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Reportaje:GRANDES REPORTAJES

En busca de otra vida

La inmigración es el fenómeno más extraordinario que ha vivido España en los últimos años. Sin embargo, son los trabajadores procedentes de África quienes ponen en riesgo su vida para llegar hasta aquí. Durante dos años, el autor de estas imágenes ha retratado la ruta que siguen en su camino a Europa.

Cuando Ildefonso Sena recuerda aquella mañana, todavía le parece que el viento de Levante estremece su rostro. Se había despertado temprano movido por la llamada telefónica de un guardia civil que le avisaba de la presencia de un cadáver en una patera abandonada en la playa de Los Lances, en el término municipal de Tarifa. Se vistió deprisa, comprobó que su cámara fotográfica estaba en orden y acudió al lugar de los hechos. El día había amanecido gris, como es frecuente en la zona del Estrecho. Y soplaba el levante. Era el 1 de noviembre de 1988, festivo, víspera del Día de Difuntos. Ildefonso retrató aquella mañana el primer cadáver de un inmigrante llegado en patera a la costa española.

"Las migraciones sólo sirven para desarrollar lo ya desarrollado"

"Nos anunciaron una marcha negra y el vaticinio se cumplió"

Aquella imagen tuvo una gran difusión. Ildefonso trabajaba como fotógrafo del Diario de Cádiz. Llegó a la playa y observó a cierta distancia un cuerpo sin vida cubierto de tierra y algas. Unos metros más allá descansaba varada una patera. Un capitán de la Guardia Civil le pidió que hiciera de traductor en francés ante cinco marroquíes que habían encontrado perdidos y ateridos de frío en la playa. De la conversación se dedujo que la patera había salido la noche anterior desde Tánger con 23 hombres en su interior y que, por un error de cálculo del patrón propiciado por el temporal que se había desatado, procedieron al desembarco antes de tiempo y zozobraron. La jornada terminó con la noticia de aquella muerte y la desaparición de 18 magrebíes en las aguas del Estrecho.

Un colega suyo, Isaías Bueno, cámara de TVE, acudió también a la playa, pero llegó tarde. El cadáver había sido levantado y enviado al depósito. Por un exceso de celo profesional se dirigió a ese lugar y convenció al funcionario de que le permitiera grabar unas imágenes del fallecido. "Allí estaba yo grabando como un gilipollas, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. Tenía 20 años menos. Hoy no haría una cosa así. Desde entonces, desgraciadamente, he grabado muchas imágenes de este tipo, he filmado cómo les enterraban en su pueblo natal, he viajado en patera con ellos cruzando el Estrecho, he visto a hombres besar las botas de un guardia civil llorando para que les dejaran irse. Todos los miles de horas que he grabado me han ayudado a entender la vida de otra manera. Pensaba muchas veces que sólo hacía mi trabajo y que esas imágenes ayudarían a la gente a sensibilizarse por el fenómeno de la inmigración, pero luego me he dado cuenta de que no se ha avanzado mucho. Todo sigue siendo igual. La respuesta sigue siendo la misma: cierre de fronteras y repatriaciones".

Desde aquel Día de Todos los Santos, la inmigración se ha convertido en el fenómeno más extraordinario que ha experimentado nuestro país, un fenómeno que ha alterado las previsiones demográficas y que ha cambiado radicalmente el perfil de la sociedad española. En aquella fecha, el número de residentes extranjeros en España apenas superaba el medio millón. El último dato del Instituto Nacional de Estadística cifra el censo de inmigrantes en una cantidad superior a los cuatro millones. Buena parte de estos residentes han llegado para establecerse definitivamente en España, con un proyecto de vida futura bajo el brazo. Están siendo los padres de unos nuevos españoles, serán el origen de una diversidad nunca experimentada en esta tierra, gente numerosa procedente de América Latina, de Europa, de Asia… y también de África. Pero África, sin embargo, tiene otra característica: desde aquel día víspera de Difuntos de 1988, quienes vienen de ese continente han protagonizado casi en exclusiva la imagen del drama migratorio.

