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viernes, 27 de abril de 2007

Cuando José se remanga el pantalón del chándal y enseña el dragón tatuado en su tibia, sus 10 alumnos se emocionan. Conocen el rito. Antes de echarse a bailar, su profesor siempre saca de paseo esa bestia del medievo que le decora la pierna. José, de 17 años, pura fibra, un aro en la nariz y otro en el lóbulo; ágil como una gacela; de Móstoles, una de las llamadas ciudades dormitorio del sur de Madrid (200.000 habitantes); ropa suelta, gorra calada en la cabeza, zapatillas. Va a todas partes en bici; es serio, callado, buena gente. Y baila break dance incluso dormido. Desde que, a los 14 años, unos "tíos mayores" le preguntaron a él y a su hermano David si les apetecía bailar. Y hasta ahora. David, otra gacela de 15 años. No tiene tatuajes, pero sí cuatro piercings (boca, ceja y dos más en la oreja). Más soñador y dicharachero. Lleva el pelo teñido de rojo anaranjado y en ocasiones usa guantes de cuero para no destrozarse las manos en sus acrobacias sobre el suelo (gasta un par cada tres meses).

"De pronto, alguien se dirigió a mí. ¡A mí! Empecé a conocer gente. Hasta entonces nunca había tenido amigos en clase"

"Muchas veces pienso en chicos... Pero no tengo valor para salir del armario", le escribe un anónimo a Martín, de 17 años"

Si algún día les reconoce en los pasillos de la estación de tren de Móstoles (donde pasan muchas tardes resbalando por los suelos de mármol a los pies de un loro que escupe melodías gruñonas), antes de pensar: ¡gamberros!, atienda a lo siguiente: entre los dos organizan las clases de break dance, lunes, martes y jueves, del Centro Joven de Alcorcón, una de las actividades del programa Asómate, que pretende alejar a los chavales del alcohol y las drogas a través del hip hop. La ecuación es clara, explica Olga Herrero, la coordinadora: "Echamos un vistazo a la calle y vimos que era la forma de enganchar a los chicos".

"¡Vamos, vamos, a estirar!", grita José a los 10 alumnos de entre 9 y 15 años. Cuatro de ellos, huérfanos que acuden desde el centro de acogida para socializarse con el resto. Después de encandilarles con su tatuaje, los pone a tono. Gestos de dolor. La música atruena. El escenario: un aula hasta arriba de graffiti. Los niños se aburren, así que pasan al ejercicio siguiente: marcar corcheas con las suelas sobre las baldosas. "Hay que seguir el ritmo", les dice David, el hermano inseparable, moviéndose con soltura. A veces también acude a la clase el resto de su grupo de breakers, los Street Sound. "Los chavales, al verles bailar, van perdiendo la vergüenza", explica José. A cambio de sus clases, él se saca "un dinerillo" y le prestan la sala para sus ensayos. Con los Street Sound han bailado en colegios, en el día contra el racismo, delante de niños con síndrome de Down... Sí, son adolescentes. Con aspecto macarra. Pero sonríen con la confianza de quien sabe que está aportando algo a los demás. "¡Que no nos juzguen por la apariencia!", reclaman a dúo los hermanos.

Adolescencia. Época de cambios hormonales. Principio y fin del desarrollo. Fase narcisista por excelencia. En España hay 3.232.606 chavales de entre 13 y 19 años, los teenagers, poco más del 7% de la población. Y sí, gesticulan y gritan por encima de la media. Muchos no visten como a sus padres les gustaría, o hacen botellón y vomitan cuando se emborrachan. Entre ellos el acoso escolar es un problema de primera línea, y tienen el brazo largo o sueltan tacos, son apáticos... Pero no todos, o no en la misma proporción. Y están hartos de que se les meta en el mismo saco.

"Tendemos a englobar a los adolescentes en el mismo paquete", asegura Eusebio Megías, médico psiquiatra y coordinador del estudio Jóvenes, valores, drogas, de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción y el Instituto de la Juventud. "Lo curioso es que los propios jóvenes, siendo diferentes, han acabado por asumir este discurso. Tienen una visión muy negativa de sus propios compañeros de generación". Egoístas, indiferentes, cínicos, inmaduros. Así se definían los jóvenes a sí mismos. Y en otro estudio, el 63% identificaba a su generación con la marcha y el consumismo (discoteca, botellón, dinero...), muy por encima de valores como el activismo comprometido o el civismo. "Sin embargo", continúa Megías, "la adolescencia es también la etapa en que empiezan a despertar las inquietudes por el mundo que nos rodea. Es como una semillita que, si se siembra en la adolescencia, eclosiona después".

