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Reportaje:VIAJES CON HISTORIA

El silencio de Corleone

De esta villa agrícola de 11.000 habitantes han salido los jefes más feroces de la Mafia siciliana: desde el sanguinario Totò Riina hasta el último padrino, Bernardo Provenzano, detenido en abril en una casa de pastores. ¿Qué tiene Corleone para haberse convertido en símbolo del crimen?

En una calurosa tarde de finales de primavera, los pasillos del Palacio de Justicia de Palermo están desiertos. Como casi todos los domingos, el fiscal anti-Mafia Michele Prestipino trabaja en su despacho con la ventana blindada entreabierta mientras en la puerta le esperan cuatro guardaespaldas, con sus armas apenas, o nada, disimuladas. Los agentes le siguen, walkie-talkie en mano, incluso cuando se desplaza dentro del edificio, uno de los más protegidos de Italia. Prestipino, de 48 años, llegó a la capital de Sicilia en 1996 con un objetivo principal: capturar a Bernardo Provenzano, el jefe de la Cosa Nostra, en fuga desde 1963. El pasado 11 de abril, el Boss fue detenido en un chamizo de pastor a unos pocos kilómetros de su ciudad natal, un lugar mítico que se ha convertido en sinónimo de Mafia, de temor y de silencio: Corleone. Los domingos de Prestipino demuestran que, pese a la caída del último padrino, la lucha prosigue, pero en esta localidad de la Sicilia interior muchas cosas han cambiado desde los años noventa, cuando estaba en su apogeo el terror de los Corleoneses, la familia más violenta de la Cosa Nostra, que exterminó a todos sus rivales mientras llevaba a cabo una lucha terrorista contra el Estado italiano, que tuvo su momento más aciago en los asesinatos de los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino.

La mafia no es sólo crimen, sino mentalidad y cultura muy arraigadas

Antes era inconcebible. Ahora ya se pueden dar paseos por la noche

"Cuando éramos pequeños, esto era inconcebible, algo imposible de hacer", asegura un corleonés mientras camina de noche, tras haber tomado una cerveza en Strange Days, el bar de moda entre los jóvenes alternativos. Se refiere a algo tan sencillo como una passeggiata nocturna. "De noche ocurrían muchas cosas que no debíamos ver: sombras, movimientos, susurros que no convenía escuchar. Por eso no nos dejaban salir nunca tras el anochecer", explica. "Corleone es ahora un lugar en el que me sentiría más seguro que en Mondelo, en Bagheria o en algunos barrios de Palermo", señala por su parte John Dickie, profesor de la Universidad de Londres y autor del excelente libro Cosa Nostra. Historia de la Mafia siciliana (Debate). Emplazada 60 kilómetros al sur de Palermo, situada entre montañas en un oasis de trigales en medio de tierras de pastores, esta ciudad ha sido el símbolo de la Mafia desde hace mucho tiempo. Pero, en parte por el aumento de turistas que vienen tras las huellas de El Padrino, en parte por la estrategia de la inmersión decretada por Provenzano, que trató de hacer invisible el crimen organizado tras su época más sangrienta, que provocó una respuesta sin precedentes del Estado italiano, y en parte por la valentía del movimiento anti-Mafia, que ha ido ganando cada vez más espacios, el silencio de Corleone es mucho menos estruendoso.