Las fotos, las imágenes del sufrimiento, de la muerte flotando en el mar, de los seres humanos ateridos de frío, de los jóvenes que se dejan la piel entre los alambres de espino de las vallas, de las travesías inhumanas en naves artesanales, de las rutas a pie por el desierto, de los niños atrapados bajo las ruedas de los camiones que cruzan la frontera, les pertenecen a quienes proceden de África. Ellos han generado cientos de portadas y horas de telediarios. Han sido la imagen de la inmigración, puede decirse que contra su voluntad porque, como afirma Francisco Lera, coordinador de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, "la patera ha sido un fenómeno secundario, la cara más amarga. Se podrían haber adoptado políticas más favorables para estos países y ese drama habría disminuido. Si tenemos en cuenta que los subsaharianos, por ejemplo, apenas suman el 5% del total de inmigrantes en España, se podrían haber establecido cupos con sus países de origen. Lo malo es que estas imágenes del drama han servido para justificar políticas de reducción y de endurecimiento de las leyes".

A la luz de los datos, la conclusión es dura. En el periodo comprendido entre 1989 y 2002 habrán muerto o desaparecido cerca de 10.000 personas en el intento de entrar en territorio español desde Marruecos, según un estudio elaborado por el Consorcio Euromediterráneo para la Investigación Aplicada sobre Inmigración Internacional (CARIM), un estudio financiado por la Comisión Europea y hecho público en septiembre de 2005. Sin embargo, a pesar del aumento de las detenciones, de la ristra de fallecimientos, del fortalecimiento de las fronteras europeas en el sur de España, en Canarias, en Ceuta y Melilla, el flujo migratorio busca y encuentra nuevos lugares, nuevos itinerarios. El drama continúa. Y las imágenes se repiten año tras año.

"No me siento cómodo con esas fotos", asegura rotundo Gabriel Delgado, responsable de inmigración en el obispado de Cádiz y Ceuta, un hombre que ha vivido de cerca ese fenómeno desde el año 1993, cuando la llegada diaria de pateras se había convertido en un asunto de relieve internacional, de la misma manera que hace unos meses, ante las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla, se concentraron medios informativos de todo el mundo para ser testigos de las avalanchas humanas para saltar a Europa.

"Esas fotos", insiste Delgado, "no reflejan lo que es la emigración. La fuerza de esas imágenes arrastra a concluir que hay que ligar inmigración a pateras, a cruce del Estrecho. No es objetivo ni riguroso, y además conduce a diferentes tipos de discursos, desde la necesidad de combatir a las mafias hasta la realidad de unos pobres entre los más pobres. Esas imágenes terminan conduciendo al discurso de la seguridad frente al de la libertad. Acentúan los discursos duros". "La realidad de la inmigración en España", explica Delgado, "es mucho más amplia, significa la presencia de hasta 90 nacionalidades en Cádiz, una inmigración plural, la mayoría formada por gente que trabaja de forma regulada".

Por ese motivo, Delgado ha evolucionado su discurso frente a ese fenómeno. "El tiempo de la acogida pasó", dice. "Estamos en otro tiempo, el de construir juntos. No hemos de ser competidores, sino socios. No debe haber diferencias de ciudadanía y de derechos. No debe haber ciudadanos de segunda. Nuestro esfuerzo se dirige ahora hacia la integración, aunque, desde luego, no vamos a olvidar la emergencia humanitaria. No se debe tratar al emigrante como a un pobre que necesita ayuda. Es un trabajador que tiene derechos. Por eso formamos a los inmigrantes en nuestras casas enseñándoles oficios que les pueden ayudar en el mercado laboral, les damos asistencia jurídica, les enseñamos nuestro idioma para que se puedan adaptar rápidamente". Gabriel Delgado muestra las últimas generaciones de subsaharianos que se encuentran en la Fundación Tartessos, que él dirige. Allí trabajan aprendiendo el oficio de la albañilería: construyen tejados, tabiques, aprenden todo lo necesario para ingresar con propiedad en el mercado laboral.

