Tribuna:REFLEXIONES TRAS LA NEGATIVA DE LA UNESCO | LOS NUEVOS CAMINOS DEL FLAMENCO
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El flamenco o la fuerza de un superviviente

En apenas unos días, el flamenco ha reunido hechos -más allá de la breves y escasas reseñas discográficas o de espectáculos- que le han otorgado un espacio inhabitual en los principales medios informativos. El congreso dedicado a La Niña de los Peines, la inauguración de la sede de la Agencia Andaluza para el Desarrollo de lo mismo, y...¡el no de la UNESCO! La negativa llegaba precisamente el día en que un buen número de cabales se reunían alrededor del legado cantaor de Pastora Pavón, una figura que bien podría simbolizar la trascendencia de un arte con una increíble capacidad de supervivencia. Porque al flamenco lo han intentado matar muchas veces. Casi desde antes de que se configurara como la forma artística que hoy conocemos, se han escuchado voces que presagiaban su fin.

Y no se ha tratado de cualquier voz: en este propósito se han reunido desde los propios interesados en su defensa hasta parte de sus protagonistas. De Falla a Caracol pasando por centenares de los autodenominados puristas, continuamente ha existido una inclinación a certificar la muerte de la pureza y de conceptos afines. Algo que siempre chocará a los que entendemos este arte como una maravillosa decantación de aportaciones que ocurren en un espacio geográfico y un tiempo histórico concreto, el resultado de un mestizaje que ha terminado por configurar una expresión musical en la que las estrofas, los ritmos y las melodías -tomadas de aquí y de allá- han adquirido una entidad propia que la diferencian de otras formas vecinas. Es el aire, el tono, la escala, su polirritmia, junto a los elementos que han aportado sus creadores, lo que hacen del flamenco una música única y singular. O es que hay alguien que lo ponga en duda.

Y de nuevo, en el breve espacio de una semana, parece que surgen voces que devuelven sombras e incertidumbres sobre este arte. Ahora que el flamenco no es ya de señoritos ni de cuartitos, ni vende sus valores junto a números de varietés; en el tiempo en que más y mejor -bienvenidos esos softwares que restauran los viejos archivos- se puede escuchar a Chacón, Torre y Pastora; cuando el cante y, sobre todo, el toque ocupan espacios en los festivales de jazz, de clásica y hasta de rock. Y qué decir del baile que, desde las pullae gaditanae hasta los contratos americanos de Sol Hurok, ha sido siempre un embajador universal de nuestra idiosincrasia.

En el siglo XXI, en el que algunos flamencos obtienen audiencias propias del pop, si no el reconocimiento de instituciones antes impensables. Justo ahora ¿vamos a escuchar a los agoreros? Decididamente no. Pero vayamos por partes.

La negativa de la UNESCO a que el flamenco sea considerado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad hay que valorarla en su justa medida. Puede que tan sólo se trate de una cuestión de oportunidad de la candidatura. Nos dicen que no se establecen los mecanismos para su conservación: ¿es que se ha olvidado incluir la importante labor del Centro Andaluz de Flamenco en sus 18 años de existencia? Pero sobre todo, a nadie se le escapa que el flamenco está vivo, que no corre riesgo de desaparición, y que tampoco es que le haga mucha falta, frente a otras manifestaciones que sí, la figura protectora que la UNESCO otorga. Quizás por ello, y aunque se han alzado voces críticas en diferentes medios, en estos días no me he encontrado a ningún cabal especialmente apesadumbrado por la decisión. Será que somos muchos los que, con reconocimiento o sin él, tenemos la certeza de que este arte no es ya un patrimonio, sino un tesoro de la humanidad. Otra cosa es que aquí estemos convencidos de ello y se haya sabido vender y exportar en todo su potencial; una ancestral indolencia que provoca paradojas como la de que sean sellos y artistas franceses, holandeses o americanos los que copen las estanterías de flamenco en las grandes tiendas de discos del mundo.

En esta línea, la creación de la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco podría venir más que al pelo. Sin embargo, una sombra de incertidumbre -si no de desconfianza- acompaña a dicha agencia en estos días de su presentación. Han existido actuaciones y declaraciones ya conocidas por todos que parecen contrariar el espíritu que anima su creación y que, según la consejera de Cultura, es "respetar y fortalecer el tejido empresarial andaluz sin el objetivo de sustituirlo" , además de velar por la "protección y conservación del flamenco y su incorporación a los circuitos de mercado y registro comercial con una política coherente...". Hasta ahí, y siempre que esa idea se plasme en hechos, no habría problemas. Se muestra, pues, necesario un esfuerzo de delicadeza, un clima de transparencia, y un plus de respeto hacia artistas y productores para encajar hechos con ideas. Esas son las formas que el flamenco demanda, porque, a pesar de su fortaleza y capacidad de supervivencia, a ningún ser vivo le sientan bien determinados palos.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Fermín Lobatón es periodista e historiador musical y del flamenco.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS