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Reportaje:EL QUIJOTE: BARCELONA

La batalla del mar

Entró en Barcelona por la Puerta del Mar, un mar que era la primera vez que Don Quijote veía, y asistió desde una galera, aterrorizado, a un combate naval. Cervantes sí quiso acordarse del nombre de la ciudad y allí situó las aventuras más reales de su 'Quijote'.

En el congreso internacional El Quijote y el Pensamiento Moderno, que tuvo lugar en Barcelona el pasado junio, uno de los ponentes, después de su intervención, preguntó con extrañeza si Don Quijote había estado en la ciudad. Pese a tratarse de un presunto experto -de lo contrario no hubiera sido invitado-, demostraba con su candorosa pregunta no sólo que no había leído el libro, al menos por completo, pese haber escrito un texto sobre la novela, sino también que el Quijote se asocia casi siempre en exclusiva con La Mancha y el mundo rural en el que acontece la mayor parte de la acción. Sin embargo, la estancia barcelonesa del caballero y su inseparable escudero, aunque ocupa sólo cuatro capítulos -del LXI al LXV de la segunda parte-, resulta fundamental. Los cervantistas consideran que los capítulos que transcurren en Cataluña representan el triunfo definitivo de la realidad o, lo que es lo mismo, de la aventura auténtica, no inventada por la calenturienta imaginación de Don Quijote ni impostada por los duques burladores. Además, por primera y única vez, visitan una ciudad que sin duda se contrapone, por tantos aspectos, con su pequeña aldea.

Después de su encuentro con Roque Guinart, que les acompaña hasta las puertas de Barcelona "por caminos desusados y sendas encubiertas" la víspera de San Juan, Don Quijote y Sancho esperan en la playa -que hoy ocupa el llamado Palau de Mar- a que se haga de día. En cuanto amanece oyen una música "de chirimías y atabales, ruido de cascabeles" y contemplan el mar por primera vez: parecióles espaciosísimo y largo; harto más, puntualiza Cervantes, con un punto de ironía, que las lagunas de Ruidera, y ven las galeras engalanadas que disparan salvas contestadas desde el fuerte de Montjuïc. La ciudad está de fiesta porque es San Juan. No podía llegar Don Quijote en mejor momento. Han salido a recibirle unos cuantos caballeros que le guían por la Puerta del Mar -donde está hoy la Escuela Náutica-, intramuros, seguidos por una multitud de muchachos; dos de ellos "encajan sendos manojos de aliagas" debajo de las colas de Rocinante y el rucio de Sancho, que dan con sus dueños en tierra… Cervantes parodia una entrada real. Don Quijote y Sancho son acogidos por don Antonio Moreno, su cortés anfitrión, el discreto burlador de los manchegos, dueño de la cabeza encantada capaz de contestar a cuanto se le pregunta que tanto impresiona a éstos. En Barcelona, Don Quijote entra por primera vez en una imprenta. Para un personaje tan literaturizado como nuestro hidalgo, cuya obsesión son los libros y que desea con todas sus fuerzas convertirse en objeto literario, la visita a la imprenta supone todo un acontecimiento. Se cree que la imprenta aludida por Cervantes es la de Cormellas, que está situada en la calle del Call, muy cerca del Palau de la Generalitat y del Ayuntamiento, tal y como reconoce hoy una placa conmemorativa. Asimismo por primera vez toma parte en un combate naval auténtico, y aunque se trata de una escaramuza de las muchas que por entonces tenían lugar por estas costas, no deja de entrañar un peligro real. Finalmente, en la playa de la Barcelona, el caballero es derrotado y pide la muerte porque jamás renunciará a sostener que "Dulcinea es la más hermosa mujer del mundo", en el que, para mí, es el pasaje más conmovedor del libro. Don Quijote, vencido, recupera no sólo su grandeza, sino su identidad heroica, una grandeza que fue mermando desde que salió de la Cueva de Montesinos y una identidad heroica que los episodios barceloneses ponen bastante en entredicho.

