Entrevista:Bernat Soria | ENTREVISTA

"Hay liderazgos esterilizantes. Yo sé jugar en equipo"

De médico rural a las investigaciones punteras en diabetes. Y del laboratorio al despacho de ministro. Cierra el círculo. Un observador de primera sobre la ciencia y la sanidad.

Antes que él han pasado por el despacho del Ministerio de Sa¬¬ni¬¬dad nueve ministros: cuatro eco¬¬nomistas, tres abogados y el caso inclasificable de Celia Villalobos. Hasta que llegó Ana Pastor no se sentó en este sillón ningún médico. Bernat Soria no sólo es médico, sino que ha ejercido la medicina desde todos los ángulos posibles. Ha sido médico rural, investigador clínico y de laboratorio, docente -fue el decano de Medicina más joven- y gestor de grandes proyectos de investigación. Ha estado con los pacientes y en el laboratorio, en el sillón de director y en el que está junto a la probeta. Con su llegada al ministerio ha cerrado el círculo. Es consciente de que con su nombramiento, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero ha querido lanzar un mensaje: España apuesta fuerte por la investigación. Pero la política se mueve por unos derroteros muy distintos de la ciencia, y Bernat Soria ha comenzado a acusar la diferencia. Estaba acostumbrado a que cuando habla un científico, su opinión es respetada y, si alguien le refuta, tiene que aportar sólidas pruebas. En política, ese respeto no existe, los hechos son menos importantes que las versiones, y de pruebas, mejor no hablar. Hay también mucho teatro, y por eso se quedó de piedra cuando, después de su primera y cordialísima reunión con los sindicatos, nada más terminar, algunos de los asistentes lanzaron agrias descalificaciones contra el ministro.

Pero Bernat Soria no pierde su sonrisa. Tampoco durante la entrevista, que comenzamos en su despacho y terminamos en una comida en el último piso del ministerio, con vistas sobre los tejados de Madrid. Es sin duda un gran comunicador y derrocha afabilidad, incluso cuando la conversación entra en cuestiones claramente incómodas.

De científico perseguido por el PP por sus investigaciones a ministro estrella del Gobierno socialista. ¿Cómo lleva el traje oscuro? Je, je, el traje estaba lleno de moho. Yo siempre he llevado trajes claros, y cuando decidí aceptar la cartera, mi mujer me dijo: "Tendrás que llevar traje oscuro". Pero cuando fuimos a ver qué teníamos en el armario, sólo había dos, y uno estaba aún con la funda de la tintorería y debió de quedar algo de humedad, así que cuando lo abrimos, estaba lleno de moho. Pero, bueno, eso ya está resuelto. Respecto a lo otro, yo nunca me he sentido perseguido, pero es cierto que tuve dificultades. Tenía un proyecto muy importante entre manos y aquello podía desbaratarlo, y en parte así ocurrió. Sentí mucho perder una ayuda de 600.000 dólares de la Juvenile Diabetes Research Foundation, porque es muy difícil que una organización tan importante conceda fondos para investigar fuera de EE UU.

Para su investigación, usted tenía que usar embriones, y eso no le gustaba nada a Ana Botella. ¿Es así? Las directrices venían de este despacho, de la ministra de Sanidad Celia Villalobos, y tampoco directamente, sino a través de su equipo. Contactaron con todos los que ocupaban algún cargo en mi universidad para decirles que lo que yo hacía era una infracción grave. Y parece ser que sí, que las ideas salían directamente de doña Ana Botella, con la que nunca he tenido ocasión de hablar sobre estos temas, y de ámbitos muy ligados al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo Rey. Son sectores de la derecha que pretenden convertir una ideología religiosa muy restrictiva en un sistema para gobernar a los demás. Es cierto que no la comparte todo el PP y, de hecho, en todos estos años no he encontrado a nadie que defendiera esa posición, pero en aquel momento se trasladó a la acción de Gobierno, y eso me creó dificultades.

