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Silencio, por favor

Uno lleva 20 años sufriendo el bullicio de una discoteca, otro no abre las ventanas desde el siglo pasado. Gente atormentada que ha decidido unirse para lograr un país menos ruidoso. Vecinos, abogados, médicos, hosteleros

Vecinos de la calle Moncasi de Zaragoza, saturada con decenas de bares, muchos de los cuales han entrado en conflicto con la tranquilidad que reclaman los vecinos.
Vecinos de la calle Moncasi de Zaragoza, saturada con decenas de bares, muchos de los cuales han entrado en conflicto con la tranquilidad que reclaman los vecinos. PEDRO WALTER

Pub musical Donegal, en el número 44 de la calle Nou de la Rambla de Barcelona, permanece cerrado desde el pasado mes de mayo. Dentro, las voces se han apagado y sus potentes altavoces descansan: todo ha enmudecido. Sin embargo, justo sobre su techo, en el piso de arriba, Conchita Botey y José Antonio Muñoz siguen necesitando las pastillas para dormir y los tapones para los oídos cada vez que se meten en la cama. "Lo que hemos pasado no se olvida tan fácilmente", relata aún con angustia Botey, de 48 años, "nos han roto, nos han arrancado un año, un mes y diez días de nuestras vidas". Antes de que este pub irlandés carente de licencia válida fuese clausurado, tras meses de llamadas suplicantes al Ayuntamiento y a la Guardia Urbana, esta familia podía seguir desde su salón las alegres conversaciones de abajo, y las atronadoras descargas de los altavoces sobre sus paredes tiraban al suelo cuadros y baldosas de la cocina. "Vivimos con mis padres, que son ya muy mayores, y todos hemos tenido que ir al psiquiatra", se le quiebra la voz a Botey. Ahora, el Juzgado de Instrucción número 18 de Barcelona tramita una querella de la fiscalía de la ciudad contra la propietaria del pub musical, pero también contra dos altos cargos del Ayuntamiento por consentir durante meses que un local sin licencia superase los límites de emisión de ruidos.

En un despacho en el centro de Madrid, asediado al otro lado de los cristales por el rugido incesante del tráfico, el abogado especializado en litigios ambientales Jorge Pinedo, de 48 años, que hace unos meses llevó el caso del cercano bar de copas Cartoon, en el que el propietario fue condenado a dos años de prisión, siete meses y un día por un delito de contaminación acústica, narra cómo los afectados por el ruido que se sientan por primera vez delante suyo suelen estar destrozados y no tardan en derrumbarse. "Se vacían al hablar, lloran, se desmoronan; los efectos de este tipo de contaminación son devastadores", precisa este letrado, que hace seis años se juntó con algunos de los pocos colegas metidos entonces en este tipo de pleitos para fundar la asociación Juristas contra el Ruido, que hoy cuenta con representantes en todas las comunidades autónomas. "Esto es como un veneno que en lugar de afectar a la sangre, va envenenando poco a poco los nervios".

De vez en cuando, un súbito timbrazo del teléfono dispara el nivel de decibelios en todo el despacho, y Pinedo comenta cómo, la mayoría de las veces que descuelgan el aparato por un nuevo caso, al otro lado del auricular se escucha la voz deshecha de una víctima de la contaminación acústica. "Éste es el asunto ambiental que más trabajo nos da; desde el punto de vista de los tribunales, el ruido constituye el principal contaminante de las ciudades", detalla el abogado, que a continuación va a buscar un montón de carpetas y comienza a repasar algunos de sus pleitos pendientes: un señor de la calle de María de Guzmán, de Madrid, que padece desde hace 20 años el bullicio nocturno de unas discotecas; una señora de Raimundo Fernández Villaverde que lleva siete años sin abrir la ventana de su dormitorio por las molestias que le provoca una tienda de reparto a domicilio de comida rápida; otra mujer de Jorge Juan a la que atormentan en la azotea de enfrente unos equipos de aire acondicionado; una familia del municipio de Mejorada del Campo a la que su vecino del adosado de al lado martiriza poniendo discos compactos rayados a todo volumen como venganza… "Éste ha sido complicado de demostrar, pues el vecino apagaba el equipo de música en cuanto llegaba la policía, pero al final dos agentes se metieron en la casa de las víctimas ocultos en el maletero de un coche y pudieron escucharlo ellos mismos", apunta Pinedo.