Menos populosa que la Sevilla o la Lisboa de la época, citadas en otros textos cervantinos, la Barcelona de inicios del siglo XVII tenía, según los historiadores, entre 30.000 y 40.000 habitantes. Paso prácticamente obligado para los viajeros que desde Castilla seguían ruta hacia Italia y también de los metales preciosos que provenientes de América se transportaban a Génova, y aunque por entonces no "tan rica i plena" como quisieran algunos, sí era una ciudad dinámica y bulliciosa que contaba con lo que hoy llamaríamos infraestructuras hoteleras suficientes para poder albergar a los forasteros. Así, los mesones de los que tenemos noticia eran diversos. La mayoría estaban ubicados cerca de la zona portuaria, no lejos del Pla de la Llotja, el más representativo espacio comercial de la ciudad, junto al paseo de la muralla que daba al mar, próximo al lugar donde una tradición cuenta que habitó Cervantes. Una leyenda urbana, que el Manual del viajero de Barcelona (1840) incluye por primera vez, señala como casa de Cervantes la que lleva el número 2 del paseo de Colón, desde cuyas ventanas podía verse la playa, el castillo de Montjuïc y el movimiento de las galeras que después aparecen en el Quijote. Serían, pues, estos recuerdos catalanes los que permitirían al escritor, sin necesidad de ejercitar la imaginación, pergeñar algunas de las más importantes escenas barcelonesas de la novela. No sabemos hasta qué punto la tradición es fiable ni que amistades tenía Cervantes en Barcelona para no tener que hospedarse en un mesón -en caso de dar por cierta la leyenda-, como tampoco lo hicieron Don Quijote y Sancho. Fueron ambos los invitados de don Antonio Moreno, amigo del bandolero Roque Guinart, de la facción de los nyerros (lechones) e igual que éste enfrentado con los cadells (cachorros), sus enemigos: persona de relevancia, cercana al virrey, con tan buenas conexiones con el poder establecido como con el marginal. En su casa, "grande y principal", con balcones, una marca arquitectónica que la ciudad de Barcelona no hacía mucho que había importado de Italia y en la que Cervantes parece haberse fijado, puesto que don Antonio Moreno saca al balcón a Don Quijote para que vea el jolgorio de las fiestas y sea visto a su vez por sus conciudadanos sin sus arreos de pelear, el caballero y su escudero pasan unas dos semanas. Quien, en cambio, tuvo que conformarse con dormir en un mesón fue el bachiller Sansón Carrasco, el vecino de los manchegos que llegó a Barcelona en busca de Don Quijote pocos días después que éste y, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, le venció, obligándole a que regresara a su casa y permaneciera en ella durante un año.

La ciudad de Barcelona, el punto más alejado de su aldea al que se desplaza Don Quijote, contrasta precisamente con la indeterminación del espacio en el que, durante más de cincuenta años, ha vivido Alonso Quijano hasta el día en que se le cruzan los cables y se le mete en la cabeza la estrambótica idea de hacerse caballero andante. Así, frente al lugar no precisado de La Mancha de cuyo nombre no quiere acordarse el autor, un lugar que no le apetece identificar, con el que se inicia la primera parte del Quijote, en la segunda se refiere de manera directa y precisa a la ciudad de Barcelona, adonde Cervantes manda sus personajes después de leer que Avellaneda ha hecho que participaran en las justas de Zaragoza, donde estaba previsto que fueran si el presunto autor de Tordesillas no hubiera continuado su libro, torciendo sus primitivas intenciones. En última instancia fue, pues, Avellaneda el responsable de que Cervantes cambiara sus planes novelísticos cuando estaba terminando su obra y de que Zaragoza se quedara sin la visita del verdadero Quijote, que al saber que su homónimo falso ha estado allí dirige sus pasos a otro lugar, un lugar que podría haber sido cualquier otra ciudad real o inventada y no necesariamente Barcelona.

