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[08] MALOS DE LA HISTORIA

Ambición desmedida

Le dio la vida a Nerón y él acabó con la suya. Agripina, la madre del emperador, tuvo un papel destacado en la historia del Imperio Romano. Su principal objetivo fue colocar en el trono a su hijo Nerón. Conspiró y urdió las más crueles maquinaciones para lograrlo. Pero su ambición y su amor por Nerón fueron también su perdición.

Lo siento, señores. No pienso ser neutral en este juicio. Después de leerme todos los asesinatos, envenenamientos y fechorías varias cometidas por Agripina, madre de Nerón, resulta que esta señora me cae bien. Desde que nace hasta que muere a manos de su hijo, su vida está rodeada de maldad por las tres cuartas partes, y condenar a una mala entre malos es como sacar una fotografía sin líquido de revelar. Con seguridad, el Papa la condenaría por sus múltiples conspiraciones y asesinatos; sin embargo, en la época en que Agripina vive, recién muerto y resucitado Jesús, y apenas estrenado el siglo I de nuestra era, el Papa no era nadie para acusar a Agripina, y su antecesor Pablo, menos todavía. El bueno de Pablo aún no andaba por Roma propagando la buena nueva del Señor, y faltaban tres siglos para que la moda de hacer el bien se adueñara del palacio imperial.

Lo único que existía en el siglo I era el poder del emperador, un dios entre los dioses. En las clases dominantes y entre las familias poderosas no había una moral o freno preventivo que recomendase mantener las formas ante el pueblo. Ser cruel a las claras nunca ha estado bien visto, pero la crueldad fina, bien planeada, se respetaba entonces como hoy. Entre augustos y patricios sólo existía el interés de casta, y era bueno quien conseguía cosas importantes para la comunidad, y era malo quien no tenía esa habilidad de llenar de oro los bolsillos sus partidarios. Esto no ha cambiado desde entonces hasta nosotros, pero con la implantación del cristianismo en el siglo III al menos hay quien se cree que a los malos se los traga el diablo, algo que impone cierto respeto al malvado y alivia mucho a su víctima. No lo sé. No sé si el cristianismo ha evitado mucha maldad.

En todo caso, en la Roma del siglo I no había ni este respeto ni este alivio que procede de la creencia en un ser único superior. El único infierno posible era caer en desgracia ante el emperador, y existía el castigo si se probaba el crimen, pero se probaban muchos que no lo eran y se ocultaban otros que no interesaba descubrir.

Agripina de esto sabía. Desde niña vivió amenazada por los emperadores que la rodeaban. Sólo a partir de su matrimonio con uno de ellos, su tío Claudio, sintió que respiraba. Y una encuentra bastante razonable que Agripina quisiera cepillarse al bueno de Claudio y poner en su sitio a su hijo Nerón. La gran maldad que se le imputa a Agripina es ésta: su ambición desmedida hasta casarse con Claudio, para asesinarlo después de haber relegado al hijo de éste, el pequeño Británico, y poner como favorito al trono a su propio hijo, su adorado Nerón. Los conceptos que introduce el cristianismo en el poder de Roma a partir del siglo III: la piedad, la esperanza, la clemencia, el perdón y, sobre todo, la sumisión de la mujer al hombre, están aún muy lejos de ser una realidad cuando Agripina comete sus fechorías y proyecta su plan.

En ese siglo I, con el imperio en la cima de su expansión y a punto de precipitarse sobre el vacío de la corrupción y la locura, que protagonizará precisamente Nerón con su famoso incendio de Roma, decir maldad era como no decir nada. Hoy, paradojas de la historia, la benéfica imagen del papa Benedicto XVI asomado al balcón en la plaza de San Pablo es un vívido recordatorio de aquellos emperadores todopoderosos saludando a las masas en su coronación. El Vaticano es la última estela que nos queda de ese simbolismo del emperador. Como si de una asimilación simbólica se tratara (¿y no lo es? ¡Qué impresionante apropiación simbólica la del cristianismo!), el Papa de la Iglesia de Roma viene a derrocar al antiguo emperador para investirse con sus ropas. Se crea entonces la maquinaria de un poder espiritual que antecede y vigila de cerca al poder terrenal. Es en ese momento cuando aparece el Mal, por obra y gracia del Bien. Sólo a partir de entonces podemos decir que Agripina fue mala. Pero Agripina ya llevaba muerta dos siglos, asesinada precisamente por el hijo al que había convertido ella solita en emperador.