"Ahora se ganan casi todos los casos, pero cuando empezamos era rarísimo demandar a alguien por el ruido, pues éste era considerado jurídicamente como una mera molestia, y no como un tipo de contaminación", recalca el abogado al tiempo que sus palabras son arrolladas por el estruendoso motor de un camión que pasa justo bajo su ventana. Todo empezó a cambiar con la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por el famoso caso español López Ostra. El letrado José Luis Mazón todavía se sonríe al recordar las ironías, e incluso burlas, de los tribunales españoles cuando su defendida Gregoria López Ostra, una ama de casa de Lorca (Murcia), interpuso un recurso para la protección de sus derechos fundamentales ante lo que consideraba una vulneración de la inviolabilidad de su domicilio e intimidad personal por la entrada de olores pestilentes y ruidos procedentes de una estación depuradora, construida a escasos 12 metros de su casa. La petición fue desdeñada en todas las estancias del país, hasta que llegó al Tribunal de Estrasburgo, que en diciembre de 1994 dio la razón a la murciana y condenó por unanimidad a España a compensarla con ocho millones de pesetas (48.000 euros). De golpe, se había reconocido como un derecho fundamental el no ser molestado en el domicilio particular, en una época en la que, como incide Mazón, casi nadie había oído hablar aún de un sonómetro o de cualquier aparato para medir decibelios.

El Palacio de los Derechos Humanos de Estrasburgo sería todavía escenario unos años después de otra sonada victoria contra el ruido de una nueva demandante española, esta vez una catedrática de Matemáticas de Valencia, Pilar Moreno, que reclamaba una indemnización por la entrada a la fuerza en su casa del desquiciante bullicio de la calle hasta casi el amanecer, en un barrio de San José en el que por esos años se apiñaban cerca de 200 bares de copas. El propio abogado del caso, Andrés Morey, vivía entonces en esa misma zona, en lo que hoy es su despacho, y cuenta que, si le hubiesen filmado en aquellas noches y se pusiera ahora la cinta a cámara rápida, se le vería desesperado dando vueltas entre las sábanas y moviendo la cama de una habitación a otra. En el exterior se habían llegado a medir promedios de 80 a 100 decibelios, como subraya el letrado, toda una "mascletà nocturna". El Tribunal Constitucional reconoció que debía ser considerado como ruido excesivo cualquiera prolongado que superase en el interior de una vivienda los 30 decibelios de noche y los 35 de día, pero desestimó el recurso de la valenciana por no disponer de mediciones de sonómetro de dentro de su casa. Sin embargo, en noviembre de 2004, la Corte de Estrasburgo volvió a corregir a los tribunales españoles por entender que el hecho de que la zona hubiese sido declarada ya "acústicamente saturada" por el Ayuntamiento de Valencia bastaba para tener que compensar a Moreno por daños morales por la vulneración de sus derechos fundamentales.

En el cuarto piso de un edificio de la zona de Moncasi de Zaragoza, Ignacio Sáenz Cosculluela, de 59 años, ha construido algo así como un búnker acústico: balcones insonorizados, dobles ventanas, cristales más gruesos… Es de día y, aunque fuera el traqueteo de las obras, resulta insufrible, el único sonido que perturba la calma de su casa son unos inusuales ladridos de su perro, un bóxer. Si fuese de noche y fin de semana, sus paredes empezarían entonces a retumbar por las vibraciones de la música de alguno de los más de 60 discobares de las calles contiguas: "Bum, bum, bum…". "Cuando hace calor, no me queda más remedio que asarme o abrir las ventanas y cabrearme", se exaspera el que es presidente de la Plataforma Estatal de Asociaciones contra el Ruido y las Actividades Molestas (Peacram), que especifica que cuatro pisos todavía más arriba, en el octavo, se han medido 54 decibelios en un dormitorio y 98 en el exterior.