Pero usted no se arrugó. Es que no me he arrugado nunca. ¿Por qué me tenía que arrugar? ¿Cuál era el peligro? El único peligro real es que ocurriera lo que en parte ocurrió: que un proyecto que estaba en su momento álgido, en el momento en el que podía dar sus mejores frutos, se retrasara, se troceara, como así ocurrió, porque tuve que trasladar una parte a Singapur en condiciones muy buenas desde el punto de vista de financiación y regulación, pero malas desde el punto de vista personal. En eso sí que hay que reconocer que consiguieron su objetivo.

Usted tenía una intensa carrera como investigador. ¿Por qué se ha dejado tentar por la política? Yo creo que nunca estamos fuera de la política, en el sentido en que se entendía en la polis griega. Yo he participado siempre, ya fuera como delegado de curso, como delegado de los PNN o desde el decanato de Medicina. Pero siempre he procurado que esos cargos durasen poco, porque me separaban de algo que me gusta mucho más, que es el laboratorio y la investigación.

Empezó como médico rural. ¿Ya sabía entonces qué quería investigar? Sí, sí. Fui médico de Cullera básicamente porque a mis padres les preocupaba que quisiera dedicarme a la investigación… Bueno, luego se ha demostrado que se puede vivir de ella, pero entonces no estaba tan claro. Saqué las oposiciones, pero en cuanto pude pedí una excedencia para ir a investigar a uno de los institutos Max Planck de Alemania. Y la verdad es que aquellas oposiciones me sirvieron también en los años del posgrado en Alemania, que fueron muy duros. Cuando por la noche volvía a casa a altas horas, con aquel frío caminando sobre la nieve virgen, y pensaba: "Hace horas que nadie pasa por esta calle", era un consuelo poder decir: "Bueno, si las cosas no salen bien, siempre puedo volver a Cullera".

Supongo que ahora que es ministro verá con cierta simpatía a esos esforzados becarios e investigadores que están en el laboratorio… Más que con simpatía.

… En condiciones precarias y sin un Cullera al que regresar. La precariedad es cada vez menor. En los últimos años se ha hecho un importante esfuerzo en mejorar las condiciones de trabajo, pero donde de alguna forma está fallando el sistema es en el proceso de retorno. Hemos diseñado una formación predoctoral y posdoctoral que incluye salir al extranjero por un periodo de tres, cuatro años, pero en un momento determinado hay que volver, y ahí es donde no acabamos de acertar con diferentes ofertas para reincorporar ese capital humano que puede volver y que en muchos casos desea hacerlo.

¿Eso significa que no somos suficientemente atractivos? Que las ofertas que hacemos no son atractivas, eso es cierto. El salario es importante, pero un investigador se mueve, sobre todo, por las condiciones de trabajo, por los recursos de los que va a disponer. Y en este aspecto estamos mejorando mucho. En nuestros laboratorios hay ya muchos extranjeros; en el grupo que yo he dejado, espero que transitoriamente, en Sevilla, un 30%, lo cual significa que consideran que éste es un sitio al que pueden venir a formarse, y algunos, espero, a desarrollar su profesión.

Usted ha planteado un objetivo muy ambicioso: que si España es la octava potencia económica mundial, también ocupe el octavo lugar en investigación médica. ¿Qué se necesita para conseguirlo? Tiempo. Trabajo y tiempo.

Y dinero, supongo. Pero el dinero llega, el dinero no me preocupa tanto.

Ah, ¿no? No, no. Dinero en España hay mucho. No estoy diciendo que haya suficiente para la investigación. Pero hay dinero. Y voy a decir algo que puede resultar difícil de entender, pero es así: cuando hay un equipo sólido, su verdadero límite no es el dinero. Globalmente, el problema más importante es el capital humano, y en eso estamos bien, aunque podemos estar mejor. Es decir, que en calidad estamos por lo menos al nivel de otros países punteros, pero en cantidad no. Y hay cosas que tienen que ver con la masa crítica. Cuando un buen científico decide cambiar de ciudad, lo que busca no es ser cabeza de ratón, porque eso significaría que se quiere jubilar; lo que busca es que en su entorno haya otros diez centros de investigación y una dinámica de seminarios, viajes, conferencias y contactos con los que poder interactuar. Desde el sector público se ha hecho un gran esfuerzo y se puede hacer aún más, pero lo que yo detecto, y me preocupa, es que el sector privado no se está implicando lo suficiente.