¿Por qué motivos escoge Cervantes Barcelona? ¿O, mejor, qué tenía Barcelona que no tuvieran otras ciudades españolas de la antigua Corona de Aragón para ser la elegida? Valencia, sin ir más lejos, era una ciudad prestigiosa y boyante que miraba también al mar, en cuyo puerto desembarca Cervantes en 1580 tras los cinco años de cautiverio en las cárceles de Argel y en cuyas prensas se reedita dos veces la primera parte del Quijote en 1605. En el Persiles, además, le dedica unas líneas de elogio. Cierto que, desde el castillo de los duques, Valencia quedaba más a trasmano, pero eso poco había de importar a Cervantes, acostumbrado a manejar las distancias a su antojo. La razón tiene que ser otra u otras. Y la primera está muy clara: Don Quijote va a Barcelona porque a Cervantes le da la real gana. ¿Tiene esa real gana cervantina algo que ver con una posible estancia del escritor en Barcelona o sólo con que la Cataluña de la época, infestada de bandoleros, dominada por banderías mafiosas y cuyas costas eran de continuo acechadas por los ataques corsarios, propiciaba más aventuras que ningún otro lugar de la Península? ¿Se sintió tan fascinado Cervantes por Perot Rocaguinarda, el bandolero de carne y hueso que da pie al personaje de Roque Guinart, como Don Quijote por éste? No hay que olvidar que el jefe de la partida de bandoleros, con los que se topan caballero y escudero al entrar en tierras catalanas, está basado en un personaje histórico; una especie de El Lute de la época que, tras ser amnistiado de sus muchas fechorías, tuvo que salir de Cataluña en 1610 y acabó de capitán de infantería de los Tercios de Nápoles. ¿Lo pasó bien Cervantes entre los catalanes, hizo amigos? ¿Fue la suya una estancia feliz? ¿Le gustaron las fiestas de San Juan, que parece conocer bien? ¿Se divirtió en las tabernas de la ciudad o en sus garitos, que eran muchos? ¿Pudo tener amores con alguna catalana, dama más o menos principal, como las amigas de la señora Moreno, "de gusto pícaro y burlonas", o con mujer de tabernero, como lo era de uno de Madrid, Ana Franca, la madre de su única hija, Isabel?… Cuantas preguntas, inteligentes o estúpidas, puedan ocurrírsenos carecen de respuestas fiables. Nos movemos, pues, entre conjeturas, ya que no consta documentalmente que Cervantes hubiera visitado alguna vez Barcelona. Su biografía cuenta con muchas zonas oscuras que, lo más probable, es que no puedan esclarecerse nunca. Sin embargo, los cervantistas consideran casi segura una estancia barcelonesa del escritor y algunos añaden que su probado afecto por Cataluña, Barcelona y los "corteses catalanes, gente enojada, terrible y pacífica, suave", como asegura en el Persiles, no puede ser sino fruto de un conocimiento directo.

Durante el siglo XIX se pensó que Cervantes pasó por Barcelona en 1569, cuando, fugitivo de la justicia a consecuencia de una reyerta con Antonio de Sigura, trataba de huir a Italia para establecerse en los Estados Pontificios, donde no podía ser castigado ni extraditado, ya que pesaba sobre él una orden de búsqueda y captura que implicaba la posibilidad de que le cortaran una mano. Riquer considera que hay que situar la estancia barcelonesa de Cervantes mucho más tarde, en época más reposada, cuando el autor contaba con 62 años y no con sólo 22, y eso ocurriría en 1610. Poco importa que Cervantes viniera entonces por primera vez a Barcelona o regresara después de muchos años. Apunto aquí, de pasada, que quizá cupiera situar aquella primera vez en 1571, junto a su hermano Rodrigo, con las tropas que habrían de combatir en Lepanto que, al mando de don Juan de Austria, embarcaron en Barcelona. Consta documentalmente que fue arcabucero de la compañía de don Diego de Urbina, del tercio del catalán don Miguel de Montcada. Y sabemos que ese tercio, tras combatir contra los moriscos de las Alpujarras, se recompuso en Barcelona, de donde zarpó el 11 de julio de 1571. Claro que esta estancia barcelonesa comportaría que hubiera regresado de Italia en 1570, cosa no imposible, puesto que al obtener su padre a finales de 1569, a petición de Miguel, un certificado en el que se probaba que su familia era tenida por hidalga, podía volver a España sin el temor a que le dejaran manco, puesto que los hidalgos no podían, por ley, ser sometidos a tormento. Apoyaría esa hipótesis el hecho de que desconocemos qué hace entre 1569, cuando deja de servir al cardenal Aquaviva como camarero, y 1571, cuando le encontramos combatiendo en Lepanto.

