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Análisis:59º BERLINALE

Pfeiffer salva sólo a medias a Frears

'Chéri' une a actriz y director veinte años después de 'Las amistades peligrosas'

Hace veinte años al cine le ocurrió algo memorable titulado Las amistades peligrosas. Stephen Frears, ayudado por el espléndido guión de Christopher Hampton y por tres intérpretes en estado de gracia llamados John Malkovich, Michelle Pfeiffer y Glenn Close creaba un brillante universo de seducción, perversos juegos de máscaras, mentiras calculadas con efectos devastadores, cinismo sofisticado que acaba devorando a los cazadores y a sus presas.

Frears, Hampton y Pfeiffer vuelven a reunirse en una película de época que adapta la novela de Colette Chéri. Frears sigue hablando de una clase ociosa y de cómo entretienen su tiempo con intrigas, del arte de la lujuria y de las imprevistas y trágicas consecuencias que le pueden ocurrir a los corazones cuando se juega demasiado con ellos. Con la diferencia respecto a los personajes de Las amistades peligrosas de que aquéllos eran aristócratas corrompidos y voraces y aquí son superputas de finales del siglo XIX que se han hecho ricas sabiendo administrar los regalos de sus amantes de la nobleza, la realeza, la empresa y la banca.

Bouchareb habla en 'London river' de la inaplazable tolerancia

Frears describe el proceso destructivo y romántico en el que se ve pillada una de estas reinas del sexo mercenario, cuarentona, sabia y descreída, al enrollarse con un lánguido, opiómano y enigmático gigoló de 19 años que es el hijo de una compañera de profesión. Habla de las convulsiones y la vulnerabilidad que puede provocar el amor en gente que se sentía acorazada ante sentimiento tan peligroso, de los estragos morales que pueden acompañar al indeseado envejecimiento físico, del miedo a que ocurra lo inevitable cuando en la aparentemente frívola relación uno se acerca al crepúsculo mientras que el otro permanecerá durante muchos años insultantemente joven y deseable, de las trampas para intentar eludir el fracaso y el abandono.

Se nota que el guionista y el director se han esmerado por hacer algo penetrante sobre el esplendor, los vaivenes y la fragilidad del sentimiento amoroso, para que diálogos, personajes y situaciones sean complejos, para transmitir al espectador la tensión, la malicia y el subterráneo lirismo de esta peligrosa relación entre la mujer que sabía demasiado y el mequetrefe dionisiaco y turbador. Pero aunque reconozca las pretensiones, la mordacidad y el talento de sus creadores en mi caso no lo consiguen.

Me ocurre que casi toda la tipología que presentan me caen fatal, que el narcisismo, las dudas, las huidas, la desesperación y la añoranza del niñato hipermimado me dan una ligera grima, que la forma en que retratan la banalidad de ese mundo me crean tanto rechazo como fatiga. Algo que desaparece en todos los momentos en los que está presente Michelle Pfeiffer, esa maravilla de hembra y de actriz. En sus secuencias me lo creo todo, la comprendo y la compadezco, me resulta transparente lo que aparenta y lo que siente. Michelle Pfeiffer será sexy y fascinante hasta el final de sus días, cantando tumbada en un piano o vestida de monja de clausura. Ver cómo miran, sonríen, se mueven, sufren, besan, hablan y escuchan señoras como Michelle Pfeiffer y Robin Wright Penn es uno de los mayores placeres que me sigue regalando el cine.

En London river, dirigida por Rachid Bouchareb, no hay erotismo ni ensoñación, pero sí una sensible y emotiva historia sobre la comunicación y la solidaridad que pueden llegar a establecer dos personas de culturas dispares o enfrentadas que buscan a sus desaparecidos hijos chorreando angustia. Ocurre días más tarde del atentado terrorista en Londres en julio del 2005. Ella es una inglesa tradicional y él un africano musulmán. Bouchareb habla de la inaplazable tolerancia con lenguaje del mejor cine independiente. Te implica en la compartida e íntima odisea de estos dos náufragos que no renuncian a la esperanza de que el destino o el diablo no se hayan ensañado con lo que más aman.

Chen Kaige, un director chino que tuvo un esplendor fugaz con Adiós a mi concubina, y que no ha vuelto a levantar cabeza, prosigue con su narrativa espesa y casi nada interesante que contar en Forever enthralled. Describe el duelo entre dos divos de la ópera de Pekín que representan el conservadurismo y la transgresión. De ópera china no sé nada pero deduzco que Chen Kaige la utiliza como parábola sobre el estado de las cosas en su país. Los duelos me apasionan, pero éste me resulta demasiado esotérico, ni lo comprendo ni me dan ganas de apostar por ninguno de los contendientes. Y además se hace interminable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de febrero de 2009