¿Qué significa que el sonómetro marque 90 decibelios? El ingeniero técnico de telecomunicaciones Francisco Domingo, del laboratorio acústico Econatura, asegura que equivale al estrépito de un camión que pasa a escasos metros, con el agravante de que cada tres decibelios de más supone duplicar el volumen.

"Cuando empezamos a estudiar las ordenanzas municipales, pensamos que lo teníamos ganado, pues estaba claro que estos niveles acústicos rebasaban los permitidos, pero cada vez que hemos reclamado al Ayuntamiento no hemos conseguido nada", detalla Sáenz Cosculluela, hermano del que fuera ministro de Obras Públicas socialista, que también preside la asociación de vecinos La Huerva, en lucha desde hace 15 años contra esa especie de seísmo sonoro que sacude cada fin de semana estas calles. Tampoco han servido de mucho las incontables veces que, desquiciado, ha terminado marcando el 092 de la Policía Local: "Oiga, ya nos ha llamado otras veces, no hace falta que vuelva a hacerlo", asegura el presidente vecinal que suelen contestar. "Estamos indefensos, la democracia no ha llegado todavía a las zonas de ruido".

Esta misma situación de impotencia fue la que llevó a una vecina que acababa de quedarse viuda a demandar al Ayuntamiento de Zaragoza por considerar que su marido, Serafín Tabernero, había muerto de un infarto de miocardio como consecuencia del estrés producido por el ruido de dos locales cercanos contra los que no se tomó ninguna medida a pesar de las 26 denuncias interpuestas por el propio fallecido. Su abogado fue otra vez José Luis Mazón, y la sentencia dictada en enero de 2006 por el Tribunal Superior de Justicia de Aragón condenó al Consistorio a indemnizar a la viuda con 24.000 euros. Los magistrados no aceptaron que la muerte tuviese relación con el ruido, pero sí al menos con la tensión producida por verse obligado a interponer una denuncia tras otra. El Ayuntamiento deberá responder ahora a una nueva demanda de otros 55 vecinos de la asociación La Huerva.

En medio del golpeteo de pilas de platos, tintineo de botellas y conversaciones entremezcladas, el médico de Peacram Daniel Bernabéu, de 42 años, comienza a sacar gráficos y estudios científicos en una cafetería de Madrid. "En el mundo laboral está asumido ya que a partir de 80 decibelios existe riesgo de sordera, pero es que además el ruido puede generar estrés y otras alteraciones físicas", explica el médico, forzando la voz por encima del estridente murmullo. Él también sufrió durante años las noches en vela cuando vivía en el barrio de Huertas de la capital, lo que le llevó a interesarse por un campo de la salud en el que no existen especialistas. "El ruido es un agente estresante, estimula una parte del cerebro muy primitiva encargada de poner en alerta el organismo y de activar toda una serie de procesos hormonales y fisiológicos que nos preparan para la huida o la lucha", alerta Bernabéu. "A la larga, todo esto puede causar hipertensión arterial, aumento de riesgos cardiovasculares, problemas respiratorios, irritabilidad, cansancio, depresión…". El médico recorre con la mano el interior del local y llama la atención sobre los niveles acústicos: "Hay mucha gente afectada por el ruido que no lo sabe o no le da importancia, pero igual que se combate el colesterol para prevenir enfermedades cardiovasculares, se debería tener el mismo cuidado con los decibelios".

