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58ª edición de la Berlinale

Estética y fría 'Pozos de ambición'

P. T. Anderson presenta su visión de los inicios de la industria petrolera

Desde hace algo más de una década Paul Thomas Anderson es uno de los escasos directores del cine estadounidense a los que Hollywood financia con grandes presupuestos permitiéndole ejercer la autoría, desarrollar su arriesgado estilo, ir de rarito con inquietudes, firmar un cine con inconfundible sello personal. A cambio, los estudios que apuestan por él pueden tirarse el rollo con el prestigio crítico del que disfruta este hombre, saber que sus muy personales películas casi siempre van a estar nominadas al Oscar, los Globos de Oro y demás galardones tan ansiados como legitimadores, presumir de que en su cuadra convencional también hay sitio para un caballo indómito e imprevisible.

Este creador dotado para bucear en la infelicidad brilló en 'Magnolia'

Aquí logra una película distinta, más sugerente que explícita

Sólo me despierta curiosidad y morbo insano; la emoción está ausente

El protagonista repite su desaforado personaje de 'Gangs of New York'

Las apuestas de este creador tan dotado para retratar la tragedia y la crueldad, para bucear en la infelicidad, la angustia y la desesperación de una representativas galería de compatriotas, para meter el bisturí en una sociedad seriamente enferma, ha logrado resultados brillantes en las perturbadoras Boogie nights y Magnolia. También se ha metido algún patinazo notable, como en el caso de la pretenciosa, irritante y absurda Embriagado de amor.

Con estos antecedentes estaba claro que Pozos de ambición, la última y demorada película de alguien muy selectivo y que no se prodiga en sus proyectos, que se lo piensa mucho antes de contar una historia, iba a ser un producto atípico y poderoso, aunque el argumento desarrollara algo tan arraigado en la cultura americana como la descripción del hombre hecho a sí mismo que consigue hacer fortuna en la tierra de las posibilidades. En este caso, el de un pionero que logra extraer petróleo en escenarios que se consideraban secos.

Y efectivamente Anderson ha logrado una película distinta, oprimente, desmitificadora, sin convencionalismos ni tópicos, más sugerente que explícita, con una violencia física, mental, transparente y subterránea que llega a provocar miedo, con un tono alegórico y simbolista que permite establecer paralelismos entre lo que encarnan ese personaje obsesionado con la riqueza y sin escrúpulos para obtenerla o un farisaico líder religioso que sabe que Dios y los negocios pueden ir fraternalmente unidos, con la ideología, comportamientos y metodología de los que controlan actualmente el poder en Estados Unidos.

Admitiendo que el creador ha hecho una disección implacable y potente de un triunfador corroído por el odio y la desconfianza hacia su prójimo, de alguien torturado, acorazado sentimentalmente y que es capaz de machacar a su único amor en nombre de la ambición depredadora, confieso que el brutal microcosmos que describe no logra contagiarme emoción en ningún momento, que ese despliegue de sentimientos volcánicos y de brutales enfrentamientos paternofiliales me dejan frío casi todo el tiempo, y cuando ese infierno interior que está latiendo desde el prólogo acaba estallando, me parece tan grandilocuente como excesivo. Concretamente el agresivo desenlace lo encuentro de guiñol.

Paul Thomas Anderson tiene un estilo narrativo tan hipnótico y un sentido de la atmósfera tan asfixiante que logra el milagro de que no me desinterese de lo que está ocurriendo en la pantalla durante el arriesgado metraje de 160 minutos, pero sólo me despierta curiosidad y morbo insano, ya que la capacidad de emocionar está ausente.

Es más que probable que a Daniel Day-Lewis le caiga el Oscar por una interpretación en la que su histrionismo se pasa siete pueblos, en la que tengo la fastidiosa sensación de que está repitiendo su desaforado personaje de El Carnicero en Gangs of New York. Allí me convencía y me aterraba, aquí me suena a innecesario, a ya visto y oído, a sobreactuación. Cosas mías, que debo de ser muy raro, ya que la mayoría del personal que ha asistido en la Berlinale a Pozos de ambición se muestra deslumbrado por el trabajo de Daniel Day-Lewis y también fascinado por la estética y los mensajes de su pretencioso autor. Cuanto más pienso en esta película pretendidamente turbadora, más antipática me cae.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de febrero de 2008