Los inmigrantes africanos conocen perfectamente cómo son las condiciones de su trayecto hacia Europa. Saben de la dureza del camino, de los riesgos que aguardan en su itinerario. Ven la televisión y tienen comunicación con aquellos compatriotas que han logrado dar el salto. Puede que exista una distorsión que algunos estudios califican como el "mito migratorio" según el cual los medios de comunicación presentan una visión deformada y en cierto modo idílica de la vida occidental. Esos estudios concluyen que es un efecto perverso de la globalización. Pero, como señala la Organización Mundial de las Migraciones (OIM), la emigración irregular está estimulada por un exceso de demanda de mano de obra barata y poco cualificada en Europa y por una economía sumergida que también requiere una fuerza laboral irregular.

En ese sentido, África no ha encontrado otra salida. La OIM apunta que cuatro son los factores que empujan a las jóvenes generaciones africanas hacia Europa: la pobreza general del continente, sus altas tasas de natalidad en unas condiciones de ausencia de cualquier sistema que les garantice la educación y la salud, unas condiciones de vida ambiental que empeoran por efecto de la desertización y la deforestación galopante del continente y, finalmente, un sinnúmero de conflictos y guerras. El 40% de los 830 millones de africanos vive con menos de un dólar al día.

Delgado está satisfecho de cómo la Iglesia se ha implicado en ese lugar concreto de España, donde el obispo de Cádiz ha asistido, puntual y rigurosamente, a todos y cada uno de los entierros de emigrantes que se han producido en la provincia. "África es la zona con más conflictos del mundo, y las migraciones no sirven para arreglar ese problema, sino para desarrollar lo que ya está desarrollado. Estos hombres vienen porque hay una demanda. Forman parte de la estructura económica impuesta por un sistema liberal. Son trabajadores que acuden a un mercado laboral, a mejorar su calidad de vida y a disfrutar de un bienestar social del que carecen en sus países".

Por ese motivo, Gabriel Delgado cree que hay que modificar el discurso de la simple acogida. "No es anecdótico que no haya capacidad para venir regularmente desde África. Por eso nosotros estamos trabajando regularmente en Marruecos para favorecer otro tipo de inmigración", señala. "No se ha planteado un discurso de frontera europea y de política europea, se habla de conferencias con países africanos que no acaban de celebrarse. El discurso del codesarrollo es un mito. Ellos invierten y consumen aquí, ayudan a que nuestra sociedad sea más rica. La inmigración no es una respuesta para sus países. El problema es cuando se hace un drama y nos acostumbramos a ese drama".

La emigración africana ha dejado su huella en la zona del Estrecho, el primer punto fronterizo por donde comenzaron los saltos al continente, donde aparecieron las primeras pateras. Han pasado casi 20 años desde aquella víspera de Difuntos y todavía subsiste en el sur de Cádiz una red de casas de acogida, de personas dedicadas al auxilio de los inmigrantes, de asociaciones que nacieron y se crearon alrededor de ese fenómeno. Pero algunas organizaciones, con el paso del tiempo, han modificado su discurso. Como lo ha hecho Delgado desde el obispado, como también lo hace Encarna, de Algeciras Acoge, una mujer que en mayo de 1991 todavía militaba en un comité anti-OTAN y empleaba el tiempo en manifestaciones frente a la base de Rota. "Nos dimos cuenta de que en ciertas movidas siempre estábamos los mismos, gente de la Iglesia, gente de grupos no violentos, gente de izquierdas. Así que terminamos implicándonos en lo que estaba sucediendo con quienes cruzaban el Estrecho. Pero hemos ido evolucionando con la emigración. Ya no nos dedicamos como antes a comprarles billetes de autobús, ni a dejarles hacer llamadas telefónicas. Creemos que la Administración tiene una obligación hacia ellos. Nos dedicamos ahora a sensibilizar, escuchar y denunciar; a prestarles asesoramiento, a colaborar con ellos en la búsqueda de vivienda o escolarización. No son pobres. No vienen de Etiopía o Somalia. Detrás de cada uno de ellos hay una familia o un pueblo que ha hecho una inversión para que efectúen ese viaje. Son trabajadores. Son emigrantes y, como tales, tienen derecho a un estatus, a tener la salud y la educación cubiertas, como cualquier otro".