Antes de marcharse, el médico deja sobre la mesa un estudio de Cristina Linares y Julio Díaz, de la Universidad Autónoma de Madrid, y Aurelio Tobías, de la Carlos III, publicado recientemente en International Archives of Occupational and Environmental Health. ¿Su conclusión? Que el ruido constituye el factor ambiental que más influye en los ingresos de los menores de 10 años en las urgencias hospitalarias de Madrid. Los investigadores analizaron todas las admisiones infantiles en Urgencias del hospital Gregorio Marañón a lo largo de 2.192 días entre los años 1995 y 2000, y, después de contrastar los datos con las mediciones de la contaminación en el aire, los registros meteorológicos o los niveles de polen de esas mismas fechas, encontraron que el elemento más determinante no era otro que el ruido, principalmente del tráfico. "Del mismo modo que existen límites para otros tipos de contaminación, los del ruido se están incumpliendo de forma generalizada en las ciudades de todo el país y parece que no pasa nada", advierte el otorrino del hospital Puerta de Hierro de Madrid Cristóbal López Cortijo, que, aparte de advertir de las lesiones cada vez más generalizadas que acaban apareciendo con la edad en los torturados oídos de los habitantes de las urbes, recalca cómo a su consulta llegan muchos pacientes a los que tiene que derivar luego al psicólogo para tratarles el estrés o la depresión.

Prisionero en su fortaleza acústica, Sáenz Cosculluela cuenta que cada día son más los vecinos de todo el país que se suman a esta rebelión ciudadana contra el ruido, y ahora mismo llegan casi al centenar las asociaciones que integran la plataforma estatal, procedentes de Vigo, Cáceres, León, Barcelona… "Cuando nos juntamos por primera vez los afectados de distintas organizaciones en 2003, fue como si hubiésemos estado en un campo de concentración y acabasen de llegar nuestros libertadores", asevera. Para el presidente de Peacram, si bien es cierto que en los tribunales se ha ido ganando la batalla, las administraciones siguen pareciendo sordas ante lo que piensa que constituye uno de los mayores problemas ambientales del país. Los casos se multiplican por todas partes, como el de Eladio Díez, de 60 años, que no necesita asomarse por la ventana de su casa para saber qué máquinas son las que trabajan en ese momento en las obras de la calle. Este prejubilado vive en un cuarto piso de la avenida del Manzanares de Madrid y lleva cerca de año y medio soportando el martilleo constante producido por la remodelación de la M-30. "Estos golpeteos tremendos corresponden a una pantalladora, un monstruo de máquina con algo parecido a un enorme sacacorchos para hacer agujeros que aporrea cada dos por tres contra el suelo para sacudir la tierra", detalla este vecino perteneciente a la plataforma M-30 No Más Coches. En otras ocasiones, lo que se escucha es el estrépito de los camiones, las excavadoras o un artefacto especialmente temido por Díaz que cada vez que da marcha atrás suelta un pitido agudo que le perfora la cabeza, como si uno de estos gigantescos taladros girase hacia el interior de sus oídos.

Como explica este madrileño, por ser sábado, las pantalladoras comenzaron el tajo a las ocho de la mañana, pero un día entre semana estos aldabonazos a las puertas de su casa pueden abrirle los ojos a las seis y media. A partir de entonces, el recital de percusión no se detiene hasta las ocho de la tarde, momento en el que empieza una sesión nocturna especial con los camiones: "Primero dejan caer hacia atrás su carga y luego golpean con violencia sus volquetes una y otra vez para dejarlos limpios del todo". Con alguna de estas sacudidas suele ser cuando Díez estalla, ya de madrugada, y baja a la calle con otros vecinos igual de enfurecidos. "Cuando he bajado o he llamado a la policía, los propios obreros han reconocido que no tienen permiso para trabajar a ciertas horas, pero al día siguiente vuelven a estar ahí como si nada", relata crispado. "Sabemos que existen métodos para reducir estas molestias, pero trabajan hasta que los vecinos nos quejamos; está claro que para el Ayuntamiento estamos en el último lugar", se desespera este hombre, que asegura que, cuando ha sacado un sonómetro por la ventana de su casa de noche, ha medido picos de 120 decibelios con el retumbar del volquete de algún camión.