Selene, de 15 años, habla por el messenger desde su casa de Gijón con Lorenzo, de 13, que vive en Córdoba. Le cuenta el infierno que vivió de pequeña. Ya no le tiemblan las piernas cuando pisa el colegio, y se ha convertido en el hombro que se arrima a otros acosados. "De pequeña me señalaron como la rara de clase y me convertí en el objetivo de todas las burlas", cuenta. "Ya no me importa reconocerlo. Con nueve años fingía estar enferma para quedarme en casa. No tenía amigos. Nadie quería hacer nada conmigo, y eso acaba con la autoestima de cualquier niño".

El drama estalló unas navidades. Tenía 12 años. Antes de la función que iba a representar con el resto de sus compañeros, la tomaron con ella. Le gritaban, y Selene salió corriendo a los brazos de sus padres, que esperaban en su butaca a que empezara la función. Entre llantos desesperados les pidió que no la obligaran a volver. Ellos no se lo podían creer. "Lo primero que se te viene a la cabeza es: esto no me puede estar pasando", explica Encarnación García, su madre. Selene no recogió ni la carpeta de su pupitre y jamás ha vuelto a pisar ese colegio. "Mis padres me trasladaron a otro centro. El primer día estaba aterrorizada. De pronto, alguien se dirigió a mí. ¡A mí! Me preguntó mi nombre. Y empecé a conocer gente. Hasta entonces no sabía lo que era tener amigos en clase".

El 3% de los estudiantes de secundaria (de 12 a 16 años) sufre algún tipo de acoso, según el informe del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia que manejan los profesionales. "La gente no entiende el acoso escolar. No es una agresión física, sino un meterse contigo constante, insoportable. Yo hubiera preferido que me pegaran, así descargas tu rabia. El acoso es algo que te hace la vida imposible. Día a día", cuenta Selene. La definición coincide con la de los especialistas.

De aquella experiencia surgió la idea de la madre de Selene de montar una asociación contra el acoso escolar, la ACAE. No existía nada igual en España cuando arrancaron, en 2003. Las llamadas se multiplicaron. Ofrecían asesoría legal para solucionar el papeleo del cambio de centro del menor, consejos sobre cómo enfrentarse al problema? Pero notaron que algo fallaba. Muchos padres decían: "No sé qué le ocurre a mi hijo. Se calla. Creemos que lo está pasando mal en el colegio, pero no nos cuenta nada". Encarna fue ágil: "Oye, Sele, ¿por qué no hablas tú con este chico?".

¡Biiiiip, biiiiip! Suena el teléfono, y Selene está al otro lado. Abren el messenger, y ahí está Selene preguntando qué tal. Y si son de la zona, de vez en cuando quedan. "Lo único que les digo es que es mejor contarlo. Es la forma de enfrentarse al problema. Y como les digo que he pasado por lo mismo, me hacen caso". Lorenzo fue uno de ellos. "Ha sido muy buena conmigo", sintetiza a sus 13 años. Ahora hablan tres veces por semana. O se encuentran en Internet. Igual que con Alba, Jaime, Noelia... Todos, en su lista de messenger y en su agenda del móvil.

Quinientos kilómetros al sur de Gijón, en el instituto Duque de Rivas de Rivas-Vaciamadrid (Madrid), están pasando cosas. De sus paredes cuelga un cartel en el que aparece la foto de un bebé y el siguiente mensaje: "¿Será homosexual, bisexual, transexual...?". Junto al cartel, las viñetas ampliadas de un cómic en las que el protagonista se plantea su sexualidad. "Guillermo se hace preguntas", se titula. Son las 15.30, no queda nadie en las clases ni en los pasillos. Al fondo, en el aula de informática, Martín Trujillo, de 17 años, se afana en responder un correo electrónico: "Mira, soy Martín y colaboro con Joaquín en el programa de tutoría [...]. Yo estuve manejando mi vida de una manera muy parecida a como lo haces tú, y créeme que no te lleva a ningún lado [...]. El primer paso es aceptarte y asimilar tu condición, no puedes infravalorarte ni dejar que los demás te pisoteen [...]. Sé que consideras que no puedes seguir, pero en ti tienes que descubrir la fuerza para continuar [...]. En mí tienes desde hoy a un amigo".

