Análisis:

Las llamas de la memoria

De cuando en cuando el fuego se convierte en protagonista de la música, pero la fatalidad de los incendios suele cebarse en los teatros de ópera y raras veces en los auditorios. Las llamas de la memoria reciente conducen de inmediato al gran teatro del Liceo de Barcelona o a La Fenice de Venecia. Pero que se apoderen del edificio construido por Hans Scharoun e inaugurado en 1963 con la Novena, de Beethoven, dirigida por Karajan, es para no dar crédito. Es la sala de la Filarmónica de Berlín, la que sustituía a la derrumbada por los bombardeos en 1944, la que acogía a una orquesta que es mucho más que una orquesta, que es desde hace mucho un símbolo de la cultura europea. No es posible que arda, porque con ella arde Berlín y arde la Europa del progreso.

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La Filarmónica de Berlín nació de un acto de rebeldía en 1882 cuando 54 músicos abandonaron la orquesta privada del siberiano Benjamín Bilse, con la que se ganaban la vida entreteniendo al público ocioso a la hora del café y la cerveza. No estaban de acuerdo con los métodos autoritarios de su director y querían llegar a lo más alto en calidad artística. Así que empezaron a dar conciertos en una pista de patinaje y ficharon como máximo responsable a Hans von Búlow, al que admiraban como director de la orquesta de corte de Meiningen. La ambición de los músicos les salvó. Llegaron a ser la mejor orquesta del mundo, entre otras razones porque supieron elegir en cada momento al director que más les convenía. De 1887 a 1894, el citado Hans von Bülow; de 1895 a 1922, Arthur Nikisch; de 1922 a 1954, Wilhelm Furtwängler; de 1955 a 1989, Herbert von Karajan; de 1989 a 2002, Claudio Abbado y ahora a Simon Rattle.

La sala de la Filarmónica de Berlín está situada además en el corazón cultural del antiguo Berlín Occidental, al lado de importantes museos. No han pasado tantos años desde que en Berlín había que multiplicar por dos todos los centros culturales. Ahora, en el Berlín unificado, la Filarmónica es un icono sin discusión, la embajadora cultural por excelencia de Alemania. El incendio es un accidente pero la Filarmónica resplandecerá de nuevo. Para un pueblo, como el alemán, que ha sabido levantar admirablemente piedra a piedra una ciudad destruida como Dresde, la recuperación de la Filarmónica es una cuestión de tiempo. Pero duele hasta las entrañas que estas cosas pasen. La Novena de Beethoven tiene urgentemente que sonar en toda su amplitud de significados para recobrar la esperanza en un futuro sin sobresaltos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0020, 20 de mayo de 2008.