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Análisis:

Israel legitima a Hamás

El alto el fuego entre Israel y Hamás que entra en vigor hoy ha suscitado unanimidad. "No nos hacemos ilusiones. La tregua es temporal y probablemente muy breve". Las frases, pronunciadas ayer por el primer ministro israelí, Ehud Olmert, son calco de las vertidas por dirigentes islamistas palestinos. Ya airean los bandos sus discrepancias sobre el pacto secreto. Porque, como resume un diplomático occidental sus encuentros con israelíes y palestinos, "son vendedores de alfombras; sacan sus cartas según progresa la negociación, y a menudo juegan a espaldas de los mediadores; después se entienden entre ellos y dejan a los extranjeros con el culo al aire". No obstante, los mediadores egipcios han precisado que Israel no volverá a controlar con sus cámaras el único cruce fronterizo que conecta Gaza con el mundo árabe, y añadido que la eventual apertura de Rafah no dependerá de la liberación del soldado cautivo Gilad Shalit. Sin excarcelación de cientos de prisioneros palestinos, el joven militar judío difícilmente abandonará el calabozo.

Ya veremos. El pacto ha sido prendido con alfileres. Pero nadie dudaba ayer de que Hamás se ha apuntado otra victoria. Seguramente efímera en el campo militar. Y mucho más relevante en el ámbito político y diplomático. El movimiento fundamentalista gana legitimidad internacional; el presidente Mahmud Abbas ha anunciado una inminente visita a Gaza después de un año de ausencia, y para ello ha tenido que renunciar a su exigencia de que Hamás le devuelva la autoridad en Gaza. Además, el acuerdo de tregua otorga al movimiento fundamentalista poder para extender el alto el fuego al feudo de Abbas: Cisjordania.

Aunque saben sus dirigentes que seguirán padeciendo una presión tremenda -Jordania y Egipto temen el efecto contagio de los pequeños éxitos del movimiento islamista-, Hamás no da puntada sin hilo. "Perdemos muchas batallas, pero no las que comenzamos nosotros", afirmaba a este diario uno de sus dirigentes. "La tregua es una victoria para el islam extremista", coincidía Haim Ramon, viceprimer ministro israelí. Un triunfo político al que ha contribuido en buena medida el Gobierno de Olmert. Tras el acuerdo, el Ejecutivo israelí deja patente que hay que tener en cuenta a Hamás, y que las negociaciones de paz se auguran inviables si se machaca a los fundamentalistas. Israel ha legitimado a su adversario. Tampoco es nada nuevo. Dos décadas atrás, cuando el enemigo jurado era Yasir Arafat, Israel financió a Hamás y el legendario Isaac Rabin estrechaba la mano a Mahmud Zahar, hoy uno de los jefes islamistas más radicales.

Es también el alto el fuego una derrota para Abbas. El desconcierto reinaba en la OLP. Embarcada desde noviembre en las negociaciones, "el socio de Israel", el dirigente al que Olmert recibe con besos en sus frecuentes reuniones, observa cómo las operaciones militares, las redadas, las demoliciones de casas y la expansión de las colonias en Cisjordania se multiplican. Comentaba ayer uno de los negociadores de la OLP: "El mensaje que nos envían es claro. Lo que resulta útil es lanzar cohetes".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de junio de 2008