En el laboratorio ambiental Econatura, de Teruel, el ingeniero experto en acústica Francisco Domingo precisa que el ruido -"ese sonido que no queremos escuchar"- comienza a resultar molesto por encima de los 27 decibelios, una medida que suele expresarse en decibelios A (la media ponderada de cinco segundos). Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que puede resultar dañino a partir de los 65 decibelios. Con todo, para este especialista, la medición de la presión acústica resulta mucho más compleja que esto. "Parece que basta con apretar el botón de un sonómetro, pero no es así", incide rodeado del rumor de pasos apresurados, abrir y cerrar de cajones, y voces fugaces, un ambiente sonoro característico de oficina que calcula que debe de estar por los 50 decibelios. Como subraya, no sólo se trata de una cuestión de volumen, el ruido tiene una importante carga subjetiva y no afecta a todos por igual. Además, en ocasiones el afectado puede no ser comprendido simplemente porque la molestia no ha sido medida de forma correcta. "El sonómetro sólo da un valor único, una ponderación, pero el oído humano es sensible a un espectro de frecuencias que va entre los 20 y los 20.000 hercios", precisa Domingo, que plantea la siguiente hipótesis: "Tomemos una frecuencia de 50 hercios, la habitual del compresor de un frigorífico; con un sonómetro no se captará nada anormal, pero un estudio por espectro puede revelar que una familia quizá está soportando una presión acústica de 40 decibelios en su casa".

Este ingeniero ha ido por todo el país con sus aparatos de medición y guarda una insólita colección de marcas extremas registradas durante la noche: "He medido 92 decibelios en un balcón de la zona de Moncasi de Zaragoza, 60 en una vivienda con las ventanas cerradas de Teruel o 49 en otra casa de la plaza del Dos de Mayo de Madrid. Todas ellas, una auténtica barbaridad". Cuando se le pregunta a qué corresponde un pico de 120 decibelios, como los registrados por el vecino de Madrid en las obras de la M-30, afirma que es lo mismo que se oiría a unos cientos de metros de una pista de despegue.

No llega a 600 metros la distancia que separa la cama de Consuelo Elosua, portavoz de la asociación ecologista Lur Maitea, del punto en el que se levantan y se posan las ruedas de los aviones en las pistas del aeropuerto de Bilbao. Como detalla esta vasca de 49 años, que vive en una casa con jardín en el municipio de Loiu, el primer vuelo del día la despierta a las seis y media de la mañana, "ya sea laborable o festivo", y en horas punta sus tímpanos pueden ser atravesados por un avión cada diez minutos. "La casa a veces tiembla", especifica Elosua, que cuenta que no puede sentarse a leer un libro, salir a disfrutar de su jardín o hablar por teléfono sin interrumpir la conversación. "Llegas a sentir ira", se sincera. La organización ecologista Lur Maitea ha llevado a los tribunales a los ayuntamientos de los municipios colindantes con el aeropuerto, como Loiu, Sondika, Derio o Erandio, para obligarles a medir los niveles sonoros del tráfico aéreo. Como comenta Elosua, vienen alertando de los riesgos de la salud desde hace diez años y ahora quieren evitar que estos consistorios sigan concediendo licencias de construcción cada vez más cerca de las pistas. Son ya varias las sentencias a su favor.