Martín es homosexual. Y responde a través de Internet a otros adolescentes gays de toda España. "Muchas veces pienso en chicos? Me gustaría tener una relación, pero no tengo valor para salir del armario", le confesaba un anónimo desde Galicia. Martín reconoce ese sentimiento en su interior. Hizo pública su homosexualidad hace cinco meses, gracias a la ayuda de Joaquín Álvarez. Este profesor del instituto Duque de Rivas puso en marcha, el curso pasado, lo que bautizó como "tutoría de atención a la diversidad afectivo-sexual". De ahí los carteles que decoran los corchos del centro, y de los que Joaquín está orgulloso: están intactos. "Nadie ha escrito encima ni se ha burlado de ellos".

La iniciativa, revolucionaria en España, pretendía ayudar cara a cara a alumnos del centro. Martín fue de los primeros en abrir tímidamente la puerta del despacho, y sin darse cuenta fue abriendo otra, la más importante. Después de horas y horas de charla con su tutor, le echó valor y salió del armario. A la vez, el programa de tutoría aparecía en los medios de comunicación, y empezaron a llover correos electrónicos de toda España, de adolescentes en la misma situación que querían saber, confesar sus miedos, el retraimiento, su frustración. Y que preguntaban por ese chico de sonrisa tímida que había aparecido en los informativos nacionales. Así, de forma espontánea, Martín empezó a echar una mano a Joaquín, desbordado. Y ahora se enfrenta cada jueves a su propia historia, pero con otros rostros. "Hola, soy Martín. Mira, lo que te voy a contar, lo saco de mi propia experiencia...".

Del cuello de Zara Arribas, de 16 años, cuelga un candado del tamaño de una nuez. Lleva las orejas atravesadas por aros e imperdibles de costura. Ella misma se agujereó los lóbulos, ahorrándose 10 euros por agujero. Un orgullo para Zara, una chica con nombre de aristócrata (su madre la bautizó tras ver en una revista del corazón a Zara Phillips, la hija de la princesa Ana de Inglaterra) y espíritu punk, los ojos siempre maquillados de negro intenso y una A de anarquía cosida a la cazadora. Isabel Barandiarán, su amiga del alma -"estamos creciendo juntas espiritualmente; nos planteamos dudas e intentamos responderlas, y eso nos ha unido como hermanas"-, se inclina más por el heavy. Y como Zara, es una idealista. Pregúntenles a quién admiran. "A quienes están dispuestos a comprometerse con los demás para humanizar la sociedad", dice Isabel. "A los que fueron capaces de llevar a cabo sus ideas sin miedo a la represión o a la muerte, sin miedo a ser callados, y que lucharon por la libertad y los derechos de todo el mundo; personas que soñaban con un mundo mejor...", dice Zara.

Todos los lunes, de 16.00 a 18.30, Zara e Isabel se encierran en un aula, cada una, con 12 chicos de entre 8 y 12 años. Chavales en riesgo de exclusión social o con problemas familiares, la mayoría de ellos inmigrantes a los que ayudan a hacer los deberes bajo la supervisión de la ONG Balia. Porque el 70% de los adolescentes de entre 15 y 19 años nunca ha dedicado unas horas de su tiempo libre a alguna actividad de ayuda a otras personas; pero muchos otros, 3 de cada 10, sí lo ha hecho.

Sus motivaciones las tienen muy rumiadas. Oigamos a Isabel: "Una persona sola no puede cambiar la vida de estos niños, pero sí si lo hacemos juntos. Hay que ser más conscientes de los problemas de la gente, ser más humanos. Hacer lo mejor posible para uno mismo y los demás". Y ahora, a Zara: "Mis ideas las tengo muy pensadas y quería predicar con el ejemplo. Cuando llego a casa me siento mejor. Las diferencias sociales me afectan mucho, y haciendo esto me siento bien porque estoy llevando a cabo mis ideas".