"Las cosas han cambiado. Antes tenía miedo de hablar de la Mafia, siempre miraba a mi alrededor. Ahora me siento mucho más libre", afirma el corleonés Leo Cirasola, de 37 años, uno de los nueve fundadores de la cooperativa Placido Rizzotto, que cultiva tierras incautadas a la Mafia y cuyo producto estrella son las pastas de agricultura ecológica Libera Terra, que, con la frase "De las tierras liberadas a la Mafia", se venden en los supermercados Coop de toda Italia y también en Sicilia. "Corleone ha producido los jefes más feroces de la Mafia siciliana desde los años cincuenta hasta los noventa; pero aquí también se ha desarrollado un fuerte movimiento anti-Mafia desde principios de siglo", explica el historiador y líder anti-Mafia Dino Paternostro, de 53 años, antiguo corresponsal de L'Ora (el histórico diario siciliano, ahora desaparecido) y de La Repubblica en Corleone, director del diario digital www.cittanuove-corleone.it y autor de numerosos libros sobre su ciudad y la lucha contra la Cosa Nostra. Paternostro, que se mueve sin escolta, aunque le quemaron el coche en enero, es un tipo extraordinariamente simpático, que engancha pitillo con pitillo mientras se detiene a conversar con gran parte de las personas con las que se cruza en la calle. Habla con pasión de las dos figuras que trataron de organizar a los campesinos contra los mafiosos, que eran el brazo armado de los propietarios de las tierras: Bernardino Verro, asesinado en 1915, y Placido Rizzotto, asesinado en 1948. Verro tiene una placa en el lugar donde fue asesinado de 14 disparos de lupara (la escopeta de dos cañones que ha sido el arma tradicional de los hombres de honor; de hecho, Provenzano tenía una en su escondrijo). Paternostro relata que el Ayuntamiento tardó seis años en autorizar la colocación de la placa porque ponía "asesinado por la Mafia", algo que, en unos tiempos en que los mafiosos, los políticos y los jueces estaban muchas veces compinchados, nunca se demostró en los tribunales. Placido Rizzotto tiene un busto frente al Ayuntamiento, y su nombre está en esos paquetes de pasta que simbolizan el terreno conquistado al chantaje y al miedo.

El peso del pasado sigue siendo grande. Los corleoneses no tienen ningún problema en mostrar lugares de su ciudad relacionados con la Mafia: la vivienda familiar de Provenzano en la parte nueva, vacía desde la mañana de la captura; el chamizo en el que fue detenido el capo, en una calle campestre situada a unos tres kilómetros del centro llamada Montagna dei Cavalli; el extraño edificio en el que tiene su sede la Guardia di Finanza, con un intento de jardín japonés a la siciliana y una fachada ostentosa; nada extraño, ya que se trata de una vivienda incautada a Totò Riina, el más cruel de los jefes corleoneses, que cumple varias condenas a cadena perpetua desde 1993 por su implicación en 150 asesinatos, 40 de ellos cometidos personalmente; o la casa donde se escondió Luciano Leggio, el primer padrino corleonés, situada en la parte baja, junto al riachuelo. Pero evitan pasar y, desde luego, piden que no se fotografíe la casa en la que vive todavía la mujer de Riina, situada en la zona alta de la ciudad.

Este tipo de escenarios pueden encontrarse en numerosos lugares de la isla más grande del Mediterráneo, pero ninguno ha quedado tan marcado por su pasado como Corleone. El fastuoso y decadente Grand Hotel et des Palmes de Palermo es recordado sobre todo porque es el lugar donde Wagner terminó de escribir su última ópera, Parsifal, y mucho menos porque allí, el 1 de octubre de 1955, se celebró la reunión, convocada por Lucky Luciano, con la que las mafias de las dos orillas del Atlántico sellaron su alianza.

La cuestión está en saber por qué Corleone, una villa de 11.400 habitantes, con un 15% de paro y cuya economía depende en un 70% de la agricultura, una ciudad tan machacada por los invasores, la emigración, la Mafia, las guerras, el silencio y la pobreza como cualquier otra del interior de Sicilia, se ha convertido en sinónimo de Cosa Nostra; por qué Mario Puzo eligió este nombre para la familia protagonista de El Padrino, por qué los turistas se fotografían junto al cartel del pueblo, rodeado de chumberas; por qué la familia que ha dominado la Mafia en los últimos 30 años, con Luciano Leggio, Totò Riina y Bernardo Provenzano, proviene de allí. Como en la película de Giuseppe Tornatore Cinema Paradiso, en la plaza del pueblo vive un loco, y mujeres de negro escrutan la calle desde los balcones mientras los jubilados, todos con coppola, la tradicional gorra siciliana, pasan las tardes en los bancos conversando, en el dialecto local, trufado de palabras españolas, de los temas que ocupan la vida pública: el escándalo del fútbol italiano, la constante caída de los precios del campo (sobre todo de la uva y el trigo) ahora que se acerca la cosecha, la falta de trabajo y la emigración de los jóvenes (antes a Alemania, ahora al norte de Italia), y si, tras las elecciones regionales, por fin se va a empezar a construir la autovía con Palermo (ahora, 60 kilómetros se recorren en una hora). Una de las cosas más impresionantes de Corleone, una ciudad situada entre dos extrañas montañas, como dos icebergs de roca, una de las cuales tiene un convento encima, es la cantidad de casas abandonadas que hay en el centro: en un siglo ha llegado a perder la mitad de sus habitantes, aunque nadie lo diría por los horribles edificios de varios pisos que se levantan en la parte nueva, un mal común en Sicilia, empezando por Palermo: no se puede olvidar que la Mafia ha hecho gigantescos negocios con el ladrillo. De hecho, los problemas de infraestructuras que padece la isla tienen muchas veces su origen en el control que tiene la Mafia sobre el sector de la construcción y en que el dinero desaparece antes de acabar la obra.

