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COLUMNA

Desmontaje del Estado de bienestar

El primero de enero en Alemania ha entrado en vigor la nueva legislación sobre ayuda a los desempleados. Después de medio siglo de despliegue del Estado de bienestar y de unos lustros en que ha estado prácticamente congelado, se inicia el rápido descenso. El hecho tozudo, que no cabe negar por mucho que nos disguste, es que el Estado de bienestar ha llegado al final. Difícil resulta todavía discernir el modelo que se imponga en la ardua batalla que están dando los muy distintos intereses en juego.

Las manifestaciones otoñales de los lunes parecían anunciar una gran movilización social cuando entrasen en vigor las nuevas medidas. Un 15% de la población no iba a aceptar una rebaja de sus ingresos con el argumento de que habría más empleo. Por un lado, aún está por ver que así ocurra, más allá de la eficacia que puedan tener estas medidas para sacar a la superficie parte del trabajo negro; por otro, resulta duro verse obligado a trabajar en actividades muy elementales o fatigosas por un dinero parecido al que antes se recibía por no hacer nada. El que no se haya producido una revuelta -ni haya por ahora visos de que pueda ocurrir- sorprende a un Gobierno que por este temor había retrasado unas reformas que desde hace tiempo estima necesarias. Parecía claro que el Gobierno que se atreviese a hacerlas, perdería las elecciones. La opinión pública alemana no sale de su asombro al comprobar que no se han producido las protestas esperadas; incluso ya no es tan seguro, como se suponía hace medio año, que Schröder pierda las próximas elecciones.

El año 2004 ha sido por muchos conceptos un "año terrible": catástrofes naturales, guerra de Irak, reelección de Bush. Lo ha sido también, y muy en especial, para la clase trabajadora alemana en su conjunto, y no sólo para los trabajadores no cualificados que dentro y fuera de las propias fronteras compiten con la mano de obra extranjera. Grandes empresas como Siemens han vuelto a la semana de 40 horas con el mismo salario; en otras se suprime el suplemento por trabajar el fin de semana, o no se cobran las horas extraordinarias; la paga de Navidad se reduce a la mitad o se suprime; Volkswagen acuerda con los sindicatos no subir los salarios los próximos dos años, y ésta es la pauta general. La patronal pide todos los días, como condiciones mínimas para salir de la crisis, facilitar el despido, o sea, eliminar los costos que implica, y suprimir la cogestión (Mitbestimmung) en las grandes empresas, dos señas de identidad del modelo social alemán.

¿Cómo se explica que los trabajadores de las grandes empresas -los de las pequeñas tienen que conformarse con mucho menos- acepten un empeoramiento continuo de los salarios y de las condiciones de trabajo, cuando los beneficios empresariales han subido desde 1993, descontada la inflación, casi un 60%? El que los obreros con empleo apenas se atrevan a quejarse se explica principalmente por los efectos reales, y sobre todo los imaginados, de la globalización. La deslocalización de los puestos de trabajo a países con salarios mucho más bajos aumenta al ritmo de las inversiones alemanas en el extranjero, mientras que disminuyen las que se quedan en Alemania: de 90.000 millones de euros en la segunda mitad de 2000 han pasado a 71.000 millones en la primera mitad de 2004. Y ello, pese a que el Gobierno no tenga otra política de empleo que aumentar el beneficio empresarial (rebaja de impuestos, moderación salarial), la única que considera adecuada para que crezcan las inversiones, y con ellas, los puestos de trabajo.

Más que la deslocalización real, que plantea no pocos problemas, disciplina a los obreros la amenaza de llevarla a cabo si no se aceptan las condiciones mucho más desfavorables que impone la empresa. Responder a esta provocación con una huelga, el arma principal de los trabajadores, sería facilitar la tan temida deslocalización. Si los trabajadores de las grandes empresas están atemorizados -Opel ha anunciado suprimir 12.000 puestos de trabajo en Europa, la mayor parte en Alemania- nada tiene de extraño que también las capas más bajas y menos organizadas permanezcan inertes. Abandonado cada cual a su suerte, el miedo es sin duda el mejor tranquilizante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de enero de 2005