¿Y por qué cree que es así? Aún no lo sé. Estoy reflexionando y creo que hay lagunas que tienen que ver con el liderazgo. Antes de estudiar la carrera de médico, yo hice otros oficios: aprendí a ser labrador, apicultor, y, a veces, ver las cosas desde otras ópticas te ayuda. Mire, pondré otro ejemplo que creo que puede ser ilustrativo. Yo de pequeño jugaba mucho al fútbol, y nunca he sido muy bueno jugando al fútbol, pero sabía jugar en equipo y metía goles a pesar de que no era un buen jugador. Creo que eso es lo que he ido haciendo toda mi vida: jugar en equipo, y creo que sigo jugando muy bien en equipo. Pienso que es un elemento muy importante, porque hay liderazgos que son esterilizantes.

¿Quiere decir que aquí hay mucho individualismo? Bueno, el individualismo también puede ser un valor, pero sirve para unas cosas y para otras no. Lo importante es saber detectar el hueco. Volviendo al ejemplo de antes: ¿cómo jugaba yo al fútbol? Pues básicamente yo marcaba goles porque veía la jugada un poco antes, sabía dónde se iba a producir el hueco, me ponía allí y, cuando recibía la pelota, estaba preparado para chutar a gol.

Estoy viendo que eso es lo que ha hecho toda su vida. Claro, buscar el hueco. ¿Cómo, si no, se va un médico de cabecera de Cullera a trabajar al Max Planck de Alemania? Porque va buscando la oportunidad, y en ese caso la oportunidad era trabajar con dos jóvenes investigadores entonces muy prometedores, tanto que luego les dieron el Premio Nobel. Pero no se trata de detectar el hueco, sino de dónde se va a producir un hueco.

¿Y cuándo detectó que se iba a producir un hueco en la política sanitaria del presidente Rodríguez Zapatero? Bueno, eso no lo detecté nunca. [Risas]

No le creo. No, no, la verdad es que el hueco lo detectó Zapatero. Yo nunca pensé que iba a ser ministro, y aún no me lo acabo de creer. Pero tendré que aceptarlo, porque ya llevo unos cuantos días firmando papeles…

¿Qué pensó cuando se lo propusieron? Pues varias cosas. Con el presidente hablábamos con cierta frecuencia, la suficiente como para que al menos él me conociera a mí. Una de las cosas que pensé es: 'Puedo decir que sí o que no, pero si digo que no, ya nunca más podré protestar'. Porque básicamente, cuando uno habla con alguien que ocupa una Presidencia, habla para protestar, para decir cómo cree que deberían ser las cosas.

No dudo de su sentido de la responsabilidad, pero me cuesta creer que ésa fuera la única razón para aceptar. No, no, la razón es que una propuesta así es una oportunidad única en tu vida, que se le da a muy poca gente y que posiblemente nunca me habría perdonado a mí mismo no haberla aprovechado para hacer algo. Aunque cuando pregunté por el manual de instrucciones, me explicaron que no hay manual de instrucciones para ser ministro. Lo único que me dijo el presidente fue: "Lo vas a hacer muy bien". Pero como siempre juego en equipo, creo que en un tiempo récord, en menos de una semana, ya tenía un equipo que es, no voy a decir el mejor para no ofender a ningún otro ministro, pero de los mejores que se pueden tener.

¿Un equipo para ocho meses o para otra legislatura? Bueno, el compromiso es por ocho meses, porque es muy difícil prever qué puede ocurrir en política. Aunque yo confío mucho en nuestro presidente y sé que él tiene una dimensión temporal de la jugada mucho más… Posiblemente él ve huecos que yo no soy capaz de ver.