Los corleoneses se toman a veces con resignación, otras con buen humor y algunas con un mal disimulado malestar el interés que despierta su ciudad, aunque cada vez tienen más claro el beneficio turístico que pueden sacar de su pasado y de su mito. El bar-pastelería situado frente al Ayuntamiento, que fabrica unos estupendos dulces de almendra y un famoso licor de hierbas, Amaro -marca El Padrino-, está decorado con fotos de la película de Francis Ford Coppola, y cuando asoman turistas ponen, ante el hastío o las risas de los parroquianos, la famosa música de Nino Rota (uno de los tres hermanos que lo regentan también la tiene como sintonía del móvil); pero a la vez despotrican cuando los periodistas se ponen a hacer preguntas. "La gente se cree que aquí todo el mundo anda con la lupara y la coppola", exclama el padre Calogero Giovinco, párroco de San Leoluca y el sacerdote más respetado de la villa, que llegó a Corleone hace 31 años. "Es una ciudad con gran tradición histórica, pero sólo es conocida por la Mafia. Hay muy pocos pueblos que tengan dos santos, san Leoluca y san Bernardo, y un beato", insiste el enérgico sacerdote, que ha creado un museo etnológico dedicado a las tradiciones locales. "El bien y el mal… Éste es un país extraño…".

"Algunos se avergüenzan de decir que son de Corleone", afirma Francesca Paola Miata, profesora jubilada y actualmente vicepresidenta del Centro de Investigación de la Mafia y la anti-Mafia (CIDMA), que tiene su sede a unos pocos metros del Ayuntamiento. "Mis padres son de Corleone, yo se lo digo a todo el mundo y algunos me dicen: 'No lo parece'. '¡Cómo que no lo parezco!', respondo. Hay gente que se cree que todos somos mafiosos. Somos personas normales y honradas. Estoy orgullosa de haber nacido aquí, un pueblo que tiene unos hijos estupendos", agrega entre carcajadas. "Existe un mito, pero si hay humo, es que ha habido fuego", señala Maria Concetta Pinzolo, de 53 años, dueña de la librería situada frente al Ayuntamiento, que ofrece en su escaparate bastantes libros sobre la Cosa Nostra. "No es que seamos mafiosos y delincuentes. Hay de todo, como en todos los pueblos del mundo, pero nosotros hemos tenido la desgracia de que nazcan aquí esos señores. Como en tantas ciudades del sur, el principal problema es la falta de trabajo. Nadie se acuerda de los sicilianos", agrega. La renta de Sicilia es casi tres veces inferior a la de las regiones más ricas de Italia, como Lombardía (60% de la media de la renta per cápita de la UE frente al 160%), mientras que el paro es cuatro veces superior (17,2% frente al 4%).

