MANERAS DE VIVIR
Columna
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De críticos feos e Hipatías hermosas

Desde luego las relaciones entre los críticos y los artistas son siempre difíciles. Qué digo, son más que difíciles, son casi imposibles. Por lo menos, en lo que respecta a los novelistas. Los escritores solemos decir que ansiamos encontrar a nuestro crítico soñado, aquel que sería capaz de enseñarnos los defectos de nuestras obras con hondura, inteligencia y delicadeza. Pero lo cierto es que luego no soportamos que nos señalen nuestros defectos, por mucha hondura, inteligencia y delicadeza que le pongan. Y supongo que a todos los artistas les ocurre igual.

Hace un par de meses se hizo público un fascinante estudio hecho por el departamento de psiquiatría de la Universidad de Semmelweis, en Hungría. Tomaron a 328 individuos sanos y sin antecedentes de dolencias neuropsiquiátricas y los sometieron a un test de creatividad; y al mismo tiempo comprobaron si los sujetos poseían una determinada mutación en un gen del cerebro llamado neuregulin 1. Se calcula que el 50% de los europeos sanos tiene una copia de este gen alterado, un 15% tiene dos copias y el 35% restante no posee ninguna. Pues bien, resulta que este gen con nombre de chiste parece tener una relación directa con la creatividad: los más creativos fueron los que tenían dos copias, y los menos aquellos que no tenían ninguna. Y lo más asombroso es que esta mutación también conlleva un aumento del riesgo a desarrollar trastornos psíquicos, así como una peor memoria y… ¡una terrible hipersensibilidad a las críticas! No me digan que no es un atinado retrato robot del artista. Maldito y bendito neuregulin 1, fulgurante y fastidioso gen mutante.

"Lo que me mosquea, justamente, es esa especie de unanimidad en la censura"

Así que a lo peor estamos todos neuregulinizados hasta las cejas, y por eso no aguantamos ni una ligera crítica sin desmoronarnos. Pero además es que los críticos en sí tienen bemoles. Si se mira bien, es una profesión imposible, porque no existe un baremo objetivo con el que juzgar las obras creativas. La historia nos demuestra que artistas que hoy son considerados geniales fueron apaleados por los expertos en su día, y viceversa. Los buenos críticos, que sin duda existen (salvo que se metan con nosotros: entonces empiezan a parecernos menos buenos), conocen la cualidad delicuescente de su trabajo. Pero los malos dictaminan y trompetean tan seguros de lo que dicen como Moisés al bajar de la montaña con las Tablas de la Ley entre las manos. Disfrutan y abusan, en fin, de su pequeñísimo poder. A veces pienso que algunos críticos odian en realidad la materia que critican, y que escriben sus reseñas para vengarse de toda una vida profesional equivocada.

Reflexionaba en todo esto viendo el otro día 'Ágora', la hermosísima película de Amenábar que la crítica ha puesto por los suelos. Ni siquiera conozco a Amenábar, de modo que no me duelo como amiga, sino como simple espectadora. Me inquieta haber leído que es un film frío y sin emociones, una tabarra llena de insulsa astronomía, cuando a mí me pareció un trabajo estremecedoramente intenso capaz de conmocionar el cerebro y el corazón, una película de las que te remueven en el asiento y te ponen un nudo en la garganta. En cuanto a la astronomía, no entiendo cómo no entienden la grandeza de la mirada de Amenábar; el agudo desconsuelo ante esta Humanidad fanática y violenta, ante este patalear de cucarachas incapaces de levantar la cabeza y atisbar la enormidad del mundo, que fue lo que hizo Hipatía (por cierto: en español siempre se ha dicho Hipatía, con acento en la i). Como en esa formidable escena con el planeta Tierra flotando imperturbable y sereno en mitad del cosmos, mientras se escuchan los alaridos de los niños y mujeres degollados en una de las escabechinas que narra la película. La música de las esferas ensordecida por el dolor de la vida.

Ágora, en resumen, me ha gustado muchísimo, aunque comprendo que a algún crítico le pueda parecer una castaña, porque ya hemos dicho que no hay normas objetivas a la hora de juzgar una obra de arte. Lo que me mosquea, justamente, es esa especie de unanimidad en la censura. Se diría que muchos críticos se limitan a seguir lo que otros opinan; que se dejan llevar blanda y tontamente por el fluir de las aguas, por los prejuicios y los intereses, por las convenciones y los tópicos, por los banales dictados de la moda; y así, hay artistas a los que nunca pondrán mal, hagan lo que hagan, y artistas a los que nunca pondrán bien. Y todo esto, en fin, irrita muchísimo, incluso sin contar con el neuregulin.

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