¿Cree que podrá comunicar el Gobierno sus resultados, o el ruido lo tapará todo? No lo sé. No quiero transmitir una imagen de falso optimismo. Yo soy optimista y el mundo lo construyen optimistas, pero no quiero llevar mi optimismo tan lejos como para decir "vamos a ganar, vamos a barrer". Creo que hay ruido, y que el ruido está ocultando un mensaje importante sobre cómo está cambiando esta sociedad. Por ejemplo, en investigación, en esta legislatura se ha duplicado la inversión pública. Nuestro ritmo de crecimiento económico anual ha sido el doble de la media europea, hemos aumentado los fondos de reserva de la Seguridad Social de unos 13.000 o 14.000 millones de euros a más de 40.000; la deuda externa ha disminuido también seis o siete puntos, y en cifras relativas es la más baja de Europa. Y frente a todo eso, ¿cuál es la alternativa?

Más mercado, menos regulación, recuperar competencias de los estatutos de autonomía, privatizar los aeropuertos y la gestión de los hospitales… Dejar de magnificar el cambio climático… Alternativa no se puede decir que no haya. Hay una forma de entender el mundo que es consumirlo todo rápidamente, quemarlo y ya está. Es una actitud propia de depredadores. Es una forma de entender la economía, las relaciones internacionales, las políticas sociales que está abandonando todo el mundo y que ya está siendo muy cuestionada incluso en EE UU. La pregunta que yo me hago y que el PP no quiere contestar es: ¿cómo será el mundo que les dejaré a mis hijos? Este mensaje, que para mí es el más importante, no está en la calle, y eso me preocupa.

Esa política depredadora de la que habla, ¿puede poner en peligro el sistema sanitario público? Yo creo que lo que corre peligro es el modelo. Me ex¬¬pli¬¬co: esa idea de que las leyes del mercado lo resuelven todo es falsa, lo sabe todo el mundo, y quienes hacen la propuesta lo saben también. Porque, aplicada al sistema nacional de salud, ya se sabe a qué conduce: a un sistema dual, una sanidad para pobres y otra para ricos, de manera que, al final, los pobres, los inmigrantes, las clases más desfavorecidas, acaban utilizando un sistema público que cada vez se parece más a una beneficencia, y quienes tienen dinero para pagarse seguros complementarios tienen acceso a todo. Podemos disfrazarlo diciendo que sigue habiendo un sistema público, pero sería un sistema con un gran parásito, el sector privado. Con el actual modelo, sabemos que cualquier ciudadano español tiene un seguro de salud a todo riesgo que paga el Estado, y además sabemos lo que cuesta. No hay ningún sistema sanitario privado capaz de ofrecer tanto por ese dinero. Y más del 70% de los ciudadanos dice que funciona bien. Díga¬¬me otras instituciones del Estado que tengan ese nivel de aceptación.

Lo cual no quiere decir que no tenga problemas. Claro; si no, no existirían los ministros de Sanidad.

Pues vamos a ellos, ministro. ¿Sabe que hay mucho malestar entre los médicos porque tienen la impresión de que han perdido el control de su profesión y porque además se consideran mal mandados? Lo sé, lo sé. Eso es lo que me transmiten, y yo no tengo por qué dudar de ello. En un discurso ante 4.000 médicos en el congreso organizado por SEMERGEN [Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria] comenté que sabía que muchos tenían la percepción de no estar bien gestionados.

¿Y eso tiene remedio? Lo primero es aceptar que el problema existe. Porque una cosa que llama la atención en medicina es que el paciente llega dolorido y preocupado, pero si se le explora bien, se habla con él y se hace un buen análisis de su caso, cuando sale por la puerta, la mitad del mal ya se le ha ido por la sensación de estar en buenas manos. Reconocer el problema es la primera parte de la solución, de modo que mi mensaje es: el problema existe y vamos a analizarlo. La segunda parte de la solución aún no la sé.