Todavía se insiste a veces en que España es el segundo país más ruidoso del mundo después de Japón. Sin embargo, esta afirmación nunca fue cierta. Lo explica Francisco Morales, presidente de la asociación Granada contra el Ruido y responsable del portal de Internet www.ruidos.org. Este ingeniero industrial, de 70 años, se fue a vivir a Granada nada más jubilarse con la idea de volver a matricularse en la universidad y deleitarse con el estudio de la lingüística, pero la primera noche en su casa nueva ya fue incapaz de dormir por el atronador petardeo de los tubos de escape de las motos. Desde entonces, el espacio de sus estanterías reservado a los manuales de la universidad ha ido llenándose de libros sobre el ruido, y las horas de apacible estudio se han transformado en agitada lucha contra la contaminación acústica. Como detalla, lo del país más ruidoso por detrás de Japón tiene su origen en un estudio efectuado por la OCDE en 1991 (Lutter contre le bruit dans les années 90) y, si bien es verdad que España aparecía en el segundo peor puesto por detrás de Japón, la comparativa no abarcaba todos los países del mundo, sino sólo los pertenecientes a esta organización. Además, por aquella época las mediciones tampoco eran muy abundantes. "Se trata de una estimación muy burda, pero incluso sin ser cierta resultó muy útil para concienciar de la importancia de este problema", incide Morales, que tampoco entiende que se ponga como excusa de los altos niveles acústicos el buen tiempo o el carácter festivo de los españoles.

A su juicio, lo que influye de verdad para acabar con el ruido es el desarrollo, y al contrario, lo que impide silenciarlo a menudo no es sino la excesiva tecnificación de las ordenanzas. No son muchas las estadísticas realmente fiables ni las comparativas entre países sobre el impacto de este tipo de contaminación. Sin embargo, como recalca el ingeniero, un dato clarificador es el recogido en el censo de población y vivienda del Instituto Nacional de Estadística de 2001: un 30% de la población española asegura sufrir ruidos molestos en su casa. "Yo tuve que olvidarme de la universidad, pero mucha otra gente se ha visto obligada a vender su vivienda y huir de la ciudad".

Tampoco todo son ejemplos negativos. En otro punto caliente donde también se disparan los sonómetros, la plaza del Cedro de Valencia, un mediador se acerca a unos jóvenes delatados por el tintineo de las bolsas que cargan y les pregunta qué opinan de que se acaben llevando las zonas de marcha a las afueras de la ciudad por las protestas de los vecinos. El mediador no es mayor que ellos y viste una camiseta con el lema "Diviértete sin molestar". Forma parte de una campaña de concienciación de la ONG Controla Club, en colaboración con la Concejalía de Empleo de la ciudad, para transmitir a los usuarios de la noche que pueden pasarlo igual de bien sin perjudicar a los demás. "A todos nos gusta salir, pero o tomamos medidas o nos vamos a cargar este modelo de ocio", subraya Vicente Pizcueta, vicepresidente de la organización, que durante 20 años fue director de discoteca. "Tenemos que intervenir directamente allí donde se producen estos hábitos sociales, o será muy difícil cambiarlos", indica. En este ambiente nocturno queda una pregunta por responder: de todas estas formas de ruido, ¿cuál es realmente la que más molesta al ciudadano? Como explica el letrado Lluís Gallardo, representante de la Associació Catalana Contra la Contaminació Acústica (Accca), a la vez que vicepresidente de Juristas contra el Ruido, todo depende de quién conteste. Los propietarios de los bares de copas, agrupados en la asociación Empresarios por la Calidad del Ocio (ECO), que defienden que apenas un 3% de las reclamaciones vecinales contra este tipo de establecimientos terminan en expedientes muy graves, dirigen el dedo acusador hacia al pesado ronroneo del tráfico y el estrépito de las obras de las ciudades. Por su parte, las estadísticas de Accca reflejan que el 50% de las quejas que reciben tienen su origen en el "incivismo vecinal". "Cuando empezamos con la asociación catalana, todos nos trataban como una pandilla de histéricos, pero ahora se nos pide incluso asesoramiento", señala Gallardo, abogado que representa a la familia de Conchita Botey en el proceso penal contra el pub Donegal.

