DESAPARECE EL PAISAJISTA DE LA AMÉRICA TORMENTOSAColumna
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Gloria y desastre

En la literatura del siglo XX no ha habido muchas voces más persuasivas, más inmediatamente identificables que la de Saul Bellow. Uno la reconocía en las primeras líneas de cada una de sus novelas, que podían ser desmedidas en su amplitud y dickensiana o cervantinamente desordenadas en su construcción, y también ceñidas, precisas, con una intensidad tan asombrosa como su transparencia. La víctima y Carpe Diem (Seize the day) son tempranos ejemplos de esa construcción más afilada y austera; Las aventuras de Augie March fue la primera novela en la que Bellow, según confesión propia, se abandonó jubilosamente a una inspiración torrencial, a un descaro de invención narrativa que abarcaba en el mismo impulso lo trágico y lo cómico, y que comprimía en un solo relato, en el tono de una sola voz, los dos polos de su mundo personal y novelesco: el uno, la rememoración de la infancia y la adolescencia en una familia de emigrantes judíos rusos, en el Chicago de los años veinte y la Depresión; el otro, la vida adulta de esos hijos de emigrantes ya instalados en la cultura americana, con sus tentaciones de abundancia material y sus exigencias de abandono de la memoria y las lealtades del viejo mundo de pobreza, exclusión social y tupidos lazos familiares.

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Era la propia biografía de Saul Bellow, y él nunca dejó de indagar en ella una y otra vez en busca de sus más preciosos materiales narrativos, porque la suya era una de esas imaginaciones literarias -como la de Proust o la de Philip Roth- que se alimentan casi en exclusiva de la memoria personal, convirtiendo una y otra vez en ficción los episodios fundamentales de la propia experiencia, manipulándolos en variaciones sucesivas de elementos idénticos. Su infancia de niño enfermo; su adolescencia y primera juventud marcadas por el frío y la necesidad de los años de la Depresión y consagradas fanáticamente al descubrimiento de la gran literatura y de las ideas más poderosas del siglo; su madurez de ascenso social, éxito mundano, tormentas amorosas y desastres conyugales; su incurable vínculo sentimental con Chicago y su rechazo del brutalismo económico de esa ciudad en la que vivió casi siempre; su condición de judío siempre dividido entre la asimilación y las añoranzas de un pasado en rápida extinción, y de intelectual literario en un país donde los intelectuales y los escritores carecen del reconocimiento y la estatura pública que se les conceden en Europa; sus divorcios -se casó cinco veces, y se calificaba a sí mismo como un serial marrier- y sus diatribas tempestuosas con abogados, ex esposas, adversarios enconados que cada vez lo atacaron más agresivamente desde periódicos y universidades, acusándolo de racista, sexista, elitista, etcétera: con esos ingredientes en perpetua ebullición se fue haciendo la literatura de Saul Bellow durante medio siglo, desde Dangling man hasta Ravelstein, que salió hace tan sólo cinco años y mostraba una intacta vitalidad literaria.

En Ravelstein se convertían en ficción dos sucesos recientes en la vida de Bellow -su encuentro con la que fue su quinta mujer, la intoxicación de pescado que casi lo llevó a la muerte- y hacía su aparición el último de los grandes personajes a la vez furiosamente terrenales e intelectuales que tanto le gustaba inventar, como encarnaciones de las más poderosas energías humanas capaces de surgir en su país, engendradas en él y a la vez en discordia contra él. Ravelstein es un héroe predestinado a la gloria y al desastre, inspirado por un cercano amigo de Bellow, Allan Bloom, que se hizo rico con un inopinado best seller intelectual -The closing of the American mind- que era un alegato contra las mismas modas de corrección política y conformidad mental que al propio Bellow tanto lo encrespaban. El libro recibió en general buenas críticas -al menos ninguna tan agresiva como las que se venían dedicando a muchas de sus novelas anteriores- , y poco después apareció la sólida y respetuosa biografía de James Atlas, seguida por una recopilación de novelas cortas. Con una generosidad más bien rara en las costumbres de la sociedad literaria, Philip Roth le dedicó a Bellow un artículo largo y muy sustancioso en The New Yorker, en el que evaluaba con admiración el legado espléndido de su literatura. Para entonces, en las pocas fotos suyas que se publicaban, Bellow era ya un anciano arruinado por la decrepitud, apenas con un rastro de antiguo brillo en sus grandes ojos y de seducción en su sonrisa, que fue siempre más de galán que de escritor. Se ha extinguido poco a poco, en silencio, pero su obra, pasadas las tormentas polémicas que la ensombrecieron en su propio país, resalta ya con la pura firmeza de lo indiscutible. Justo unos días antes de su muerte, compré la última novela de Ian McEwan: la cita del comienzo es un pasaje de Herzog. Pensé que Bellow se habría enorgullecido de que un escritor de otra generación y otro país reconociera tan francamente su maestría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 06 de abril de 2005.

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