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Reportaje:

Los hijos perdidos de Trilla

La rusa Aurora Trilla tiene 76 años y vive en Moscú. Alain Lazard tiene 65, es francés y reside en California. Ambos tienen los mismos ojos claros, entre azules y grises. Son hermanos, pero no se han visto nunca. Su padre fue el luchador antifranquista Gabriel León Trilla, pero no llegaron a conocerle. Criados por sus respectivas madres, sus vidas han discurrido paralelas hasta que el pasado 24 de marzo se fundieron en un prolongado abrazo en la cafetería de un céntrico hotel de Madrid.

El esperado encuentro se produjo en silencio. Se miraron y no se dijeron nada. Sólo se abrazaron. La emoción dio paso a un júbilo compartido por el resto de los familiares de Gabriel que rodeaban a los hermanos. Alain, con un castellano de urgencia, invitó a Aurora a visitar su casa americana. Simulando gestualmente el vaivén de las olas le propuso hacer el viaje en barco. Sabía que su nueva hermana acababa de llegar de Moscú tras 60 horas de tren por su fobia a los aviones. La intensidad se fue relajando en las sonrisas cómplices de los parientes recién descubiertos.

Tres ramas familiares, una procedente de la España natal de Gabriel León Trilla, otra de la antigua URSS, y la tercera, de la Francia ocupada, reunidas para conocerse, convivir y recorrer juntos los escenarios añorados durante su exilio en Francia por el comunista y dirigente antifranquista asesinado en Madrid en 1945.

Michèle Lazard, hermana de madre de Alain, es la única persona del grupo que convivió con él, y 60 años después guarda intacta una de las frases con las que Gabriel León Trilla evocaba su país desde su exilio en Aix-en-Provence: "Una tormenta ha cruzado el cielo de Madrid, dejándolo vibrante". Michèle, de 77 años, es una pieza clave en la reconstrucción de la memoria de Trilla. También lo ha sido Jorge Semprún, que desempeña un papel protagonista en esta larga y accidentada historia.

En 1977, Semprún publicó Autobiografía de Federico Sánchez, un libro sobre la vida clandestina y la expulsión del PCE de este personaje. En él contaba el caso de Trilla y explicaba las circunstancias de su muerte, una información que llegó a oídos de Jeanne Lazard Cangioni, la militante comunista francesa que acogió al luchador antifranquista en su casa tras la Guerra Civil. Jeanne estaba separada de su marido, Lucien Lazard, y tenía una hija, Michèle, cuando mantuvo una relación sentimental con Gabriel León Trilla, fruto de la cual nació Alain.

"Desde que leyó el libro", explica Michèle, "lo único que quería mi madre era rehabilitar el honor de Gabriel. Escribió a Semprún y le dijo que tenía cartas y documentos que le podrían ayudar. Él le respondió de inmediato con una carta preciosa. Fue a mi casa en 1979 y desde entonces somos amigos".

La adolescencia de Michèle estuvo marcada por la presencia de Trilla. "De los 10 años a los 14, Gabriel fue quien me educó, me cuidó, me hizo reír, me enseñó a amar la literatura, las lenguas, el Museo del Prado, Goya, Velázquez, Cézanne? Era muy culto y divertido. Fue la persona que más me marcó con aquella edad y en aquellos tiempos de guerra", afirma Michèle. Su padre biológico, Lucien Lazard, miembro de la Resistencia francesa, había sido apresado por los nazis. Trilla, obsesionado con volver a España, cruzó en 1943 la frontera para luchar contra Franco. Su rastro se perdió. Dejó en Francia un hijo de apenas un año, Alain, al que Lucien, generosamente, dio su apellido, Lazard. Alain Lazard no supo hasta bien entrados los treinta años quién era su padre natural.

Hasta aquí, resumido, el capítulo francés de la agitada historia personal y política de Gabriel León Trilla. Hay al menos dos capítulos más que dan cuenta de las ramas familiares de España y Rusia. Todas presentes en la reunión de Madrid de finales de marzo. Un encuentro que fue posible gracias a la curiosidad de Julia Pareja, una ex concejal socialista y psicóloga de Salamanca; al ansia de conocimiento de un historiador del PCE, Carlos Fernández, y a la existencia de Internet.