En el instituto Portada Alta de Málaga han conseguido algo extremadamente complicado: entre sus alumnos, ser bueno, mola. Todo empezó gracias a un equipo de profesores con ganas de aparcar discursos victimistas y de cambiar las cosas. Comprendieron que para mejorar la convivencia en el centro tenían que involucrar a los alumnos más sensibles. Así que se dedicaron a ficharlos. "No buscábamos a alumnos brillantes, sino a buena gente", explica Antonio Marfil, el director. "Chicos a los que no les gusta la bronca, y que cuando alguien lo pasa mal, sufren". Tras someter a un test a los candidatos empezaron a formarlos en la resolución de conflictos. Hoy, uno de cada cinco alumnos del centro (tiene 550) es mediador. Manejan con soltura pasmosa términos como "empatía" o "escucha activa". Chicos como Patricia Martínez, de 13 años, que acaba de empezar a formarse, y sonriéndose con todo su aparato dental, ya suelta frases como ésta: "Ante un conflicto hay que mostrar interés, darle confianza a la persona involucrada, parafrasear lo que nos cuenta para asegurarnos de que hemos entendido el problema". O como Dani Fuentes, de 17 años -"ex vago y tarugo"-, que despertó cuando empezó a formarse como mediador. O su novia, Rosita Merchán, de una madurez que impresiona y que hace de tutora de una alumna que le cuenta más a ella que a cualquier adulto.

El programa Educar en el conflicto del Portada Alta ha recibido el primer premio de Buenas Prácticas de Convivencia del Ministerio de Educación. Su auténtico éxito es que los mediadores no están mal vistos por el resto de sus compañeros. Es más: hay alumnos de perfil conflictivo que quieren ser mediadores. Porque el Portada Alta no es precisamente una balsa de aceite: está en una zona socialmente precaria, y más de una silla ha volado por la ventana de un aula. Cuando hay piques -"¡me ha llamado gilipollas!"-, los mediadores intervienen; cuando ven a un alumno acosado -"negro de mierda, conguito"-, también. Es emocionante oírles expresarse. La destreza que están adquiriendo les va a ser muy útil en el futuro. Mientras tanto están ahí, en el patio, mezclados con los demás. Los aliados perfectos.

?Lo que nos gusta es bailar y enseñar a bailar?. José y David Fernández. 17 y 15 años. Móstoles (Madrid). Enseñan ?break dance? para evitar que otros adolescentes caigan en las drogas

Han hecho exhibiciones para niños discapacitados -sus giros les volvían locos-; el día contra el racismo de Alcorcón (Madrid) escenificaron un pique (un duelo a bailes entre dos grupos de breakers) para que los más pequeños se acercasen a curiosear. Y luego está el proyecto en el Centro Joven, donde dan clase a chavales de Alcorcón, en un programa para prevenir a los adolescentes de caer en el alcohol o la droga motivándoles a través del baile. Cuando se les pregunta por qué hacen todo esto, se encogen de hombros: ?Lo que nos gusta es bailar y enseñar a bailar?. El break, aseguran, es bueno para los niños por varias razones. ?Primero, porque desarrollan su forma física y así no están gorditos; segundo, porque te da una personalidad especial, de superación, y te ayuda a perder la vergüenza. Y tercero, mmm. Tercero, porque mola y se liga mucho?. Y mientras suena música funky a todo trapo en el aula, José se calza un casco al tiempo que su hermano David se enfunda sus guantes de cuero. Los dos se lanzan al suelo y parecen desmontarse en acrobacias ante la atenta mirada de los alumnos. ?Que no se nos juzgue por la apariencia?, dicen. Y siguen bailando.