Tácito y Suetonio, que son los historiadores que más nos hablan de Agripina, la juzgan como una mujer admirable y al mismo tiempo de una gran frialdad: acaparadora del cariño y la voluntad de su hijo Nerón y gran manipuladora, pero capaz de los mayores sacrificios. Agripina no era una mujer entregada a la molicie y el placer: era una luchadora a muerte por el poder.

Pero es que se vio obligada desde niña a sobrevivir entre alimañas. Y en vista del mundo que la rodeaba, Agripina no dudó en convertirse en la alimaña más grande del imperio.

La huella de la figura paterna fue fundamental en la vida de Agripina. Era hija del popular y admirado general Germánico. Había nacido en el año 16, durante una campaña militar que su padre estaba llevando a cabo en lo que hoy es la ciudad alemana de Colonia, nombre que la misma Agripina dio a este lugar cuando se casó con Claudio y se convirtió en augusta emperatriz. En su memoria de niña nacida entre guerreros, debió de grabarse a fuego el recuerdo de su padre, Germánico, que murió a los 34 años, cuando ella sólo contaba cuatro. Al valiente y noble general, toda Roma lo respetaba. Vivía siempre lejos de la corte, conquistando tesoros y territorios para los romanos sin pretender para sí la mínima atención. Era además sobrino nieto del emperador Augusto, y tanto por su ascendencia familiar como por sus méritos militares, estaba destinado a ocupar el lugar de Augusto tras la muerte de éste. Pero las cosas no sucedieron así. Germánico era demasiado modesto como para exigir ser heredero, y estaba demasiado lejos del centro de poder como para que su sitio no se lo pisara la retorcida víbora de Tiberio. De la personalidad amable de Germánico tenemos el testimonio de Suetonio: "Su porte y su vigor eran incomparables; su intelecto, altamente cultivado en oratoria griega y romana y literatura. Poseía una rara amabilidad y una admirable tendencia, seguro de su éxito, de conquistarse el favor de las personas y su amor". Pero de poco le sirvió. Su pequeña hija debió de tomar buena nota de este fracaso y de esta traición. Toda la vida de Agripina parece orientada a desquitarse del fracaso del padre a través del encumbramiento de su hijo. ¿Qué quieren que les diga?; hasta aquí, Agripina me parece una heroína.

Como era de esperar, Germánico no se reveló, sino que prestó juramento al nuevo soberano. Cinco años después, durante un viaje de placer que realizaba con su esposa y sus hijos a Egipto, al atravesar Antioquía falleció inesperadamente. El nuevo emperador, Tiberio, estaba envidioso de la buena memoria que había dejado Germánico entre los romanos, y la viuda de éste, Vipsania Agripina, se sentía atemorizada y rabiosa contra el usurpador. Tiberio vio en ella y en su descendencia una amenaza a su poder, y para quitarse de encima a la testaruda viuda, que le exigía que se ocupase de sus hijos y les asegurase la protección, acabó desterrándola. Agripina la Mayor murió en el destierro víctima de los castigos físicos y del hambre. También murieron a manos de Tiberio dos hermanos de Agripina: Druso y Nerón. Tras estos crímenes, el único hijo varón de Germánico que quedaba vivo era Calígula. Él y sus hermanas, entre ellas Agripina, que contaba 18 años, quedaron desde entonces expuestos a la persecución y el recelo del emperador Tiberio.

Pero por suerte, este Tiberio era feo. Y, al parecer, lo era tanto que su complejo físico le llevó a abandonar Roma, donde todos se mofaban de él. A partir del año 26 gobernó desde la isla de Capri, que con él se convirtió en la isla de la depravación; allí curaba sus penas el impotente Tiberio entregándose a las más inverosímiles orgías con niños y niñas de cualquier edad, incluso con bebés. Calígula le acompañaba en Capri, y Tiberio acabó adoptándole y nombrándole su sucesor. Agripina vivía entretanto oculta en su residencia al sur de Roma, aterrorizada por los espías de Tiberio.