Un día, Julia Pareja, de 62 años, decidió rastrear su árbol genealógico y en algún momento se preguntó: "¿Qué fue de mi tío abuelo Gabriel? Sólo sabíamos que era comunista y que lo mataron", explica en el hotel madrileño, donde todos intervienen con detalles y comentarios en castellano, francés, ruso e inglés. "Busqué su nombre en Google y me salieron centenares de documentos", explica; "en uno de los foros de la memoria, el historiador Carlos Fernández pedía información sobre Gabriel para su estudio y contacté con él. Era agosto de 2005".

El nombre de Gabriel León Trilla, nacido en Valladolid en 1899 y fallecido en Madrid en 1945, había empezado a surcar el ciberespacio. Alain Lazard también es aficionado a navegar por Internet. "El 25 de diciembre de 2005, el día de Navidad", relata Julia, "abro mi correo y veo un mensaje. Era de Alain. Emocionada, me dije: 'Hemos descubierto al hijo de Gabriel'. En uno de los mensajes que intercambiamos, Alain nos habla de la conexión con Jorge Semprún y nos dice: 'Por cierto, que mi hermana Michèle asegura que Gabriel tenía una hija en Rusia llamada Aurora, de la que hablaba en su exilio en Aix-en-Provence'. Estaba claro: el siguiente paso era buscar a Aurora".

Las piezas empiezan a encajar. La fotografía antigua de una guapa mujer que la madre de Julia había guardado pero que nadie sabía quién era recobra protagonismo. "Era mi madre", interrumpe entonces Aurora, la moscovita que entiende "sólo un poco de español", el que aprendió con el diccionario ruso-español que se dejó su padre en 1932 cuando fue expulsado de la URSS.

Al principio, nadie sabía que esa fotografía correspondía a la primera mujer de Trilla. Julia mandó la imagen de la joven desconocida a Carlos Fernández, y el historiador se dirigió con ella a la segunda mujer de Gabriel, Lydia Kúper, traductora de origen ruso residente en España y antigua militante comunista, quien descifró las letras en alfabeto cirílico escritas en su reverso: Anastasia.

Los hilos de la historia condujeron a la Unión Soviética. La joven de la foto era Anastasia Filippovna Barmashova, la esposa con la que Trilla tuvo dos hijas en Moscú. La primera Aurora murió a los seis meses. La segunda vio la luz en 1931, con el mismo nombre, y es la misma que acaba de conocer a su hermano francés.

El 5 de enero de 2006, Julia mandó correos electrónicos a la embajada y al consulado de España en Moscú preguntando por "la hija del español Gabriel León Trilla, de nombre Aurora". El lunes 9 de enero, el consulado de España en Moscú comunicaba a Julia que la habían localizado. "Hablé inmediatamente con Alain y decidimos que lo menos violento era que yo le escribiera una carta, sin decirle al principio que tenía un hermano. Así empezamos a cartearnos".

Aurora, nacida en 1931, habla ruso e intercala palabras sueltas en castellano. Sabía que su padre, Gabriel, fue miembro del PCE y de la Komintern. Su madre, Anastasia, era una de las secretarias de la Internacional Comunista. "Allí se conocieron, se casaron y tuvieron una hija que murió. Al principio, mi madre y mi padre se comunicaban gracias a un diccionario ruso-castellano, que yo conservo", explica. Pero Gabriel tuvo que regresar a España y cayó preso durante el régimen de Primo de Rivera. "Cuando volvió a Moscú ya sabía ruso, lo había aprendido en prisión. En 1932 lo expulsaron del Partido Comunista y le echaron del país", prosigue Aurora. Fue apartado por pertenecer a una escisión comunista, aunque más tarde fue readmitido. "Mi madre se quedó sin marido, y yo, que tenía año y medio, sin padre". Gabriel estaba considerado una persona peligrosa. Anastasia tuvo que quedarse en la URSS al cuidado de su hija, a pesar de los intentos de Gabriel por sacar a su familia.

