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Premios Príncipe de Asturias 2006

Auster y Almodóvar reinan en Asturias

El escritor y el cineasta conversan sobre sus mundos imaginarios en un abarrotado teatro Jovellanos

El silencio, las carcajadas y las sonrisas de un público encantado eran lo suficientemente elocuentes ayer en el teatro Jovellanos de Gijón para comprobar cómo las 1.100 personas que abarrotaron la sala estaban fascinados y entusiasmados ante los que han sido auténticos reyes en Asturias esta semana: Pedro Almodóvar y Paul Auster. Los dos recogen hoy el Premio Príncipe Asturias de las Artes y de las Letras, respectivamente, pero antes protagonizaron tres encuentros jugosos y distendidos con admiradores y lectores, a los que se entregaron sin caretas ni tapujos para hablar de la vida y del arte; de sus manías y sus fantasmas; de sus rarezas y sus limitaciones; de sus familias y de cómo huyeron en busca de sus sueños hasta atraparlos sin que eso signifique que los hayan dominado todavía completamente.

Pedro Almodóvar: "Nos parecemos, él tiene pretensiones como cineasta y yo como novelista"

Paul Auster: "Sin Don Quijote o Hamlet no veríamos el mundo como lo vemos hoy"

"Nos gustamos mucho, pero apenas nos conocemos", aseguró Almodóvar ante el público de Gijón, que les recibió con un calurosísimo aplauso hacia las nueve menos diez de la noche, después de que fueran presentados por el editor de ambos, Jorge Herralde. "Nos parecemos, él tiene pretensiones como cineasta y yo como novelista", decía el director español antes de meter la pata y ganarse algún pitido que le perdonaron pronto: "Aquí en Oviedo...". ¡¡¡Buuu!!! "Perdón, Gijón...".

Tras los pequeños nervios del principio, enseguida se hicieron con el respetable. Poco a poco fueron encontrando sus similitudes, sus puntos de conexión a través de sus sueños y pesadillas, de los monstruos goyescos de la creación. "Las novelas conviven conmigo entre ocho y diez años, me acompañan", decía Auster. "Pero ya no me pasa como cuando me moría de miedo ante el atasco, ahora me relajo y sé que si una novela debe terminarse no tengo que hacer más que seguir buscando", agregaba el escritor. "Tampoco tengo miedo ya", respondía Almodóvar. "Tengo varias historias en mi escritorio y si una me falla, le soy infiel con otra", aseguraba, sentado en un decorado que simulaba un pequeño salón con butacones, libros y películas esparcidas por la mesita y la alfombra.

La ficción es para ellos una obsesión que les ha acompañado desde que eran niños. Niños desubicados, desplazados en el tiempo y el espacio, que sabían que no pertenecían al mundo de su niñez: "Siempre supe que no había nacido ni en mi lugar, ni en mi época", dijo Almodóvar. Tampoco Auster sentía que Newark (Nueva Jersey) era su refugio. "Mi padre me contó una vez una historia que cambió mi vida. Consiguió un empleo en el Laboratorio Edison y, a las dos semanas, Thomas Edison [el inventor de la luz eléctrica] le despidió al enterarse de que era judío".

Ante esos desprecios, por raza, condición, por rarezas, se sintieron siempre fuera del mundo. Les salvó la imaginación, pero también han sido conscientes de que esta virtud también es peligrosa. "Cuando hay personajes que bullen en tu cabeza y quieres saber más de lo necesario sobre ellos, te despistas, pierdes el hilo. Puedo despistarme con un camarero que sólo tiene que ofrecer agua, enseguida quiero saber cosas de él y me pierdo, ¿a ti te pasa, Paul?". "Temo al desvarío", respondió Auster. "Cuando era joven iba de una historia a otra, perdido en un laberinto, y tuve que obligarme a centrarme en una línea, me gusta configurar historias, lo hago como un collage...".