En el año 37, mientras Tiberio agonizaba, Calígula se apresuró a quitarle el sello del dedo, símbolo de la sucesión, pero Tiberio volvió súbitamente a la vida, y el comandante de la guardia pretoriana le aplicó una bien merecida eutanasia activa ahogándolo con una almohada. Calígula, hermano de Agripina, fue entonces recibido en Roma como un liberador del tirano, y su mismo nombre apela a la expresión cariñosa que el pueblo le brindó. Calígula restituyó el honor de toda su familia muerta y estrenó fórmulas de juramento que incluían a sus hermanas. A su paso, el pueblo debía aclamarle: "¡Gloria y loor a Cayo y sus hermanas!".

Nuestro pequeño Nerón nace en este respiro de grandeza y libertad para su madre, Agripina. Siendo la hermana predilecta de Calígula, y manteniendo con él relaciones incestuosas desde niños, todo el mundo piensa que el bebé es hijo de Calígula, pero Nerón ha salido a su padre, el cruel y pérfido marido de Agripina: Domicio Aenobarbo. Cuando Nerón llega a este mundo, es lo que más puede desear su madre. Pero su padre lo recibe con la siguiente frase: "Un hijo mío y de Agripina no puede ser sino un monstruo y una peste para el Estado". Parece ser que no se equivocó.

Es en esta época cuando Calígula enloquece. De ser un emperador querido por el pueblo se convierte en un enfermo mental. Los historiadores que han estudiado su caso le consideran un esquizomítico: "Junto a un amor ardiente, odio fanático; sensibilidad de mimosa, místicas ilusiones y desprendimiento abnegado alternan con impasibilidad, crueldad y fría tiranía".

Es ahí donde comienza un nuevo calvario para Agripina. Pasa de ser la hermana favorita a convertirse en una mujer detestada por su belleza y por su inteligencia. Es acusada de adulterio y de complicidad en una conjura, Calígula la destierra, y el pequeño Nerón se queda a cargo de su tía Lépida. Durante esos años sin su madre, Nerón será educado por un peluquero y un bailarín homosexuales, que influyen poderosamente en su personalidad. Agripina, apartada de su hijo, repite la triste historia de su madre, Agripina la Mayor, en Córcega, la isla de los maleantes, y Calígula se convierte en el nuevo Tiberio. Es Querca, un tribuno de la guardia pretoriana, quien se encarga de descargar un hacha sobre la cabeza de Calígula mientras éste asiste a una representación, y son los mismos pretorianos quienes proponen al manso Claudio, tío de Calígula y de Agripina, como emperador.

Para ganarse los favores del Senado, Claudio decreta una amnistía general, y Agripina vuelve de su destierro. Mesalina, la tercera esposa de Claudio, ve enseguida en Agripina una competidora a derribar. Es tan bella y ambiciosa como ella, y ambas tienen un hijo, y sólo uno de ellos llegará a emperador. Mesalina manda matar a Nerón niño, pero antes de que los sicarios de la emperatriz descarguen su espada sobre el niño que duerme, una víbora se yergue milagrosamente de su colchón y detiene la espada. En recuerdo de este suceso, Agripina le regala a su hijo un brazalete en forma de serpiente. Pero Mesalina, además, comete un gran error. Víctima de su propia sensualidad, se enamora perdidamente de un galán romano al que nombra cónsul. El guapo en cuestión la obliga a elegir entre él y Claudio. En ausencia de éste, Mesalina se casa con su galán, e inmediatamente es acusada de adúltera y condenada por Claudio a morir. Hace falta ser pazguata.

Tras la muerte de Mesalina, Agripina vuelve a respirar. Su segundo marido, Crispo, aparece muerto, y Claudio recibe de su consejero Palante la idea de tomar por esposa a Agripina, y por hijo adoptivo, a Nerón. Dada la ascendencia augusta de éstos, Palante convence a Claudio con la excusa de que así los mantendrá bajo control. Lo que Claudio no sabe es que Palante es amante de Agripina desde hace tiempo, de manera que es ella misma la que lleva la batuta de esta decisión.