Quizá uno de los personajes emblemáticos de aquellos primeros años sea el padre Andrés, párroco del barrio de Pescadores en Algeciras. Ordenado sacerdote en 1976, se decidió junto a otros compañeros por entrar en la vida del cura obrero. Fue lo que se dio en llamar un cura rojo. Por ese motivo se instaló en el Campo de Gibraltar, donde se iba a producir una industrialización de la zona. Allí terminó haciendo de todo, incluso trabajando en la pesca de arrastre y militando en la lucha contra el régimen. Llegada la democracia, se instaló en la parroquia, donde le sorprendió el fenómeno de los primeros magrebíes que cruzaban el Estrecho y se ocultaban en los bosques para seguir camino. El padre Andrés los buscaba cada noche, los metía en una furgoneta y les daba cobijo. Poco a poco nació una organización a su alrededor, que disponía de casas, de habitaciones repartidas por Cádiz, que recaudaba dinero para pagar viajes, procuraba alimentos y vestimenta. Aquellos magrebíes fueron luego sustituidos por subsaharianos. "Recuerdo que nos anunciaban la llegada de una marcha negra ya por entonces y el vaticinio se cumplió", explica. "Las pateras se fueron poblando de nigerianos en un principio, que compartían el puesto con los magrebíes. Luego, comenzó a llegar gente de otras nacionalidades, cada vez de más abajo".

Los momentos más duros llegaron en los primeros años noventa, cuando no faltaba noche sin movimiento en la costa. Hoy las incidencias son escasas. Claro está, la frontera sur se ha fortificado. El Gobierno español instaló a partir de 2001 un potente sistema de radares, el SIVE (Servicio Integral de Vigilancia en el Estrecho), que permite un control exhaustivo de todo cuanto atraviesa el mar. Las pateras se han ido alejando de Algeciras, han encontrado otras vías de penetración, las islas Canarias, actualmente a través de Mauritania, las fronteras terrestres de Ceuta y Melilla, o puntos de la costa tan alejados como Almería. "La emigración no debería ser ilegal. Debemos poder mirarles a la cara y decirles que, una vez aquí, tienen los mismos derechos que nosotros", asegura Andrés.

Aquellas casas de acogida que poblaron ciertas zonas del sur de Cádiz todavía subsisten. Forman parte de una ruta que no ha dejado nunca de estar cerrada. La utilizaron hombres y mujeres procedentes de África y la siguen utilizando los emigrantes. Pero el fenómeno no conoce de fronteras ni de nacionalidades. Lo más sorprendente, al visitar algunas de esas casas, es que hoy están ocupadas por ¡bolivianos! Sí, hombres y mujeres procedentes de Bolivia. ¿Acaso han cruzado el Estrecho en patera? ¿Acaso han abierto un nuevo itinerario que conecta África con Suramérica? No. Entran en España por el aeropuerto de Málaga y se dirigen hacia Cádiz para seguir el camino que en su día emprendieron los subsaharianos. La emigración es más universal de lo que parece.

Casi 20 años después de aquella víspera de Difuntos de 1988 hay gente que ha tenido tiempo para hacer un largo viaje por el Primer Mundo y sacar sus conclusiones. Es el caso de John, de origen liberiano pero afincado en Ghana. Allí dejó una mujer y dos hijos para iniciar una travesía muy larga en 1991. Cruzó Ghana, Togo, Benín, Nigeria, Níger, Argelia, donde tuvo que elegir entre ir hacia Libia para intentar el salto a Italia o meterse en Marruecos para viajar hacia España. Hizo lo segundo y acabó en Calamocarro, bien metido en Ceuta. Desde entonces ha vivido en España, en Alemania, en Bélgica y en Portugal. John es ebanista y decidió hace un tiempo volver a España, donde se casó y tiene dos hijos. John mantiene a sus dos mujeres y a sus dos familias. Sin embargo, hace dos años aceptó hacer un trabajo especial para un canal de la televisión alemana: volvería a Ghana y recorrería otra vez el camino que le llevó a España.

