Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

El increíble viaje del obelisco

Un libro revive la aventura del traslado del gran monolito egipcio de Luxor a París

Pocas cosas hay en principio tan estáticas como un obelisco egipcio. Monolitos de piedra de peso y dimensiones gigantescos, las agujas de los faraones son por naturaleza poco dadas a los desplazamientos. ¡Y sin embargo se mueven! Las movieron los antiguos egipcios desde las canteras hasta los templos pero, sobre todo, 21 de estos monumentos solares quintaesencia de Egipto y cuyo nombre viene de una ironía griega, el término obeliskos, pequeño espetón para asar la carne, o sea brocheta, han sido llevados a tierras lejanas, surcando mares y afrontando desafíos casi sobrehumanos. Uno de los mayores monolitos faraónicos transportados fuera de Egipto es el que domina la plaza de la Concorde de París y a su traslado, una aventura alucinante, desmesurada, digna de la pluma de un Jules Verne, está dedicado un libro maravilloso que documenta la hazaña, El gran viaje del obelisco, de Robert Solé (Edhasa).

Es ya junio de 1832 y la cosa no marcha, el barco no flota. Se habla de maldición

En 1993 lo cubren con un preservativo rosa. Es difícil decir qué habría pensado Ramsés

Ese viaje de Luxor a París, culminado en 1836 requirió años, complejísimos cálculos matemáticos, paciencia, coraje, construir un barco especial, atravesar dos mares, remontar el Sena y recorrer un total de 12.000 kilómetros con semejante coloso. Fue, claro, desde nuestra óptica, un expolio tan grande como el propio obelisco, pero ello no empequeñece la proeza vital y tecnológica del asunto.

Originalmente emplazado delante del pilono de entrada del templo de Luxor, a la derecha, el obelisco de la Concorde tiene 3.300 años de antigüedad, pesa más de 200 toneladas y mide casi 25 metros (sin contar el pedestal). No es el más grande de su familia, pues lo superan algunos como el obelisco de Tutmosis III instalado en la plaza de San Giovanni de Roma, el de Hatshepsut que permanece en Karnak, o su propia pareja que continúa -triste separación que inspiró versos a Théophile Gautier: "Sur cette place je m'ennuie / Obélisque dépareille"- en Luxor; pero sí es de los más majestuosos, esbeltos y bonitos. Sus caras están cubiertas de espléndidos jeroglíficos que proclaman la gloria de uno de los más grandes -y menos modestos- faraones de Egipto: Ramsés II.

Atalaya histórica, nuestro obelisco ha visto derrumbarse imperios, morir dioses, rodar cabezas y desfilar a la división Leclerc. Incluso se ha reencontrado con su hacedor: en 1976 llevaron la momia de Ramsés, a la sazón de chequeo en París, a dar la vuelta a la Concorde. El que pese a todo es el episodio más sorprendente de su pétrea vida, su viaje, se inició en 1830 cuando fue ofrecido graciosamente a Francia por Mohamed Alí, virrey de Egipto, por sugerencia de Champollion. Hacia tiempo que Francia deseaba obeliscos, para igualarse con Roma, que los tenía en buen número (nueve). Pero una cosa era quererlos y otra transportarlos. Los antiguos romanos probaron que las cosas podían ir muy mal dadas: uno llevado a Constantinopla en el siglo IV se les partió al descargarlo.

La tarea se le encargó al Ministerio de Marina. Era necesario disponer de un barco especial para el monumento y se construyó uno en el arsenal de Toulon, bautizado Luxor. Como responsable de toda la Operación Obelisco se nombró a un ingeniero de Marina, Jean-Baptiste Apollinaire Lebas, un sosias real del Cyrus Smith julesverniano, que no podía imaginar en qué lío se metía.

El barco zarpa en abril de 1831. Llegado a Alejandría, ha de esperar tres semanas para entrar en el Nilo desde Roseta, pues el río no tiene un nivel suficiente para navegarlo. Por fin prosigue el viaje. En Assiut encalla y lo sacan con cuerdas una multitud de campesinos. A la altura de Dendera, los viajeros cazan un enorme cocodrilo. Sólo el 16 de agosto llegan a Luxor y echan el ancla frente al templo. La gente les pregunta a qué han venido y no dan crédito cuando responden que a llevarse un obelisco.

Son reclutadas para los trabajos 400 personas. Los expedicionarios franceses viven mil y una aventuras: a uno le pica una cobra, 15 se contagian de cólera, varios mueren de disentería, un grupo encuentra una momia... El obelisco, abrazado por un enorme andamiaje, es abatido con un complejo sistema de poleas y cabestrantes a finales de octubre. Con gran esfuerzo, se le desplaza acostado 400 metros y se le introduce en una abertura del Luxor, que reposa sobre la arena. Cabe imaginar lo que habría inspirado a un poeta salaz semejante escena. Para partir, habrá que esperar a que suban las aguas. Es ya junio de 1832 y la cosa no marcha, el barco no flota. Se empieza a hablar de maldición. Hasta agosto no se puede zarpar. Sólo en enero de 1833 se llega a Alejandría. Para cruzar el Mediterráneo los remolcará el vapor Sphinx. Afrontarán una tormenta y llegarán a Cheburgo en agosto. Tras remontar el Sena arribarán a París el 23 de diciembre, ahora sí en loor de multitudes. Se decide instalarlo en la plaza de la Concorde, lugar de mal rollo -119 personas fueron guillotinadas allí, incluidos Luis XVI y María Antonieta- porque un obelisco egipcio resulta bastante neutro.

Para erigir el monolito se sigue el proceso inverso a su abatimiento en Luxor y se le arrastra a través de un plano inclinado hasta el pedestal. La aventura culmina en granítica erección a las 14,30 del 29 de junio de 1835, con muchedumbres, el rey Louis-Philippe de testigo y una orquesta tocando Los misterios de Isis, de Mozart. El obelisco no olvida sus raíces: en las anfractuosidades de su base han viajado con él varios escorpiones. Con el tiempo se hará a los usos y costumbres occidentales: en 1993, con motivo del día de la lucha contra el sida, lo recubrirán con un preservativo rosa gigante. Es difícil saber qué habría pensado Ramsés...

El resultado de la aventura estimulará a otras capitales a ir a buscar obeliscos: Londres se llevará una aguja de Cleopatra de Alejandría en 1880 y Nueva York la otra poco después.

Historia de piedra y técnica, granito y sudor, cálculo y músculo, la del obelisco de la Concorde es también una historia de amor: el ingeniero Lebas no dejará toda su vida de dar un paseo diario para saludar a ese esbelto exiliado al que el destino le quiso unir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de marzo de 2007