Son ya los años de la Segunda República española. Gabriel sigue comunicándose con Anastasia, pero a través de la hermana de ésta, Claudia, para evitar riesgos. Gabriel y Anastasia acaban divorciándose, y él se vuelve a casar tres años después. "Mi madre, que no quería saber nada de hombres, se sintió entonces liberada y empezó a relacionarse hasta que se volvió a casar en 1938", comenta Aurora. La última carta data de 1939. En ella, Gabriel comunica a sus antiguos familiares rusos que ya no escribirá más porque pasa a la clandestinidad y se va a Francia. Aurora ya no supo nada de su padre, aunque toda su vida ha estado buscando información. Primero, sobre su paradero, y después, sobre las circunstancias de su muerte. Se dirigió al PCUS soviético, a Dolores Ibárruri? Siempre recibía la misma respuesta: nadie sabía nada de la muerte de su padre. Al final, logró entrevistarse con el dirigente del PCE Joaquín Balaguer, que en 1956 le dijo: "Cuando seas libre, quizá puedas ir a España y encontrar algo".

Aurora Trilla no desfalleció. En un viaje en autobús por Europa en 1996, pasó buena parte de su escala en Madrid buscando en el listín telefónico los apellidos Trilla para ver si daba con su familia. Todos resultaron pistas falsas. En 2004 escribió al Archivo General de la Guerra Civil, que le remitió al Archivo Histórico Nacional. Nada. Hasta que a principios de 2006 le llegó la carta de Julia Pareja.

A partir de esa fecha empieza la organización del encuentro en Madrid, con el propósito principal de que los dos hermanos de padre se conozcan. Hubo obstáculos insospechados. El consulado español en Moscú no le daba el visado de entrada a Victoria, la acompañante de Aurora, que, con 76 años, no habría podido cruzar Europa en tren sin ayuda física y lingüística. Además, se tenía que justificar el parentesco de Aurora con su progenitor. "Nos hicimos con la documentación y la invitación que nos exigían gracias a un notario amigo. Fue una pesadilla. Al final se arregló. Conseguimos contar toda la historia a los del consulado, y creo que también ellos se emocionaron. Nos tramitaron los papeles en tres días, y gratis", resume Julia.

De vuelta al grupo reunido en Madrid, el protagonismo recae en Michèle Lazard, la única de los presentes que vivió con Trilla, durante su exilio francés, y que puede compartir sus recuerdos con el resto de familiares. "Hablaba mucho de su hija rusa y también de su madre, que le marcó", rememora Michèle. Michèle, lingüista y profesora jubilada, recuerda con vehemencia y, a veces, intenta ocultar su emoción para no interrumpir el discurso: "Gabriel era una persona muy alegre y un hombre de gran valor. Le recuerdo siempre elegante, le gustaba muchísimo la pintura, tenía un gran dominio del francés y también hablaba alemán y ruso. Era increíble. Tenía la obsesión de volver a España y luchar contra Franco. Él me enseñó toda la poesía francesa. Cuando conseguía algo de dinero, me compraba libros o láminas del Prado. Me enseñó alemán. Me transmitió el amor de su madre por la enseñanza y la cultura, y también por ser insolente".

Michèle continúa desgranando sus vivencias. "Gabriel empezó a buscar contactos con dirigentes españoles que estaban en Toulouse y en Marsella para pasar a España. Y los encontró. Se reencontró con Jesús Monzón. Antes se puso a trabajar para la Resistencia, con la que también colaboraba mi madre. Un dirigente comunista francés le dijo a mi madre que podían fusilarla por los contactos con esos comunistas españoles y por el cobijo que daba a los exiliados españoles".

"El 29 de diciembre de 1943 fue la última vez que lo vi. Lo recuerdo como si fuera hoy", dice Michèle. "Le pedí llorando que no se fuese. Pero él mentalmente ya estaba en España. Era su obsesión. A mi madre le dijo: 'Nos veremos después de la victoria'. Por cierto, una alegría enorme para Gabriel fue el nacimiento de Alain. Le daba de comer, le pesaba, le cantaba, escribía canciones para él. Le decía que iba a ser torero".

Alain no ha sido torero, sino monitor de esquí. Estudió químicas, pero se dedicó, por casualidad, a este deporte y llegó a preparar al equipo olímpico francés. Luego se trasladó a EE UU y allí se quedó. Alain desdramatiza y asegura que descubrir quién era su auténtico padre tampoco le supuso ningún problema. Su curiosidad la canalizó a través de Internet con resultados palpables. Ahora ha contabilizado hasta 140 primos, y encaja con una sonrisa tímida sus comentarios sobre el gran parecido con su padre, Gabriel.