Sea como fuere, la pretendida estancia barcelonesa de 1610 parece la más probable; además permite suponer que, en el verano de 1614, mientras terminaba a toda prisa la segunda parte del Quijote, tuviera fresca la memoria de cuanto había visto hacía tres años, pese a mostrarse tan parco en ofrecernos detalles, como nombres de calles o de lugares concretos, que ahora nos serían muy útiles para saber si Cervantes escribe o no de oídas respecto a la ciudad. Según la hipótesis de Riquer, Cervantes fue a Barcelona en 1610 para tratar de entrevistarse con el conde de Lemos, que, rumbo a Nápoles, de donde había sido nombrado virrey, había hecho escala en la Ciudad Condal junto a su numeroso séquito entre el 5 y el 10 de junio de aquel año. El autor del Quijote, valiéndose de su amistad con los Argensola, que acompañaban al conde, pretendía pasar a Nápoles también a su servicio. Sin embargo, ni siquiera consiguió ver a Lemos. Pero sí, probablemente, disfrutó de la ciudad, de su animada vida, y anotó en la cabeza o en el papel escenas que le sirvieron luego para sacarlas en Las dos doncellas y en el Quijote. En ambos textos piropea a Barcelona de manera francamente generosa, en un caso, e hiperbólica incluso, en otro. Escribe así en Las dos doncellas: "Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo".

Y en el capítulo LXXII de la segunda parte del Quijote: "Y así me pasé de claro a Barcelona archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto".

Casi siempre el piropo quijotesco suele transcribirse incompleto, cortado en "única". A mí me parece que tomado en su conjunto tiene mucho más interés, aunque quizá resulte un tanto impropio y desapoderado puesto en boca de Don Quijote, que lleva "sin pesadumbre" su derrota -eso es la evidencia de su fracaso como caballero- "sólo por haber visto la ciudad", cuanto más que en el capítulo LXVI, al volver la vista hacia el sitio donde había caído, exclama: "¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha y no mi cobardía se llevó mis alcanzadas glorias, aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas, aquí se oscurecieron mis hazañas, aquí finalmente cayó mi ventura para jamás levantarse".

En cambio, puesto el elogio en boca de Cervantes, no resultaría tan exagerado: aunque pretendiente en vano ante Lemos, pudo ser tan afablemente acogido en Barcelona que diera por bien empleado el fracaso de su cometido. No trato con ello de inmiscuir la biografía personal de Cervantes en los episodios barceloneses, pero sí de llamar la atención sobre el hecho de que los escritores, de Cervantes para abajo, empleamos todos los materiales a nuestro alcance -también, por supuesto, los autobiográficos- para alimentar nuestras ficciones. Es más, incluso aventuro que elogio tan desmedido quizá estuviera suscitado para bailarle el agua a alguna personalidad catalana o de origen catalán que pudiera favorecer alguna pretensión cervantina, y no estaría de más tratar de seguir esa pista posible. Es cierto que en sus obras aparecen elogios a otras ciudades: a Lisboa, a la ya mencionada Valencia, a Roma especialmente; pero los tres son menos contundentes que el puesto en boca de Don Quijote dedicado a Barcelona.

El epígrafe del primer capítulo barcelonés, "De lo que sucedió a Don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto", ha sido considerado como un aviso de las intenciones realistas del autor con respecto a los acontecimientos catalanes de los que parece querer dar cuenta. En la Cataluña de la época se vivía más en vilo y con más peligros, si cabe, que en Castilla. La aventura, acompañada a veces de la consiguiente desventura, podía surgir en el momento más impensado en cualquier lugar. En cuanto entran en tierras catalanas, Sancho nota con horror sobre su cabeza unas piernas y unos pies que cuelgan de los árboles. Don Quijote, para tranquilizarle, le dice que se trata de bandoleros y forajidos ahorcados por la justicia, "por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona". Luego sabremos que los ajusticiados no son tales, sino bandidos que duermen encaramados en los árboles. Pertenecen a la partida de Roque Guinart, ante cuya presencia, hoy diríamos que glamourosa -él sí lleva una vida en verdad apasionante sin necesidad de inventársela-, Don Quijote, como muy bien apunta Riquer, queda mermado, casi diluido. Notemos además que es en el episodio de este encuentro cuando caballero y escudero y nosotros con ellos presenciamos dos muertes violentas: la de Vicente Torrellas a manos de Claudia Jerónima, vengadora de su honra, y la de un bandolero protestón a manos del propio Roque Guinart, algo que no había ocurrido antes en el libro.