En la sexta planta del Ministerio de Medio Ambiente, en el despacho del director general de Calidad y Evaluación Ambiental, Jaime Alejandre, se oye por fin el silencio. La nada. En la calle, los motores rugen y las ruedas de los coches mascan el asfalto, pero, como comenta el propio director general, el edificio es de construcción antigua y tiene muros muy gruesos. Entre estas paredes se ultima el reglamento que debe desarrollar la Ley del Ruido 37/2003, un documento muy técnico y complejo que fijará los sistemas de evaluación y los métodos matemáticos para medir y limitar los niveles acústicos. Alejandre considera que la clave para combatir este tipo de contaminación urbana pasa obligatoriamente por unir la política ambiental con la ordenación del territorio. "No se puede construir un aeropuerto y luego levantar casas al lado".

Para ello, esta ley obliga a que en julio de este año todas las aglomeraciones de más de 250.000 habitantes hayan confeccionado sus mapas de ruido, lo que aportará mediciones acústicas de cada rincón de las urbes para tratar de actuar allí donde se superen los límites. "Éste es uno de los problemas ambientales más cercanos para los ciudadanos y uno de los que más impacto tienen", detalla este alto cargo, que, como consecuencia de las denuncias de centenares de vecinos, ha sido llamado a declarar como imputado en un juzgado del Prat, al igual que el director general de Aviación Civil del Ministerio de Fomento y el presidente de AENA, por los niveles acústicos causados por los aviones en Gavà y Castelldefels tras la ampliación del aeropuerto barcelonés.

Más información: www.juristas-ruidos.org, www.peacram.com y www.ruidos.org.

Desde mis ventanas

Por Javier Marías

Mientras escribo estas líneas, he aquí la situación: en la plaza vecina, y desde hace unos días, el Ayuntamiento de mi ciudad ha empezado a instalar una especie de carpa de circo metálica, enorme, de descomunal altura y muy fea (para entendernos: digna de Álvarez del Manzano), en la que se meterá, me temo, un megabelén parecido al que ya montaron hace un año y que se cargó la perspectiva de la plaza en cuestión durante mes y medio. Todo el día suenan martillazos, sierras, motores, máquinas y golpes variados en medio de un paisaje de grúas. En el edificio de enfrente, otra cuadrilla procede a levantar un andamiaje que ocupará una manzana entera, supongo que para "rehabilitar" una fachada que se ve muy saludable. Sus golpes y sus martillazos se mezclan con los de la carpa de circo. Estas dos gratuitas agresiones me han expulsado de mi casa porque en ella no hay quien trabaje ni descanse, y me he refugiado en otro piso que tengo a mi disposición, un par de plantas más abajo. Pero dos desaprensivos vecinos o caseros (el 99% de los españoles lo son) han emprendido en los suyos obras que durarán varios meses sin encomendarse a Dios ni al Diablo, es decir, sin pararse a pensar ni un segundo en el perjuicio que causan a los demás. Así que allí también se oye de todo y no hay quien pare. Pensarán ustedes que, disponiendo de dos pisos con diferente orientación, es increíble que deba largarme a un hotel. Pensarán que es un caso de mala suerte, una coincidencia excepcional.

Lo grave es que no lo es. Lo grave es que esta es una situación habitual en Madrid y también en España en general. A la hora de hacer ruido -no ya normal, sino ruido insoportable-, aquí a nadie se le ocurre pararse a pensar si puede o debe someter a tortura a sus conciudadanos para satisfacer sus caprichos. Y si digo caprichos es porque el ruido necesario -que también lo hay, a veces- es mínimo en comparación con el superfluo, con el que nos podríamos todos ahorrar. Para mí es asombroso que los Ministros de Sanidad, y sobre todo la actual, Salgado, persigan fanáticamente el tabaco y no digan una palabra sobre el daño quizá mayor, y desde luego mucho más inmediato e impositivo, que produce el ruido. (Uno puede irse de donde hay humo, pero no de donde haya ruido.) Su pasividad a este respecto es, de hecho, la prueba fehaciente de que en sus campañas contra los cigarrillos hay demagogia más que nada, y de que la salud de los ciudadanos les trae en el fondo completamente sin cuidado.