Aquel viaje 15 años después por la misma ruta dejó en John la conciencia de que casi nada había cambiado. Las mismas dificultades para atravesar según qué frontera en función de la situación militar en ciertos países, la misma dureza al recorrer el desierto del Sáhara, donde el calor y la sed causan estragos. Si acaso, John advirtió cómo el camino se ha ido poblando a lo largo de este tiempo de numerosas tumbas, cementerios aleatorios que se han ido formando en la ruta a consecuencia de tantos hombres que han muerto por el camino. En España hablamos de las víctimas en el mar, pero se olvida la gente de tantos fallecidos en tierra, en un número incalculable. "Los muertos se enterraban en el camino. Les poníamos unas piedras para que quedase constancia. Sólo un montón de piedras. Y en algunos casos unas cruces. Sin más. Sin un nombre, como si fueran muertos anónimos".

John es cristiano. Habla de una forma moderna de esclavitud respecto de África. "Antes compraban a los esclavos y ahora se hace de otra manera, porque no se puede entender que no haya un sistema de visados para que los jóvenes africanos puedan ir a Europa a trabajar sin correr esos riesgos. Pero África es un paraíso para las grandes empresas de los países ricos, un continente lleno de Gobiernos corruptos. Todavía no puedo entender cómo en Nigeria, que es una potencia del petróleo, la gente tiene que esperar días para poder llenar su depósito de gasolina. No me cuadra: aquí yo lleno el depósito cuando quiero y no hay petróleo. La corrupción está matando a África y Europa no hace nada". John ha decidido que no volverá a su tierra. Seguirá financiando a sus dos familias, pero se quedará en España. "Cuando salí de mi país lo hice con la mentalidad de volver. No llegué adonde quería llegar porque no pude terminar mis estudios, caí enfermo, lo pasé mal, pero ahora estoy contento con mi situación. En África no hay esperanza y a nadie le interesa solucionarlo". Ha decidido que su vida será un itinerario de ida. Como tantos otros. Pero algunos casos hay en que el sistema muestra su crueldad. Se trata de un hombre de Guinea Bissau que, después de unos años en Europa pasando calamidades, de trabajar duramente en Alemania, en Francia y en España, ha decidido volver a su país.

Pero no puede.

No puede porque no tiene papeles para volver. Lleva desde el verano en Algeciras y se ha vuelto huraño. "Lo he consultado con algún psiquiatra", explica el padre Andrés, "porque el hombre se ha convertido en una persona que desconfía de todo cuanto le rodea. Se ha encerrado en sí mismo, casi no habla con nadie, tiene manía persecutoria. Estamos haciendo gestiones con el consulado de Francia para ver si podemos solucionar su situación".

El caso de este hombre es paradójico: en los archivos de la policía española consta cuándo fue detenido y le fue dada una orden de expulsión. También figuran su foto y sus huellas dactilares. Pero, como miles de subsaharianos, llegó indocumentado a Europa e indocumentado sigue después de unos cuantos años. El sistema es implacable con él: es un ilegal a la hora de residir en Europa y a la hora de poder volver a su tierra. "La Cruz Roja le quiere ayudar, pero se niega a firmar documentos. No se fía". "Estos hombres necesitan acompañamiento humano", termina Delgado, "no actos culturales de ONG, ni solidaridad mal entendida. Vienen de sociedades rurales, tradicionales, y llegan a una sociedad posmoderna de un urbanismo salvaje. Y todas sus claves se tambalean al entrar en un mundo vertiginoso".

La marcha negra no parará. Esos hombres de mirada angustiosa son trabajadores que consumirán productos aquí, e invertirán sus ingresos aquí. Vienen pobres para hacernos más ricos. El sistema no es contradictorio.

"Quiero vivir más de 45 años"

Por Tomás Bárbulo.