Real e históricamente cotidiana parece también la escaramuza bélica a la que asisten desde una galera, muertos de miedo, Don Quijote y Sancho. A todo ese cúmulo de realidades, quizá demasiado insoportables para el caballero, podemos añadir que es en Barcelona donde se desenmascaran, eso es, vuelven a su verdadera realidad, diversos personajes que se nos habían presentado disfrazados, como Ana Félix o el Caballero de la Blanca Luna, y aunque el procedimiento del disfraz encubridor, uno de sus recursos predilectos, lo había usado Cervantes con anterioridad, baste pensar en Dorotea o en Ricote: aquí el desenmascaramiento propicia un punto y final de la historia de Don Quijote y de la historia de los moriscos, cuya expulsión se consumó en la vida igual que en la novela. No deja de ser curioso que Cervantes aproveche el paso de Don Quijote por tierras catalanas para tratar de dos temas candentes de su época: el bandolerismo y la expulsión de los moriscos.

Cataluña se ha sentido representada en esa "realidad", que Cervantes plasmó con tanta maestría en los episodios que trascurren en sus tierras, orgullosa de ese talante que tanto tiene que ver con "el seny i el tocar de peus a terra", tan a menudo reivindicado por quienes consideran que existen características diferenciales en el carácter que aglutina a los habitantes de los distintos pueblos que integran las naciones. En especial por cuantos, en el pasado tercer centenario, debatieron sobre la conveniencia de que Cataluña participara en los actos de homenaje a Cervantes o se mantuviera al margen de la celebración. El enfrentamiento, del que dan cuenta pormenorizada los periódicos y revistas que en 1905 publicaron números quijotescos, planteaba, a la postre, el debate Cataluña-España. Por aquel entonces, a principios del siglo XX, el Quijote había sido usufructuado también por el casticismo españolista más visceral, que chocaba con el nacionalismo catalán emergente. De ahí que, en algún momento, arrecien las salidas de tono de uno u otro lado. "Quedinse'ls castellans amb el seu Quijote y bon profit els fassi, que nosaltres no som de la seva parròquia" ("Quédense los castellanos con su Quijote y buen provecho les haga, que nosotros no somos de su parroquia"), escribe Folch i Torres en La Tralla. "Más vale un Quijote que todas las manufacturas de algodón de esos catalanes", espeta un periodista de Madrid de cuyo nombre no quiere acordarse ni siquiera quien le replica, Ramón Miquel y Planas, en la revista Joventut, mostrando, por el contrario, hasta qué punto los catalanes han contribuido con ediciones y estudios a la pervivencia del libro cervantino, un aspecto que ya notó en 1895 Carreras y Candi en su ensayo El cervantisme a Barcelona. En Barcelona se imprimen a la vez, ya en 1617, las dos partes que vende juntas el librero Rafael Vives, y desde entonces jamás han vuelto a editarse por separado.

Catalán fue Isidre Bonsoms, que a finales del siglo XIX reunió la biblioteca cervantina más importante de España, hoy conservada en la Biblioteca Nacional de Cataluña. Catalanes o residentes en Cataluña fueron también el coronel López Fabra, autor de la primera edición facsímil; Leopold Rius, que inició la bibliografía crítica de las obras de Cervantes, y Clemente Cortejón, que llevó a cabo la primera edición crítica, continuada por Givanel. También la última, patrocinada por el Instituto Cervantes y dirigida por Rico, ha sido elaborada en gran parte por catalanes de nacimiento o de adopción.

Esa contribución catalana incuestionable, que continúa a lo largo del siglo XXI y que con Martín de Riquer a la cabeza llega a las puertas de la celebración del cuarto centenario, en 2005, prueba que han sido muchos los catalanes que han considerado a Cervantes como un escritor propio. Por eso, en el 400º aniversario de la primera edición del Quijote, para ser agradecidos y justos con el trabajo de los cervantistas y más aún con Cervantes -que no sólo escribió el mejor libro de libros, una novela que trata de cómo se escriben novelas, una obra extraordinaria, un juego paródico en el que campea la ironía, sino que se tomó la molestia de que Don Quijote y Sancho vinieran a tierras catalanas-, Barcelona ha declarado 2005 año del libro y la lectura. Y está bien que así sea, ya que Barcelona comienza su andadura como ciudad literaria gracias a que Cervantes la escogió. Con su elección hizo posible que la capital de Cataluña fuera internacional ya desde el siglo XVII, a partir del momento en que el Quijote se convierte en el libro más traducido después de la Biblia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de diciembre de 2004