?El voluntariado nos ha ayudado a sentirnos bien?. Zara Arribas e Isabel Barandiarán. 16 años. Madrid. Son voluntarias de la ONG Balia y dan clases de apoyo a inmigrantes

Cuando tomaron la decisión, Isabel -amante del ?heavy? y periodista aficionada- y Zara -punk, admiradora de la autogestión, aficionada a tocar la guitarra- buscaron una ONG en la que poder poner en marcha sus ideas de solidaridad y humanismo. Querían, por ejemplo, ayudar a niños con enfermedades terminales, pero les cerraron la puerta por ser menores de edad. Hasta que dieron con la ONG Balia. Ahora, ambas dan clases de apoyo a niños en riesgo de exclusión social. ?El voluntariado nos ha ayudado a sentirnos bien. Yo pensaba que no iba a ser capaz, y ahí estoy. La experiencia me ha dado confianza en mí misma?, explica Zara. Le gustaría llegar a ser educadora social. Isabel tiene más dudas, quizá estudie Filosofía. Puedes cruzártelas en el Rastro o en el metro de Madrid, vagando sin ton ni son, jugando a descubrir su ciudad bajando en paradas al azar y comiendo pipas. Ambas están orgullosas de alimentar su coco. ?No dejamos pasar la vida así porque sí. Nos cuestionamos las cosas. El diálogo interno que decía Sócrates?.

?Los colegios me piden que cuente mi historia?. Stephen Sunday. 18 años. Futbolista de origen nigeriano

Aún no tenía papeles cuando llegó a El Ejido (Almería). Ahora guarda en el bolsillo el DNI y el pasaporte español. Stephen Sunday, Sunny, se ha convertido en dos años en un símbolo de integración en esta localidad violentada por varios brotes raciales en el pasado. O quizá ése sea el motivo de que sea tan querido. ?Los colegios me piden que vaya a contar mi historia a los alumnos?, dice. Y no es corta. Nacido en Lagos (Nigeria), con 15 años hizo las maletas y se plantó en París. Le habían prometido un puesto en un equipo. Pero allí el sueño se resquebrajó. Viajó a Madrid, donde le dieron cobijo dos compatriotas. Se pasó los días despertándose al alba para ir a correr y a entrenar mientras esquivaba a la policía. ?Quería estar preparado para el día en que llegase mi oportunidad?. Un agente del Rayo Vallecano le vio jugar un amistoso e intuyó su potencial. Lo ficharon en el Poli Ejido y ahora se lo rifan varios equipos de Primera División. ?Los niños me preguntan qué tal me tratan. Yo siempre respondo lo mismo: que aquí estoy muy agustico?, explica con acento tosco. El fútbol puede ser la cruz y también la cara de la xenofobia. Sunny ya ha debutado con la selección española sub-21. Un ejidense más.

?Me fastidia que los adultos nos critiquen?. Selene Montes. 15 años. Gijón (Asturias). Fue víctima de acoso escolar. Ahora lucha contra él desde una asociación

?No te puedes permitir ser ni el más listo ni el más tonto de la clase; ni destacar por arriba, ni por abajo. Por eso me inspiran confianza las personas con gafas, pero no de esas modernas, sino de las grandes, porque desde niños se han tenido que enfrentar a su imagen; lo que más me fastidia de los adultos: que siempre nos están juzgando, diciendo que si los adolescentes son esto o lo otro, cuando hay de todo?. Selene es desde hace años esa persona que se pone del lado de los débiles. Ha estado en el hoyo y ha conseguido trepar sus muros. Cuando llaman Alba o Jaime o Noelia, Selene les cuenta que hay algo más allá del infierno, que ella también ha sido la víctima y que lo importante es contarlo, enfrentarse al problema, porque la mayoría de niños y adolescentes se callan, dejan de comer, no rompen la barrera de contar a los adultos qué les pasa en clase. Ésa es su tarea en la Asociación Contra el Acoso Escolar, hablar con la víctima, aportar su experiencia. ?De niña me tocó ser el objetivo de todas las burlas. Se metían conmigo por cualquier cosa de forma sistemática. Fingía estar enferma para no ir a clase. Con nueve años me escapé de casa para huir del problema. Hasta que un día conseguí contarlo?.