Algunos cálculos locales, imprecisos pero basados en la sabiduría popular, aseguran que actualmente puede haber unas 250 personas relacionadas con la Mafia en Corleone. En su libro Cadáveres excelentes. La Mafia y la muerte de la primera república italiana, una estupenda investigación sobre la Cosa Nostra en la segunda mitad del siglo XX, el historiador estadounidense Alexander Stille asegura que el consenso popular en Sicilia situaba en los noventa entre "5.000 y 6.000 el número de mafiosos juramentados, mientras que entre 100.000 y 200.000 familias (en una isla de cinco millones de habitantes) dependían directamente de alguna forma de actividad ilegal de la Mafia". El juez Giovanni Falcone da una cifra similar, aunque con muchas cautelas: "Hay probablemente más de 5.000 hombres de honor", escribe en su libro Cosas de la Cosa Nostra (Barataria). Pero, como explica en su despacho de Palermo el fiscal Michele Prestipino, la Mafia no es sólo una cuestión de amenazas y violencia, sino que ha llegado a convertirse en una cultura muy arraigada en la sociedad. "El poder de la Cosa Nostra no deriva de su fuerza militar, sino del control social que ejerce sobre el territorio en el que se desarrolla. Su objetivo es sustituir las reglas del Estado por las suyas, y cuanto más lo consiga, más fuerza tendrá", señala Prestipino, quien da ejemplos concretos: si hay que recurrir al mafioso para conseguir un puesto de trabajo o para recuperar un coche robado, entonces su poder es grande.

Y aquí lo fue durante mucho tiempo. "Corleone se convirtió en el símbolo de la Cosa Nostra porque el fenómeno mafioso no se ha limitado a crear un grupo de criminales, sino que ha llegado a crear una mentalidad difusa y unas costumbres sociales utilizadas por parte de la clase dirigente y de la clase política, que no es nada fácil erradicar", asegura en una conversación telefónica el profesor de la Universidad de Palermo Giuseppe Carlo Marino, autor de Historia de la Mafia. Un poder en las sombras (Ediciones B).

Este poder ha dominado Corleone durante más de medio siglo y ha dejado una profunda huella en la memoria colectiva: como Transilvania, es un lugar que se identifica con el miedo. Y en el pasado, a diferencia de lo que ocurre con la bella región rumana crisol de culturas europeas, no sin razón. Dos de los mejores libros de viajes sobre Sicilia ofrecen descripciones muy poco reconfortantes de la ciudad. "En este mundo, uno se topa ocasionalmente con un lugar cuya presencia física y la atmósfera que destila encaja de alguna forma con su reputación por acontecimientos siniestros. Corleone es una ciudad así", escribe el gran viajero británico Norman Lewis, fallecido en 2003, a los 95 años, en La Honorable Sociedad. Publicado por primera vez en 1951, este libro ofrece una profunda descripción de la Mafia y del tejido social en el que nace. "Un total de 153 asesinatos tuvieron lugar en Corleone entre 1944 y 1948, el índice de asesinatos de esta ciudad de 18.000 habitantes es seguramente el más alto del mundo. Hombres y mujeres visten perpetuamente con ropas negras, gastadas por viejas tragedias; por un padre, cinco años; por un hermano, tres; por un hijo, tres… una acumulación de duelos que nunca puede terminar. Sus calles transpiran el dolor de esta gente", prosigue Lewis. Cuarenta años después, el australiano Peter Robb regresa a Corleone en su monumental Medianoche en Sicilia (Alba Editorial), un relato de viajes que mezcla la historia, la observación, la gastronomía, los personajes, la política, la literatura y la sombra de la Mafia para componer un fresco impresionante de la isla. Robb llegó en los tiempos de máximo terror mafioso. "Quizá Corleone no me hubiera dejado tan helado si el autobús no hubiera llegado a la hora de comer", escribe. "El pueblo parecía muerto, pero había gente detrás de las persianas. Corleone se volvía más pobre y decrépito cuanto más se acercaba uno al río", prosigue Robb, quien relata cómo, al entrar en un bar y pedir una cerveza, 12 cabezas se volvieron a mirarle y todas las conversaciones se callaron. Poco después, el escritor tiene un encuentro de esos que producen escalofríos, incluso cuando se recuerdan años después: se cruza con Giovanni, el hijo de Totò Riina, una especie de Nicu Ceausescu versión Cosa Nostra, que acabó detenido por el secuestro y asesinato de un niño de 13 años, raptado a los 11 y estrangulado tras dos años de sufrimientos (su crimen eran las cuentas pendientes de su padre).