El ruido impide la vida, excepto para los que lo adoran y no pueden estarse sin él, entre los cuales se cuentan el Gobierno, las Comunidades Autónomas y casi todos los Ayuntamientos del país. El ruido saca a la gente de sus casillas, y estoy convencido de que se mataría a menos mujeres y se cometerían en general menos crímenes si España fuera algo más silenciosa, porque el ruido es una de las cosas que más ponen fuera de uno y más llevan a perder el control. Las pocas ocasiones en que he estado a punto de agredir a alguien han sido por no haber podido descansar o dormir debido al ruido y tener los nervios a flor de piel, o en creciente irritación. ¿Por qué casi nadie tiene eso en cuenta? ¿Por qué la gente española chilla lo mismo a las cuatro de la madrugada que a las de la tarde? ¿Por qué nuestras ciudades están llenas de tiendas -de ropa, frecuentemente- que, con las puertas siempre abiertas, emiten hacia la calle un continuo sonido de discoteca? ¿Por qué hay tantísimo tarado que viaja con el mismo sonido en su coche y con las ventanillas de par en par? ¿Por qué no hay fiesta o jolgorio que no consista en colocar altavoces en la vía pública de los que salga inframúsica a todo meter? ¿Por qué no se concibe la diversión sin armar una bulla que deba tragarse el resto de la población? ¿Por qué las sirenas de ambulancias, policía y bomberos suenan a una intensidad exagerada (los vehículos que deben apartarse a su paso las oirían igual a muchos menos decibelios)? ¿Por qué está el país plagado de semáforos chillones, por si acaso pasa algún ciego (no sería difícil que hubiera un botón y que lo activaran los ciegos cuando lo necesitaran)? ¿Por qué se acometen sin cesar obras no sólo monstruosas, sino absolutamente innecesarias?

Es muy difícil que la ciudadanía se refrene o modere si los encargados de proteger la salud, el descanso, el trabajo y el sueño de los demás son los que más se dedican a taladrarles los oídos, con deliberación. Hace casi cuatro años, antes de las últimas elecciones municipales, el alcalde Ruiz-Gallardón prometió que si salía elegido crearía una brigada de la Policía Municipal contra el ruido. "Implantaremos medidas preventivas y, cuando sea preciso, coercitivas. Bajo el lema Madrid, sin ruidos, el objetivo será fomentar una cultura de respeto al descanso y al sueño", dijo literalmente. Miro hacia la plaza vecina, miro hacia el edificio de enfrente, recuerdo que una de las más clásicas y consagradas formas de tortura (lo saben bien en Guantánamo) es a base de ruido. Pocas promesas electorales habrán sido tan incumplidas como esta. Madrid era desde hacía trece años (los que estuvo Manzano de alcalde) el paraíso del ruido. En los últimos cuatro (los que lleva Gallardón) se ha convertido además en el parque temático del ruido, porque los hay de todos los tipos imaginables, con la ciudad permanentemente destripada y horrenda, sin que haga la menor falta las más de las veces. Esa brigada que dijo querer crear habría tenido que ir a sancionarlo y a detenerlo a él todos y cada uno de los días transcurridos desde su toma de posesión. Y teniendo en cuenta que, según la actual Ley del Ruido aprobada por el Congreso, y que responde a una directiva europea, las multas por este concepto pueden alcanzar los 300.000 euros, el Ayuntamiento de aquí, y los de casi todas las ciudades y pueblos de España, estarían ya en la más absoluta ruina. Lo cual, además de un acto de justicia, sería una bendición, porque ya no les quedarían fondos para emprender gilipolleces ruidosas y probablemente corruptas en su mayoría, que es a lo que se dedican la mayor parte del tiempo. Como veo y oigo ahora mismo, sin ir más lejos, desde mis ventanas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de enero de 2007