Pero para ambos es difícil el control por las propias apuestas que hacen. Los dos suelen aceptar el reto de organizar sus historias en cajas chinas, con regalos dentro para lectores y espectadores. Aunque confiesan que precisamente por eso buscan la transparencia. "Lo mismo que Fellini", aseguraba Almodóvar. "Mi reto y mi lucha como narrador es armonizar dos ideas opuestas y poder manejarlas, ser lo más transparente y claro posible frente al espectador, y pretendo que no me vea, que tenga la impresión de ver una historia en apariencia sencilla".

Van aceptando la edad a duras penas. "Cuando me miro al espejo por la mañana no me siento un referente intelectual, ni ético, ni que mi apellido se ha convertido en adjetivo, soy una persona normal, con sus manías, que a veces se enfada y que tiene que hacer régimen...". Auster, que cumplirá 60 años en febrero, está contento con esa fecha porque será cuando su nueva novela, Viaje en el Scriptorium, aparezca en Europa y se estrene su nueva película, que acaba de rodar en Portugal, The inner life of Martin Frost.

Casi dos horas departieron los dos premiados con los gijoneses. Fue un día muy duro. Auster había tenido otro baño de multitudes por la mañana en la Universidad de Oviedo, donde, ante un auditorio repleto de estudiantes, sedujo con su naturalidad y una cierta timidez espontánea. El escritor está ganando muchos adeptos en Asturias. Nunca rechaza una entrevista, un saludo, un autógrafo, las librerías de la ciudad están todas decoradas con sus libros y sus fotografías. Allí, Auster convenció con su discurso sobre el poder de la literatura sin dejar de ser fiel al mundo propio que ha creado, entre idílico y desesperado, el autor de Brooklyn Follies. "Hay personajes literarios sin los que el mundo no sería igual, como Don Quijote o Hamlet", dijo.

El ambiente fue tan bueno que los chavales le tuteaban con total naturalidad, aunque muchos le miraban con un respeto de gurú que mezclaba una curiosa sensación de confianza entre las miradas arrebatadas, sobre todo, de las lectoras. Auster dio la clave de esa complicidad cuando habló de la secreta y especial relación que le gusta imaginar entre el lector y el escritor. "Me fascina cómo dos extraños pueden conocerse y establecer una relación en términos de igualdad, cómo a través de las palabras se puede establecer una comunicación que les lleva a un mundo imaginado por uno e inventado por otro".

Esperando a papá Gates

Qué duda cabe de que hubiesen preferido al niño. Pero es que en este caso no está claro quién es el heredero de quién. El caso es que William H. Gates, padre de Bill Gates, el dueño de Microsoft y el hombre más rico del mundo -y como tal el más ambicioso en cuestiones filantrópicas-, será quien recoja el Premio de Cooperación Internacional, que recae en la Fundación Bill y Melinda Gates. Don William es copresidente de la organización benéfica y su hijo ha dicho, según Graciano García, director de la Fundación Premios Príncipe de Asturias, que no quiere robar protagonismo a su padre y que éste se merece un día de gloria en Oviedo porque es quien más duro trabaja por la fundación.

Así que, según la organización, no hay polémica sobre el fastidio que supone que Bill Gates no esté hoy en Oviedo, a pesar de que cuando le comunicaron que le iban a dar el premio dijo que vendría. Como en este caso el galardón está dirigido a la fundación para la que Gates ha donado ya 10.500 millones de dólares (más de 8.300 millones de euros) en su lucha contra enfermedades que asuelan el planeta, puede ser recogido por cualquiera de sus presidentes. El magnate de la informática ha prometido, en cambio, que se acercará en noviembre por Oviedo a dar una conferencia en la universidad.

Hubo a lo largo de los últimos años otros premiados que no acudieron a la ceremonia, caso del atleta Carl Lewis o del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. No está escrito que se retiren los premios que no se vienen a recoger personalmente, pero sí existe un compromiso de palabra que, salvo razones de fuerza mayor, compromete a los premiados a acudir para que la ceremonia no quede deslucida por ausencias importantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de octubre de 2006

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