ESPECIES EN PELIGRO

El caladero cantábrico de anchoa se colapsa por décadas de sobrepesca

Los biólogos afirman que el cierre de la pesquería ya no garantiza la recuperación de la especie

No queda anchoa en el Cantábrico. En los años sesenta se llegaron a pescar 80.000 toneladas al año. Con altibajos, pero de forma inexorable, las capturas se han reducido hasta la nada, 160 toneladas este año. Los científicos llevan alertando del descenso por la sobrepesca desde 2001, cuando propusieron reducir a la mitad la cuota pesquera. El Ministerio de Agricultura y Pesca y los pescadores se opusieron y descalificaron los informes. La pesca siguió a su ritmo mientras que la biomasa de boquerón bajaba por debajo del nivel de supervivencia (21.000 toneladas). Cuatro años después de la primera alerta, la Comisión Europea ha decidido cerrar el caladero sin fecha y los biólogos señalan que puede que sea tarde para que la especie se recupere.

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La escasez amarró a la flota del Cantábrico el 12 de mayo, y sólo el pasado sábado se decidió volver a faenar pero sin pescar anchoa. Para los científicos no ha sido una sorpresa la desaparición de la anchoa (160 toneladas de pesca este año hasta que el 12 de mayo los pescadores pararon). El Consejo Internacional para la Explotación del Mar (CIEM) ya propuso en 2001 rebajar la captura a la mitad. El Instituto Español de Oceanografía y la Fundación Azti del Gobierno vasco también habían dado la voz de alarma.

Los pescadores y el ministerio siempre replicaron que los informes se preocupaban mucho del boquerón (es lo mismo que la anchoa) y poco de la gente. El viernes pasado, la Comisión Europea decidió cerrar el caladero sin fecha de apertura tras un nuevo informe del CIEM, y los biólogos señalan que puede que nunca vuelva a haber anchoa. Si alguien pensaba que el concepto de desarrollo sostenible estaba vacío de significado, que se dé una vuelta por la cornisa cantábrica.

La investigadora del Instituto Español de Oceanografía y una de las representantes españolas en el CIEM, Carmela Porteiro, afirma que la caída de la anchoa era previsible: "Hay un cúmulo de factores que han precipitado la situación. Llevamos cuatro años en el que nacen muy pocos boquerones y como no se incorporan nuevos ejemplares la población se diezma. Eso, unido a la sobrepesca, ha provocado el colapso del caladero", explica por teléfono desde Dinamarca, donde los expertos del CIEM trataron la semana pasada el caso de la anchoa en el Cantábrico. El Instituto Español de Oceanografía es un centro público, dependiente del Ministerio de Educación y Ciencia. El CIEM es un organismo que agrupa a más de 1.000 científicos de 19 países, entre ellos España, y que asesora a la Comisión Europea.

"Jugando con fuego"

Si no es una sorpresa, si la anchoa no ha desaparecido por arte de magia, si desde hace cuatro años había informes de que podía desaparecer, ¿cómo se ha llegado a esta situación? Lorenzo Motos, jefe de tecnología de la fundación Azti, que desde hace 20 años evalúa la situación del caladero para el Gobierno vasco, afirma que la respuesta es sencilla: "Cerrar el caladero o reducir las capturas era una decisión muy complicada para un gobierno, así que todos han decidido seguir adelante con la pesca por el bien de los pescadores y mirando sólo a corto plazo. Los científicos veíamos que estábamos jugando con fuego".

Cada diciembre, los ministros de la UE reparten las cuotas de pesca. Un mes antes el CIEM les envía un informe con su criterio de cuotas. En el caso de la anchoa, el CIEM propone desde 2001 rebajar la cuota, fijada desde principios de los noventa en 33.000 toneladas. En los últimos tres años sólo se habían capturado 11.000 toneladas de media, un tercio de lo permitido, y, sin embargo, el Gobierno español seguía obstinado en mantener el nivel de capturas.

El director de proyectos de la ONG Océana, el biólogo Ricardo Aguilar, asegura que la cuota era sólo "papel mojado para que los políticos españoles presumieran al llegar de la reunión. La prueba de que era una pesca insostenible es que tenían permiso para pescar más de lo que hay en la mar".

En diciembre de 2004, Bruselas, alarmada por el CIEM y porque por primera vez en la historia se daban cuatro años malos de nacimiento de boquerón, propuso bajar la cuota de anchoa en el Cantábrico de 33.000 a 5.000 toneladas. Espinosa consideró la propuesta inaceptable y basada en estudios científicos poco serios. Alegó que el ministerio tenía sus propios estudios que aseguraban que el caladero estaba bien. La CE cedió y la cuota se quedó en 30.000 toneladas. "Todo se ha conseguido", afirmó exultante Espinosa a su regreso de Bruselas.

El argumento de Espinosa se basaba en que la población de anchoa es muy difícil de estimar. El boquerón vive tres años. Al año de nacer pone miles de huevos, que renuevan el caladero cada año en lo que se llama el reclutamiento. La temperatura, la salinidad o las corrientes pueden reducir el número de alevines. Además, el boquerón sirve de alimento a muchas especies, como la merluza, el atún y varios cetáceos. Así que ha habido años con malos reclutamientos, pero la especie se recuperaba (en 1982 y 1986 el nivel de capturas se redujo y la especie se recuperó). Lo que nunca había ocurrido son cuatro años de reclutamiento bajo y llegar a un nivel con una pesca despreciable, como este año.

Si la especie se recuperará es algo que nadie sabe. "No se extinguirá, porque en el mar eso es imposible, pero sí puede quedarse como algo residual, de forma que no se pueda pescar porque no se encuentre", explica Begoña Villamor, del Instituto Oceanográfico de Santander y una de las biólogas con más publicaciones sobre el boquerón. El boquerón también se pesca en el Golfo de Cádiz y algo en el Mediterráneo en el Golfo de León. Allí la población disminuye aunque las capturas son menores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0005, 05 de junio de 2005.

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