Aquellos que vayan en busca del Corleone de Lewis y Robb encontrarán vestigios, relatos si tienen suerte, tiempo y paciencia, pero esa ciudad del silencio ya no existe. En una definición que sigue siendo ampliamente citada, Norman Lewis propone un origen de la palabra Mafia proveniente del término árabe idéntico que significa lugar de refugio. Sicilia ha sido una isla barrida y maltratada por los invasores extranjeros, que, salvo árabes y normandos, fueron nefastos. El origen de la Mafia estaría en una forma de autodefensa frente a los extranjeros, sobre todo españoles y franceses: el principio era que si la ley es injusta, mejor solucionamos los problemas entre nosotros. El mito estaba tan arraigado que el mayor novelista siciliano, Fernando Sciascia, escribió: "Luchar contra la Mafia era en cierta medida luchar contra nosotros mismos". Pero, como explica el historiador Giusseppe Carlo Marino, "la Mafia nace en la organización social derivada de la economía del latifundio". Los mafiosos eran los gabellotti, los burgueses que ayudaban a los grandes propietarios a gestionar los campos que trabajaban los campesinos sin tierra por una miseria. No eran Robin Hood: los mafiosos siempre han robado a los pobres para dárselo a los ricos. "Una de las descripciones más impresionantes de Corleone la hizo el periodista Adolfo Rossi cuando visitó la ciudad en 1893. Rossi relata el momento del reparto del trigo. El patrón se queda con la mitad y da al campesino la otra mitad. Pero luego le va quitando trigo por diferentes razones, como el pago del aceite para las lámparas. Al final se queda con un puñado, con el que debe hacer la pasta para su familia. Apoyado en el mango de madera de guadaña, una lágrima recorre el rostro del campesino", relata, emocionando como si hubiese visto la escena, Dino Paternostro.

Las cosas tardaron mucho en cambiar. Los campesinos jubilados que pasan las tardes en los bancos de la plaza de Falcone Borsellino, en el parque o en el club de pensionistas se niegan a hablar de la Cosa Nostra -"con nosotros nunca se metían, resolvían los asuntos entre ellos"-; pero, sin dar nombre ni apellidos (la desconfianza ante el extraño sigue estando arraigada), cuentan historias del campo: "No teníamos ni cuarto de baño". "Nos levantábamos a las cuatro, trabajábamos toda la jornada y a veces teníamos que dormir en las tierras porque no nos daba tiempo a volver a casa".

En sus momentos de máximo apogeo, la Mafia aglutinaba todos los poderes y encontró su máximo exponente tras la II Guerra Mundial en el doctor Michele Navarra (era hasta el médico). Su mausoleo, uno de los más impresionantes del cementerio de Corleone, demuestra el poder que llegó a alcanzar, tanto que, según cuenta una leyenda que John Dickie, entre otros autores, califica de falsa, los estadounidenses recurrieron a él, entre otros jefes de la Cosa Nostra, para que les ayudase en la invasión de la isla en 1943. Navarra era una Mafia rural, ligada a la tierra, pero las cosas cambiaron mucho con su lugarteniente, Luciano Leggio, que acabó ordenando su asesinato en lo que se convertiría en una marca de los Corleoneses: liquidar a todos los que pudiesen convertirse en una oposición. "Fue uno de los más brutales jefes que haya conocido la Cosa Nostra", explica, ante una foto de Leggio en el tribunal, esposado y con gafas, vestido con un traje impecable, Gino Felicetti, de 40 años, un corleonés que creció en el Reino Unido y que regresó hace 15 años.

En tours organizados por el Centro Anti-Mafia, Felicetti enseña los lugares emblemáticos de la Cosa Nostra a turistas, en su mayoría estadounidenses, y muestra una y otra vez el lado más brutal de la organización. Frente a una foto de Letizia Battaglia (la editorial Cahoba acaba de publicar un libro con sus imágenes, Crónicas mafiosas, con textos de Joan Queralt) que muestra a un joven ante el ataúd abierto de su padre, al que le han disparado en la boca, Felicetti explica a tres visitantes: "La población vivía aterrorizada".

La Mafia de Leggio se dedicaba a la construcción, al tráfico de drogas y de seres humanos, a los secuestros, a la extorsión (el famoso Pizzo) y, por encima de todo, al terror. Los beneficios eran tan increíbles e imposibles de blanquear que la policía descubrió pisos con todas las habitaciones llenas de billetes. Totò Riina, el sucesor de Leggio, y su entonces lugarteniente, Bernardo Provenzano, alcanzaron un nivel de brutalidad en su guerra contra el Estado italiano hasta entonces desconocido; pero acabaron siendo víctimas de sus excesos. Tras los asesinatos en 1992 de Falcone y Borsellino, los dos jueces que investigaron a fondo la Cosa Nostra aprovechándose de los arrepentidos que decidieron romper la omertá ante la muerte que les rodeaba (familias enteras eran exterminadas), se hizo más fuerte que nunca el movimiento popular anti-Mafia.

Uno de sus símbolos fue el rostro de Rosaria Schifani, la viuda de uno de los cinco escoltas asesinados junto a Falcone y su esposa por una bomba en la autopista de Palermo al aeropuerto. "Hombres de la Mafia, os perdono, pero tendréis que arrodillaros", exclamó Schifani en unas palabras que se convirtieron en un símbolo. La sociedad italiana respondió. Riina acabó en la cárcel, y la primera República italiana se hundió en el fango de su corrupción y de sus lazos con la criminalidad organizada (el partido que había dominado el país desde la II Guerra Mundial, la Democracia Cristiana, desapareció). Provenzano, como nuevo boss desde 1993, puso en marcha la "estrategia de la invisibilidad o de la inmersión". Se acabaron los cadáveres excelentes, las matanzas; la Cosa Nostra tenía que hacerse invisible para sobrevivir, volver a dar garantías a los encarcelados (ayudas a las familias, nada de exterminios) para que respetasen la omertá, comunicarse con los pizzini (papeles que pasaban de mano con mensajes), los hombres de honor debían vivir con austeridad…

El jefe de policía de Corleone, Gianfranco Minissale, de 34 años, no recuerda cuándo fue el último asesinato mafioso; sin duda, hace más de una década. "Eso no significa que la Mafia no siga ahí, pero la ciudad está mucho más tranquila y habitable", explica. Ahora, con Provenzano, el último de los jefes Corleoneses, cumpliendo varias condenas perpetuas, nadie sabe lo que va a pasar, qué hará la Cosa Nostra para sobrevivir. "Es una pérdida de la que la Mafia no se recuperará, el próximo capo ya no tendrá la experiencia de alguien que controla los canales políticos, sociales y económicos, pero también a los pastores", explica el ex alcalde de la ciudad, Pippo Cipriani, que impulsó las expropiaciones de los bienes mafiosos y todavía tiene escolta.

"Tenemos indicios, pero es muy difícil saber cuál será el futuro equilibrio en la Cosa Nostra. Tenemos datos que indican que la captura de Provenzano ha creado grandes problemas. No será fácil reemplazarlo", explica el fiscal Prestipino. "Es el último representante de los capos que organizaron y ganaron la guerra contra la Mafia de Palermo. Tenían un sentido muy territorial de la Cosa Nostra. Eran personas muy particulares: un confidente nos dijo que si Riina y Provenzano tenían una diferencia, se sentaban en una mesa y no se levantaban hasta que no la solucionaban", prosigue el fiscal en su despacho, lleno de expedientes. "La Cosa Nostra se encuentra tocada por los arrestos, debilitada; el problema está en saber cuánto. Hay que atacar las raíces del problema, y combinar las acciones policiales con las medidas sociales, con la inversión en recursos".

El silencio que se rompió primero en Palermo y luego en Corleone no regresará. El fantasma de Corleone, como se conocía a Provenzano durante su fuga, está encarcelado en una prisión de alta seguridad, y las passeggiate nocturnas se han convertido en algo habitual. Quizá Corleone, y la isla, llegue algún día a ser más fuerte que su leyenda; quizá el movimiento antiextorsión que se está organizando en el centro de Palermo (www.addiopizzo.org) consiga ganar más espacios para la sociedad. Pero, mientras tanto, el fiscal Prestipino vive en un búnker, siempre escoltado y con su familia en un lugar seguro lejos de Sicilia. Los fantasmas siguen ahí, ajenos al bullicio turístico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de agosto de 2006