Daniel Callahan, promotor del The Hustings Center, plantea que con el encarecimiento de las tecnologías médicas y el aumento de la esperanza de vida, no va a ser posible seguir dando todo a todos gratis. ¿Cree que habrá que establecer límites? El problema es que las expectativas de salud son ilimitadas y los recursos no. Esa ecuación no tiene solución: con recursos limitados no puedes atender unas expectativas que pueden ser infinitas. Pero en nuestro caso podemos estar orgullosos, porque tenemos una cartera de servicios que algunos dicen que es la mejor del mundo, aunque pueda ser mejorable. Después, no hay que olvidar que las tecnologías sanitarias son muy caras, pero también son un factor de creación de riqueza. En España estamos gastando unos 50.000 millones de euros al año en salud. Si por cada 100 euros que se invierten en salud se recuperan 40 en riqueza, eso significa que lo que gastamos en sanidad genera ingresos adicionales de 20.000 millones.

Pero la necesidad de priorizar plantea el problema de cómo se han de tomar las decisiones, porque gastar un dinero en una prestación significa dejar de gastarlo en otra. Los gestores sanitarios se enfrentan con este problema todos los días con un instrumento que se llama "coste-efectividad". Se trata de evaluar si invertir un millón de euros en una prestación va a producir más salud que invertirla en otra. Este tipo de decisiones se están tomando continuamente, y con ello estamos haciendo varias cosas: estamos garantizando calidad de vida a la gente, pero también creando riqueza. Y estamos atendiendo además otras necesidades, porque si sólo tuviéramos en cuenta el coste-efectividad, no invertiríamos en enfermedades raras, por ejemplo. En las decisiones, también hay elementos que tienen que ver más con la sensibilidad social.

Y a veces con ciertos estados de opinión, como cuando los países europeos deciden acumular Tamiflú cuando es más que dudoso que este fármaco contra la gripe convencional pudiera ser efectivo en caso de epidemia de gripe aviar. A veces las decisiones son muy complejas e intervienen, como he dicho, múltiples factores.

Le pondré otro ejemplo. Se acaba de aprobar que se vacune a todas las niñas contra el virus del papiloma para prevenir el cáncer de cuello de útero. No hay duda de que en los países pobres con altas tasas de infección, ésa sería una decisión muy acertada. Pero en España, la incidencia es muy baja; provoca unas 600 muertes anuales, que se podrían prevenir mejorando el actual sistema de cribado. Un grupo de expertos en salud pública estima que para cuando se empiecen a prevenir con la vacuna los primeros casos de cáncer, dentro de por lo menos 30 años, nos habremos gastado 4.000 millones de euros. Si sólo una parte de semejante cantidad se aplicara conjuntamente al cribado de cáncer de útero y de cáncer de mama, del que mueren 6.000 mujeres cada año, ¿no podríamos salvar más vidas y mucho antes? El caso es interesante y puede que en su día sea un ejemplo para estudiar en los cursos de economía de la salud. Pero para este ministro es un caso que ya se encontró resuelto cuando aterrizó en el cargo. Con eso no trato de rebajar la responsabilidad de ninguna de mis decisiones. Creo que uno tiene que repartir los éxitos entre los demás, y lo que haya de responsabilidad, atribuírsela toda. Ésa es una vacuna que tiene una eficacia del 100% en las cepas más frecuentes y una efectividad que iremos comprobando con el paso de los años, porque la única forma de saberlo es esperar veinte o treinta años. El precio es ahora muy alto, pero yo creo que va a bajar, porque tenemos que esperar que salgan más vacunas. Pero he de decir que en el momento en que se tomó la decisión, todas las sociedades científicas se habían posicionado a favor y algunas comunidades autónomas también. El clima que había era más bien el de ¿cuándo hará los deberes el ministerio para que podamos vacunar? Y en el momento en que se toma la decisión, no hay sobre la mesa ningún documento que la cuestione.