Michèle vuelve a sus recuerdos: "Supe que había muerto en 1947, a través de una carta que su hermana, Carmen León Trilla, escribió a mi madre. Llegó a casa y, cuando vi el remitente, la leí. Yo ya estaba acostumbrada a esconder las cosas. Me acuerdo de mi madre, leyendo Mundo Obrero y luego escondiéndolo en el jardín. Yo hice lo mismo. Escondí la carta en el jardín y durante años fue un secreto que guardé para no hacer sufrir a mi madre. Ella fue una mujer destacada de la Resistencia; tenía la Cruz de Guerra; formó a grupos de mujeres. Sin embargo, el Partido Comunista Francés, a instancias de Carrillo, la acusó de llevar una vida disoluta e inmoral. Sería a principios de los años cincuenta. Le reprochaban haber tenido contactos con exiliados españoles díscolos, como Gabriel o Monzón, que habían caído en desgracia para los dirigentes del PCE. Le enseñaron a mi madre un artículo de Carrillo que hablaba de ambos como si fueran bandoleros, que ponían en peligro la organización clandestina del partido, descalificándolos por completo. Mi madre se quedó lívida. Yo le pregunté qué le pasaba. Ella me confesó que quizá se temían que tuviera contactos con Gabriel. Yo ya sabía que Gabriel estaba muerto y entonces se lo dije. Pero no nos enteramos de las circunstancias de su muerte hasta mucho después, hasta leer el libro de Semprún. Él le recomendó a mi madre que contase toda la verdad sobre su padre biológico a su hijo Alain. ¡Y nosotras que pensábamos que lo había matado el régimen franquista...! No podíamos imaginar que fue asesinado por orden de la dirección comunista, de Carrillo. Yo creo que a Gabriel lo mataron porque pensaba por sí mismo".

Gabriel León Trilla apareció muerto a puñaladas en el Campo de las Calaveras de Madrid en 1945. Según diversos testimonios de la época y la información recogida por historiadores (como el propio Carlos Fernández), fue asesinado por guerrilleros comunistas, por orden de la dirección del PCE, dentro de las purgas estalinistas de aquella época especialmente sangrienta. En sus memorias, Carrillo hace referencia al caso Trilla y a la denuncia de Enrique Líster de que él y Dolores Ibárruri dieron la orden de ejecución: "(...) En aquellos tiempos no había que dar esas órdenes; quien se enfrentaba al partido, residiendo en España, era tratado por la organización como un peligro. Ya he explicado que la dureza de la lucha no dejaba márgenes".

En Madrid, la familia carnal y política recuperada de Trilla visitó el cementerio de la Almudena. Querían honrar al muerto. Depositar flores en algún monumento a la memoria republicana, a los combatientes antifascistas. Pero no hallaron ningún lugar para hacerlo. "Es increíble, no hay ningún memorial así en el cementerio", explica Julia.

Juntos pasearon por la plaza Mayor, por el palacio de Oriente, por el Museo Reina Sofía... "La verdad es que nos llevamos muy bien. Todos tenemos una educación y una ideología de izquierdas parecidas", apostilla Julia. La visita al Museo del Prado era obligada. Allí, Michèle pudo ver por primera vez los cuadros originales que le enseñó Gabriel León Trilla durante los años de la guerra en los que convivió con él y que nunca ha olvidado.

"Murióse", por Jorge Semprún

La primera vez que oí el nombre de Trilla fue en 1953, en el verano de aquel año, poco después de mi primer viaje clandestino a España. Y fue en París, en una reunión que presidía Santiago Carrillo, y cuyo objeto era presentarme a Ricardo Muñoz Suay. Acababa éste de restablecer contacto orgánico con la dirección del PCE, y desde esa reunión, Ricardo iba a ser de nuevo un activista político, discreto trujimán de tantas iniciativas de la oposición antifranquista. No hace falta decir nada más aquí y ahora: la experiencia vital de Muñoz Suay, abundante y compleja, ha sido perfectamente captada y reconstruida en el magnífico ensayo biográfico que le ha consagrado Esteve Riambau.

Pues bien, en el curso de aquella reunión de 1953, una vez establecidas las perspectivas programáticas y de organización, llegado el momento de la charla y el recuerdo, hizo de pronto Ricardo una pregunta directa a Carrillo, con ese tono suyo tan característico, entre irónico y contundente.

"Puedes decirme, Santiago, ¿qué se hizo de Gabriel León Trilla?".

Carrillo se sobresaltó, como si encajara un golpe, torció el gesto, pareció vacilar un segundo, y luego dijo, seca, tajantemente: "Murióse".

