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UNIVERSOS PARALELOS

Los 'cocacolos' de Colombia

Hay ocasiones en que todos los vectores confluyen, te empujan hacia un asunto. El viernes supimos que Tato Luzardo, antiguo baterista de Canarios y actual gerente de la Academia de la Música, había perdido su batalla con el cáncer. Cuando le conocí, Tato era el rompehielos del sello Ariola en América. Ejercía de introductor de artistas españoles (y europeos en general) por aquellas tierras. Su anecdotario rebosaba chanchullos del showbiz, excesos babilónicos, desastres esquivados en última instancia. Dicho sea con máximo respeto a sus buenos oficios: años después, también me sacaría de una situación comprometida en México DF.

Tato compartía mi curiosidad por la música iberoamericana, inaccesible en España durante los ochenta. Iba guardando elepés autóctonos en su maleta y me llamaba cuando volvía a su despacho madrileño: "Te traje algo que te va a volver loco". Yo acudía veloz: me interesaban tanto los discos -podían ir desde Chico Buarque a Spinetta- como las impublicables historias que Tato había acumulado en aquellos viajes de saltamontes, pisando cinco o seis países en dos semanas.

El rock colombiano evolucionó con naturalidad desde el 'beat' primigenio a la psicodelia

Justo el día que me entero de su fallecimiento, me llega un librito desde Colombia, Bogotá: epicentro del rock colombiano entre 1957 y 1975. Leyendo la introducción, descubro que la Historia del rock, que yo dirigí para EL PAÍS, también se publicó en La Prensa, un diario bogotano. El autor del libro, Umberto Pérez, construye parte de su andamiaje teórico con textos de aquellos fascículos. Y ha tenido el detalle de enviar una copia de su investigación.

El tomo ha seguido una ruta tortuosa. Está arrugado, con la dedicatoria difuminada: aparentemente, se empapó del ron de una botella rota, un accidente que le hace más apetitoso. Sabemos poco de la Colombia musical, a pesar de que ese país haya lanzado a las últimas figuras del latin rock con impacto intercontinental. Cierto que calificar de rock algo tan blando como Juanes o tan tramposo como Shakira equivale a aceptar un cocodrilo como animal de compañía.

Según Umberto Pérez, el rock colombiano tuvo orígenes inocentes. Sus seguidores, que aquí denominaríamos yeyés, eran conocidos como cocacolos: acudían a discotecas light, donde sólo se servían zumos y Coca-Cola. Músicos y público procedían de la clase media o alta: encuentras apellidos de la política colombiana, tipo Betancourt o Restrepo. Y también algún futuro ilustre del rock español, como Rodrigo García, entonces al frente de los Speakers.

De principio, Bogotá parecía apropiada para incubar rock: lluviosa y gris, no muy diferente de ciudades inglesas o estadounidenses altamente productivas en cuestiones musicales. Sin embargo, competía con la llamada nueva ola, solistas que facturaban un pop liviano y juvenil. Es fácil imaginar quién ganó: en el periodo cubierto por Umberto, el rock apenas generó 20 elepés y algunos singles sueltos.

Lo extraordinario del rock colombiano fue que, a diferencia del rock made in Spain, evolucionó con naturalidad desde el beat primigenio a la psicodelia. La marihuana (una planta defendida incluso por el bolerista Daniel Santos), los abundantes hongos alucinógenos facilitaron la conversión de los cocacolos al hippismo, con comunas urbanas y rurales. Tuvo su Woodstock (el Festival de Ancón, en Medellín) y hasta su Altamont (en Rock de Sol a Sol hubo cuatro muertes).

Evidentemente, aquel movimiento horrorizaba a una sociedad conservadora, que reaccionó con anatemas (la Iglesia católica), amenazas (los terratenientes) o represión brutal (la policía). No obstante, antes de su eclipse, el rock bogotano marcó tendencias: los arrogantes cachacos, como se conoce a los capitalinos, se abrieron a los ritmos tradicionales de los costeños.

Mi teoría: el rock colombiano resucitaría triunfal con Clásicos de la provincia (1993), aunque el astuto Carlos Vives lo camufló de vallenato. Todavía puedo oír la voz tonante de Tato Luzardo: "Mira que los colombianos saben venderse bien. ¡Si el vallenato es la cumbia de toda la vida!". No era exacto pero Tato siempre disparaba artillería gruesa. Y solía acertar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de marzo de 2010