Pero ahora sí. ¿Es una decisión que se pueda revisar? Todas las decisiones se pueden revisar.

Prestigiosos especialistas en salud pública piden una moratoria en la aplicación de la vacuna, ¿qué opina? Creo que ésa es una cuestión técnica que ha de decidir cada comunidad, en el uso de sus competencias. Pero yo habría agradecido mucho que este debate se hubiera producido hace un año, ¿eh? Porque quienes piden esa moratoria son todos amigos míos y confío en ellos al 300%. Pero quiero decir que una cosa es estar jugando el partido, y otra, verlo desde la grada. Quien jugaba el partido, que en ese mo¬¬mento era yo, sólo tenía una decisión posible por tomar, y es la que tomé. Por otra parte, he de insistir en que el coste-efectividad no es el único criterio a tener en cuenta. Si lo hubiera sido a la hora de autorizar los primeros trasplantes, hoy no haríamos ninguno.

Ahora me está haciendo un poco de trampa, ministro, porque no es lo mismo un trasplante de hígado, del que de¬¬pen¬¬de la vida de la persona, que una vacuna preventiva. No, no. No es tal trampa. Porque ahora estamos muy seguros de los beneficios de los trasplantes, pero en el momento en que autorizamos los primeros no estaba tan claro. Lo que quiero decir es que el coste-efectividad es un argumento poderoso a la hora de tomar grandes decisiones, pero hay también otros a considerar.

¿No nos estamos obsesionando demasiado con la salud en la sociedad occidental? Buscar la salud no es un peligro, medicalizar la vida sí que lo es. Y eso está ocurriendo mucho más en EE UU que en Europa. Aquí aún aguantamos bastante bien. Este ministerio ha sido especialmente activo en políticas de salud destinadas a promover los hábitos saludables, que es la forma de proteger la salud a largo plazo. Pero es cierto, debemos reflexionar mucho sobre esto. Los científicos hemos de insistir, como hacen ahora quienes plantean un debate sobre la oportunidad de la vacuna del papiloma, en la importancia de continuar la reflexión, incluso cuando ya has tomado la decisión. Hay que estar reflexionando siempre.

¿Volverá a reflexionar sobre la oportunidad de ampliar la ley del tabaco y reeditar la del alcohol, que su antecesora tuvo que retirar? Porque ahí sí que hay muertes por evitar… Más de 100.000 al año. Le hablo como posible ministro de Sanidad en la próxima legislatura… Ah, pues muchas gracias. [Risas]. La relación del ta¬¬ba¬¬co y el cáncer es una de las más obvias que existen. Cuando se aprobó la ley, se llegó hasta donde en ese momento se podía llegar, y desde ese punto de vista es una buena ley. Pero para que tenga resultados, tiene que cumplirse. Y algunas autonomías no están colaborando. Hay cinco comunidades, cuatro gobernadas por el PP (Madrid, Valencia, La Rioja y Castilla y León) y una por el PSOE (Baleares), que buscan fórmulas distintas de aplicación de la ley. Con esas comunidades no vamos a hacer convenios, porque el dinero previsto en la ley es para proteger a los ciudadanos.

¿Y respecto al alcohol? La ley que proponía el Gobierno fue una ley mal leída, claramente, y posiblemente mal explicada. Lo que buscaba esa ley era proteger a los menores, porque sabemos que el alcohol produce daños cerebrales irreparables en los adolescentes. Habrá que volver a reflexionar sobre ello, pero a lo mejor no hay que volver con una ley. Un Gobierno tiene diferentes formas de promover salud, y ya se ha visto que en alguna tenemos éxito, por ejemplo, en la de las drogas: el consumo está bajando. En todo caso, el objetivo es siempre proteger a los menores.