Ba Diallo acaba de ser rescatado del mar. Su lancha chocó contra el pesquero al que se había acercado para pedir agua y gasolina. No parece afectado por la muerte de su hermano mayor, cuyo cadáver se halla sólo a unos metros. Cuando un voluntario de la Media Luna Roja le pregunta por qué quiere ir a Europa, responde: "Quiero vivir más de 45 años". Ésa es la esperanza de vida en Senegal. En Canarias, a sólo tres días de navegación, el índice aumenta hasta los 80 años.

La embarcación en la que viajaba Ba Diallo se partió como una cáscara de huevo a una decena de kilómetros de Nuadibú. Era una vieja piragua de madera, calafateada con fibra de vidrio. Habían ampliado el agujero del fondo para que cupieran en él dos motores. En el puerto artesanal de esa ciudad mauritana están amarradas cientos de lanchas similares, que parecen incapaces de soportar el embate de una ola. Un policía comenta su lamentable estado: "Estas barcazas muestran la determinación de los africanos por emigrar".

Hace cuatro meses, Nuadibú se convirtió en el último puerto de África para los emigrantes clandestinos. Ocurrió después de que Marruecos les cerrara el acceso al Sáhara Occidental y los expulsara a tiros de las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla. Los miles de subsaharianos que hasta entonces cruzaban Mauritania hacia el norte quedaron embolsados en los suburbios de Nuakchot, la capital del país, donde no hay agua corriente y la gente y los animales hacen sus necesidades en la puerta de las chabolas.

Los inmigrantes trabajan en la pesca, en la construcción, en la carpintería. El salario es miserable. Los 500 euros que cuesta la plaza en una patera equivalen a los ahorros de todo un año. Cuando logran reunirlos, se dirigen a Nuadibú. Unas 15.000 personas esperan en cuclillas a la sombra de las chabolas de barriadas de esta ciudad portuaria, como Cité Snmin y Kairane, la oportunidad de embarcar hacia Canarias en un cayuco. Nadie oculta su intención:

"Llevo dos años intentando salir. Me han cogido 10 veces", declara Bubakar, senegalés de 26 años.

"Hace seis meses que entreno para nadar bien", cuenta Omar, maliense de 23 años.

"La muerte me alcanzará en cualquier sitio. Prefiero morir luchando por una vida mejor", dice Mohamed, senegalés de 25 años.

Pero no es fácil conseguir un cayuco. Primero hay que reunir a un número suficiente de gente dispuesta a pagar a escote la travesía. Luego, es preciso localizar a un marinero dispuesto a vender su embarcación. Por último, es necesario hacerse con la gasolina, los alimentos, los trajes de agua y, sobre todo, el GPS que marcará la ruta hacia Canarias. Todo el mundo hace negocio: los marineros senegaleses propietarios de los cayucos, los marroquíes que han instalado rudimentarias estaciones de servicio en la costa del Sáhara Occidental para el repostaje de las pateras, y los coreanos, porque son los principales abastecedores de ropa e instrumentos electrónicos como los GPS Garmin (los más básicos), que venden con la ruta a Tenerife ya marcada.

El tráfico de inmigrantes era hasta hace poco un negocio a la vista en las calles de Nuadibú. Como la trata de mujeres o el contrabando de tabaco. Ahora, para calcular cuántas personas están preparando su salida hay que observar la fila de los que esperan para recoger su dinero en la oficina de Western Union. Los inmigrantes se mueven con sigilo por el puerto; saben que cualquiera puede ser un informante de la policía.

Abdala parece un vagabundo: los andrajos acartonados por el salitre, las uñas de los pies rotas y el pelo y la barba blancos e hirsutos. Y ciertamente eso era hasta que, hace sólo unas semanas, decidió convertirse en traficante de personas. Este senegalés de 60 años guiña un ojo y sonríe con picardía cuando explica en una mezcolanza de lenguas la naturaleza de su trabajo: "Ellos viennent, yo les doy tutto. Comprends? Antes pagan, soldi, ¿eh? Y cuando están en cayuco, llega police, ¡ja, ja, ja!". De repente, su rostro se transforma en una máscara feroz: "Europa no quiere noirs muertos en sus playas, ¿eh? Mejor noirs muertos ici".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de abril de 2006