La boda entre el emperador Claudio y Agripina se celebra en el año 49. Agripina tiene 34 años y ha conseguido su objetivo: gracias a la debilidad de Claudio, ella gobernará el imperio en la sombra. A partir de ese momento, todos los hilos que maneja Agripina servirán para tejer la segura red que llevará a su hijo Nerón a suceder a Claudio en el trono, en detrimento del primogénito de Claudio y Mesalina: el pequeño Británico.

Lo primero que hace Agripina es casar a Octavia, la hermana de Británico, con Nerón. En segundo lugar, nombra preceptor de su hijo al más respetado y popular filósofo de su época: Séneca, al que rescata de ocho años de destierro en Córcega. La influencia de Agripina sobre Claudio es cada vez mayor: éste adopta a Nerón como hijo y le concede a ella el título de augusta. Por iniciativa de su madre, a los 13 años Nerón recibe la toga virilis, mucho antes de lo habitual, lo que lo convierte a los ojos del pueblo en el primero de los hijos preparado para la sucesión, dejando muy atrás a Británico, que ni siquiera estaba presente en la imposición de la toga virilis de su hermano. Cuando Nerón tiene 16 años, Agripina hace que se le nombre prefecto de la ciudad. Con todo ese camino andado, sólo le falta quitar a Claudio de en medio para poner en su sitio a su hijo. Y eso es precisamente lo que hace una noche del año 54 después de Cristo, tras convencer al catador Haloto, el mismo que se encarga de probar cada líquido y cada alimento que el emperador va a tomar.

Claudio muere envenenado por su propio catador de comida y por su médico personal, ambos cómplices de la conspiración de Agripina, como lo es también la guardia pretoriana en pleno.

Se cuenta que Agripina, después de cometer su crimen, hizo bailar a las danzarinas desnudas delante del cadáver de Claudio durante 24 horas, hasta que los hados vaticinaron que el momento era propicio para comunicar la muerte del esposo y elevar al trono a su hijo.

A Nerón, que se soñaba artista, lo que menos gracia le hacía era ser emperador. Sufría del mismo mal que todos los enchufados: despreciaba su trabajo. Así que lo primero que hizo fue enamorarse perdidamente de una criada de su mujer, la bella Acte, lo que le ganó la enemistad de su madre. Tácito y Suetonio nos hablan continuamente de la relación incestuosa entre madre e hijo, y Agripina, ante la bella Acte, debía de morirse de celos, hasta el punto de que llegó a amenazar a Nerón de declararle culpable de apartar a Británico del trono. Nerón reaccionó matando a Británico. Cuando Agripina se enteró, empezó a temer por su propia vida. Su hijo no tardó en iniciar contra ella una campaña de terror psicológico: la espió, la persiguió, y Agripina intentó suicidarse envenenándose, pero su cuerpo estaba tan habituado a los antídotos que no lo consiguió. Una antigua rival de Agripina esparció los rumores de una conspiración contra Nerón, y éste decidió matar a su madre. Séneca lo frenó y la decisión se aplazó. Durante ese tiempo, Nerón volvió a mecerse en los brazos de Amor, pero esta vez en los del apuesto Otón y su esposa Popea. Agripina siguió luchando por seducir a su hijo y se enfrentó a Popea, su máxima rival ahora en el amor de su hijo. A Nerón ya no le quedaba más remedio que quitársela de encima. Primero hizo construir un ingenio en el dosel de la cama de Agripina, de tal modo que cuando su madre estuviera durmiendo se le vendría encima el techo. Pero el invento acabó por fracasar. En un segundo intento de matricidio, Nerón, haciendo gala de su retorcida mente de niño mimado con veleidades artísticas, ordenó construir un barco e invitó a Agripina a una travesía. La mitad del barco donde Agripina se alojaba estaba destinada a naufragar, pero el maléfico invento tampoco funcionó esta vez. Habrían de ser tres sicarios enviados por Nerón: Aniceto, Hércules y Obarito, los que se encargasen de hundir su espada en el vientre de Agripina, acusándola de instigar una conspiración contra su hijo.

Para librarse de los remordimientos, Nerón se retiró a Nápoles y propagó la versión del atentado a su persona, con lo cual el Senado se quedó encantado, y se incluyó el cumpleaños de Agripina en los días nefastos del calendario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de mayo de 2005