?Ayudamos a resolver conflictos en el instituto?. Rosa Merchán, Daniel Fuentes y Patricia Martínez. 17, 17 y 13 años. Málaga. Tres de los 55 mediadores del instituto Portada Alta

Desde que entró al Portada Alta, Patricia -amante del ?reggaeton?, posible futura enfermera- lo tuvo claro: en cuanto pudiera, empezaría a formarse como mediadora ?para ayudar a resolver conflictos en el instituto?. Lleva unos meses aprendiendo y dice que ya empieza a ser ?más paciente, a escuchar, a ponerme en el lugar de los demás?. En breve mediará en conflictos reales junto a otro mediador con más experiencia. Quizá lo haga con Dani. Quién le ha visto y quién le ve. Repitió curso dos veces, no iba a clase? Un día se fijó en un cartel: ?Tú no eres una isla. Los demás te necesitan. ¿Quieres ser mediador??. Desde entonces ha cambiado mucho. Estudia (quiere ser mecánico) y está saliendo con Rosita, otra mediadora. Rosita lleva dos años mediando y es tutora personal de Miriam, alumna conflictiva: 103 amonestaciones en lo que va de curso y 10 suspensos. Miriam reconoce que hablar con Rosita la hace ?reflexionar?. Y Rosita quiere que sepan que los mediadores no son bichos raros: ?Salimos, lo pasamos bien y lo compaginamos haciendo cosas buenas por el resto?.

?Enseño matemáticas a otros chicos porque me divierte?. Elisa Lorenzo y su novio, Vadym Paziy. 19 años. Madrid. Elisa prepara a chicos para las Olimpiadas Nacionales de Matemáticas. Ella ha sido medalla de oro dos veces

Encontrar un hueco en la agenda de Elisa es complicado. ?Necesito tener mucho que hacer o me aburro?. Créanla. Dicharachera y de inteligencia veloz, a Elisa le van los retos. Ha ganado en dos ocasiones la medalla de oro de las Olimpiadas de Matemáticas Nacionales y se llevó la de bronce en la fase internacional. ?No se trata de tener muchos conocimientos, sino de saber aplicarlos, de ejercitar la mente. Y no soy demasiado competitiva, pero no me gusta perder?. No olvidará lo que llevaba puesto la primera vez que participó en un concurso, con 13 años: ciclistas azules y camiseta amarilla. Perdió. Pero le picó el gusanillo. Y es en esos encuentros donde ha pasado sus mejores momentos, rodeada de chicos a los que contar el chiste aquel de ?va ex a una fiesta de funciones y?? sin sentirse una freaky. Ahora se levanta todos los sábados a las 8.30 para llegar a tiempo a su cita con nueve chavales a los que prepara para las olimpiadas. ?No lo hago porque sienta que tengo una obligación moral, sino porque me lo paso muy bien?. Además, Elisa estudia dos carreras: Matemáticas y Físicas. Su novio, Vadym (de origen ucranio), también.

?Durante años apliqué la ley del silencio y el candado?. Martín Trujillo. 17 años. Rivas Vaciamadrid (Madrid). Nacido en Santiago de Cali (Colombia). Colabora en las tutorías de atención a la diversidad sexual de su instituto

?¿Mi día más total? Cuando salí del armario? ¡Tenía un subidón que no podía con él! Es lo más importante que me ha pasado este año; nunca renunciaría a mi cabeza; aunque cometa muchos errores, me gusta mi manera de hablar conmigo mismo, de mirar las cosas; si pierdo eso, perdería mi esencia. Me encanta dormir, últimamente estoy muerto, esto de preparar la selectividad me está matando; en la universidad la gente es más abierta, ¿verdad? Me gustaría conocer más personas como yo, encontrar alguien con quien pasar el rato tranquilamente. Quiero estudiar biología, algo de ciencias. Admiro a Severo Ochoa y a Ramón y Cajal. Paso el rato viendo la tele, sobre todo la serie Queer as folk; me hace gracia el personaje del adolescente; ¿mi generación en tres palabras? Marchosos, rebeldes y ¿quejicas?; de mí cambiaría, no sé, la timidez; ¡flipante! Cuando llegué a España y vi las carrozas del Día del Orgullo Gay por la tele ¡no me lo podía creer! A los jóvenes igual les falta un poco más de compromiso. Hace tiempo estaba reprimido, no fingía, pero utilizaba la ley del silencio y del candado. Ahora, si me dan pie ¡me lanzo!?.

José y David Fernández, de Móstoles, enseñan 'break dance' para evitar que otros adolescentes caigan en las drogas. / Leila Méndez

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