de Fin de partida languidecen porque son reflejo último de un mundo fantasmal o sucede quizá al revés, que el mundo es una proyección suya y esta obra, un gran símbolo del declive físico y de la resignación, como Winnie, la optimista semienterrada de Días felices.

FIN DE PARTIDA

Autor: Samuel Beckett. Traducción: Anna Maria Moix. Intérpretes: José Luis Gómez, Susi Sánchez, Ramón Pons, Lola Cordón. Vestuario : Piotr Skiba. Proyecciones: Alfonso Nieto. Música: Pawel Szymanski. Dirección y escenografía: Krystian Lupa. Madrid. Teatro de La Abadía. Del 13 de abril al 23 de mayo.

Aflorar en escena el humor de Beckett, tan oblicuo, es tarea difícil. Brook lo conseguía en Fragments, con sus actores clowns. Hamm, padre adoptivo tirano, podría ser un irritable carablanca, y Clov, siempre a sus órdenes, trayendo y llevando, un tintineante contraagusto. En el montaje de Lupa, tan bien acabado visualmente, ese humor larvado asoma la oreja contadas veces. Tienen gracia, sobre todo, las intervenciones de la madre, interpretada con ternura por Lola Cordón, y del padre (Ramón Pons) mezcla de prisionero extenuado de un campo de concentración nazi y de abuelo yermo de cuento de los Hermanos Grimm. A fuerza de humanizar a dos personajes esquemáticos, ambos cuajan alguno de los mejores momentos de la función.

Susi Sánchez, con sus entradas y salidas pizpiretas y su tono físico jovial, consigue pasar con ligereza el texto. José Luis Gómez crea un Hamm menos colérico que otros, más pausado y enjundioso, obsesivo compulsivo hasta la médula, siempre en el centro simbólico de ese sótano pintado de verde grisáceo en su mitad inferior y amarillo macilento en la superior, como los garajes de los años cincuenta.

El director polaco ha creado un espectáculo íntimo y desasosegador, mucho menos solemne que otros fines de partida, que llegó a la accidentada noche del estreno todavía falto de nervio y de ritmo. Acostumbrado a trabajar con más tiempo de ensayos por delante, quizá le han faltado días para llevar a término la compleja búsqueda interpretativa que propone a sus actores. A Gómez se le escuchó mal durante un rato en el que la silla de ruedas de Hamm está girada hacia un lateral, y en parte de su extenso y climático monólogo final hubo que hacer un esfuerzo ímprobo para entreoírle apenas. El final de la función, se precipitó tras saltarse los actores un buen pedazo de texto. Los aplausos, corteses, indicaron que el público esperaba más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 17 de abril de 2010.