Cosa que no es fácil, porque no tienen percepción del riesgo. Usted es padre de dos chicas adolescentes. ¿Cómo lo lleva? ¿Es una adolescencia florida? Sí, sí, está siendo florida, pero no podía ser de otra forma, porque son hijas de mi mujer y mías, y ambos hemos tenido también adolescencias floridas. Bárbara tiene 14 años, y Aitana va a cumplir ahora 17. Y son guapísimas, pero en eso sí que no tengo ningún mérito, los genes los puso la madre. Sé que están en una edad de riesgo, porque un adolescente es una persona en desarrollo que vive una tormenta hormonal, y las hormonas condicionan mucho el comportamiento de las neuronas. Son conductas que si las vieras en un adulto, te dejarían desconcertado, pero en un adolescente tienen su explicación. Y como suele ser pasajero, y dentro de casa… Vamos, a mí me sorprende lo bien que hablan de mis hijas los padres de sus amigas y amigos, lo bien que se comportan en otros sitios. Yo hago broma: ¿de verdad estáis hablando de mis hijas? Porque en casa… Pero también es cierto que muchas veces me sorprende su gran madurez. De todos modos, si piensas cómo eras tú a su edad, entonces empiezas a entenderlo un poco mejor.

Las hormonas son las mismas, pero todo lo demás ha cambiado mucho. Sí, claro; de entrada, las relaciones en la propia familia. Nosotros somos una familia que nos llevamos bien. No puedo ni imaginar lo que sería vivir un conflicto con tu pare¬¬ja con hijos adolescentes. Porque incluso si te llevas bien, si quieres mucho a tu pareja, no es fácil… Lo que más ha cambiado, creo yo, es que ahora los adolescentes tienen acceso a una enorme cantidad de información que nosotros no teníamos.

Y para la que a veces no están maduros emocionalmente, lo cual requiere más acompañamiento por parte de los padres, justo cuando los padres pueden menos. Muchos padres viven este conflicto, y muchos hacen la jugada esa de decir: "Bueno, yo les dedico poco tiempo, pero de gran calidad". Esto al final no es así, porque tú estas siempre dispuesto a dar una atención de calidad a tus hijos, pero ha de ser cuando ellos te la piden, y eso ocurre cuando ocurre, no es algo previsible. Tú has de estar ahí siempre, para cuando te necesiten.

¿Y usted cómo lo ha resuelto con una agenda tan hiperactiva? Es cierto que he trabajado siempre mucho, pero también he estado mucho con la familia. Los fines de semana siempre comemos juntos. Y cuando he tenido que viajar, he procurado incorporar a mi familia a mi agenda de viajes. Si iba a un congreso, venían conmigo, yo daba mi conferencia y luego nos reuníamos. Eso lo hemos hecho mu¬¬cho. Pero la clave es hablar, hablar mucho y contar cosas. No conceder a los niños la capacidad para entender problemas de adultos es un error. Lo están captando todo y, por tanto, es mejor hablar las cosas. No es bueno interrumpir las conversaciones que tienes con tu pareja cuando llegan los hijos, sino que se ha de continuar y que ellos lo oigan. Es así como van incorporando tu forma de pensar.

Bernat Soria
Bernat SoriaGloria Rodríguez

Un gran especialista en diabetes

Nació en Carlet (Valencia) en 1951, y aunque después de terminar la carrera de Medicina en 1974 se inició como médico rural, pronto se adentró en el mundo silencioso de las probetas.

Empezó su carrera como investigador en Alemania, en el Instituto Max Planck de Química Biofísica de Göttingen, donde realizó estudios de posdoctorado. Tras dos años más en el departamento de Biofísica de la Universidad East Anglia, en Norwich (Reino Unido), volvió a España. En 1997 fundó y pasó a dirigir el Instituto de Bioingeniería de la recién creada Universidad Miguel Hernández.

Su investigación se ha centrado en la diabetes. Encontró su gran oportunidad científica en el prometedor campo de las células madre. Su equipo logró en el año 2000 transformar células madre de ratón en células beta productoras de insulina, las que no funcionan en los diabéticos. En 2001 lo consiguió con células embrionarias humanas.

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