Ni una palabra más, ni del uno ni del otro.

¿Murióse?

En la memoria me quedaron grabados aquel apellido, Trilla, desconocido hasta ese día, y aquella exclamación.

Luego, a lo largo de los largos años de clandestinidad, en las inacabables conversaciones con muchos veteranos militantes, testigos del heroico y sangriento pasado del PCE, fueron surgiendo figuras olvidadas o censuradas, las de Trilla y Monzón, por ejemplo, de otros dirigentes del Partido (así, con mayúscula, ¡cómo no!).

A fuerza de escuchar y de preguntar, fue constituyéndose una imagen global, confusa en ciertos casos, dolorosamente precisa y concreta en otros, de una época terrible: entre 1944 y 1948, por lo menos, decenas de cuadros dirigentes fueron entonces eliminados, física y/o políticamente liquidados, por la dirección operativa del PCE ?Dolores Ibárruri, Vicente Uribe, Santiago Carrillo?, que se había vuelto a hacer con las riendas del poder interno al término de la II Guerra Mundial.

¿Y por qué esa voluntad de purga y exterminio?

Cualesquiera que fueran las acusaciones, todas falsas, cínicamente esgrimidas contra aquellos dirigentes, forzoso es constatar que su único "crimen" fue el haberse portado como comunistas; es decir, el haber asumido todos los riesgos para ejercer soberanamente su libertad comunista y combatiente, para reorganizar, en España y en el exilio francés, a miles de militantes abandonados por sus dirigentes oficiales, cómodamente instalados en la URSS o en América Latina después del pacto germano-soviético de 1939.

Por ello, cuando publiqué en 1977 ?una vez legalizado el PCE, una vez comenzada la transición democrática? mi Autobiografía de Federico Sánchez, dediqué algunas páginas del libro a analizar algunos problemas del pasado, y concretamente, el caso de Monzón y Trilla.

Dije entonces lo que sabía, por los testimonios y recuerdos de algunos veteranos; lo que podía deducirse de un análisis crítico de los documentos mismos del PCE. Sin duda, desde aquella fecha de 1977 han ido acumulándose los trabajos históricos, las fuentes documentales. Tenemos, particularmente, el libro excepcional de Gregorio Morán, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, pieza esencial de una posible reconstrucción de la verdad histórica. Libro extrañamente marginado en nuestro país, pero del cual cabe esperar, anhelar incluso, una reedición puesta al día: sería necesaria en estos tiempos nuestros de rescate de la memoria.

Sea como sea, cuando se publicó en Francia la traducción de la Autobiografía, en 1978, recibí muy pronto una carta emocionante. Me escribía Jeanne Lazard, que fue la compañera de Gabriel León Trilla en el exilio francés. Quería verme, me vio. Quería contarme, me contó. Quería que leyese las cartas que Trilla le había enviado, entre 1943 y 1945, desde la clandestinidad española, las leí.

E inmediatamente le dije a Jeanne Lazard que había que publicar esas bellísimas cartas, escritas en francés, en una lengua literal y literariamente dominada, aunque fuese extranjera. No era posible, me dijo Jeanne. No era posible desvelar aquel pasado. Por lo menos, no era todavía posible. Y es que Jeanne había tenido un hijo de Trilla y ese hijo ignoraba quién era su padre natural: nada podía emprenderse hasta que lo supiera y asumiera.

Han pasado los años. Jeanne Lazard ha muerto. Pero su hija, Michèle Cot-Lazard; su hijo, Alain Lazard, que ya sabe quién fue su padre de verdad ?y de lo cual se preocupa y se enorgullece?; su nieta, Sylvie Cot, se han lanzado al descubrimiento y reconquista de los lazos familiares, ramificados en varios continentes. Ellos han organizado esta primera reunión de Madrid, de la que Ferran Bono nos hace un relato emocionado y emotivo (por cierto, a Ferran lo conocí en Barcelona, en la presentación de la biografía de Ricardo Muñoz Suay, de Esteve Riambau, último premio Comillas, ¡así se anudan los hilos de esta historia!). Mejor dicho: del primer capítulo de esta historia que aquí comienza a narrarse, y de la cual yo sólo quiero ser escribano, secretario de actas o portavoz fascinado por esta tragedia de una época de sangre y lágrimas y esperanza: la nuestra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de junio de 2007