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Reportaje:

El río de las mil caras

Turbio, engañoso o lúgubre. El Amazonas cubre las tierras de América Latina con un cinturón de verdor y sensualidad. En su recorrido de más de 6.000 kilómetros encierra historias deslumbrantes que un gran viajero y escritor cuenta ahora en su libro 'El río de la desolación'.

Como todos los grandes ríos de la Tierra, el Amazonas es una suma de muchos ríos. Y no sólo porque las aguas de casi mil tributarios vayan engordándolo en su camino hacia el Atlántico -el Marañón, el Napo, el Madeira, el Negro y el Tapajós son algunos de los más caudalosos-, sino porque, en su largo viaje camino de la mar, su propio curso va recibiendo diferentes nombres; entre otros, los de Apurimac, Ucayali, Solimões y Pará. Es, pues, el Amazonas una suma de aguas y de nombres, y un escenario de vida intensa, a menudo dura y miserable, para quienes habitan en sus orillas.

Navegarlo es una empresa casi imposible en las proximidades de su nacimiento. Más adelante, cuando el río se remansa, la travesía es un viaje pausado y divertido, cargado de sensualidad y bellos paisajes; pero, desde luego, nunca exento de incomodidades. En todo caso, si uno transita el río como lo hacen los pobladores de sus riberas, la aventura resulta muy poco costosa para el bolsillo. Contra lo que pueda decir el tópico, los riesgos de un viaje así no vienen de los grandes cocodrilos o las tribus irredentas, sino de las enfermedades infecciosas que pueden transmitir los insectos. A mí me llevó tres meses recorrerlo de punta a cabo y pagué parte del precio del viaje con una Plasmodium falciparum; esto es, contrayendo una malaria de la peor especie.

En río nace en las cumbres de los Andes peruanos que dominan el valle del Colca, concretamente en el Nevado del Mismi, un pico de la sierra de Chila de casi 6.000 metros de altura en las cercanías de la localidad en Chivay y a unos 150 kilómetros al norte de la ciudad de Arequipa.Varios arroyuelos brotan de esas sierras, pero todos, salvo uno, se dejan caer hacia el occidente y forman ríos que desembocan en el Pacífico. El otro, el rebelde, se echa hacia las faldas orientales de la cordillera y termina por convertirse en el río más caudaloso de la Tierra, y quizá también en el más largo, cuando alcanza las costas del Atlántico. En su largo camino dibuja una suerte de cinturón de sensualidad y verdor en las caderas de América Latina.

La cuestión de la longitud del Amazonas sigue creando disputas entre los geógrafos. Mientras que existe un acuerdo general sobre la del Nilo, que se calcula en 6.650 kilómetros, al curso de agua americano se le atribuyen las siguientes medidas: 6.275, 6.280, 6.400, 6.448 y 6.763 kilómetros. ¿A qué se debe semejante guirigay? Yo creo que la respuesta hay que buscarla en su desembocadura. Muchos kilómetros antes de alcanzar el océano, el río transforma su ancho curso en un dédalo que forman decenas de canales y, cerca ya del mar, se rompe en dos brazos principales al chocar contra el muro de la isla de Marajó, cuya superficie es tan grande como la de Suiza. De modo que el río cuenta con varias bocas que salen de su delta al océano. Si se mide la distancia tomando como desembocadura el canal más al norte, el Amazonas es el curso de agua más largo de la Tierra; si se toman los canales meridionales, es más corto que el Nilo.

Pero volvamos atrás de nuevo. El primer manantial del Amazonas, el que brota en el Mismi, va recogiendo el agua de otros arroyos en su descenso hacia la selva, hasta formar el gran Apurimac. Es éste un río bronco que abre hondos cañones, imponentes rajaduras de la tierra entre las que se encuentran algunas de las más profundas del planeta, mientras discurre entre altas serranías que habitan indios quechuas y aimaras. Navegarlo es muy arriesgado a causa de los rápidos, y tan sólo se han aventurado a hacerlo algunas expediciones de canoístas polacos, franceses y norteamericanos, con cierto coste en vidas humanas.

El río comienza a poder navegarse con una cierta seguridad cuando el Apurimac pasa a denominarse primero Ene y luego Tambo, usando de pequeños barcos de pasajeros a los que en Perú llaman peque-peque y llego-llego. Hay que tener, no obstante, cierto cuidado con los remolinos y los cambiantes fondos de arena. A partir de Sepahua, el río se ensancha y recibe el nombre de Ucayali. Y en Pucallpa es un ya poderoso curso de agua que admite barcos de gran tonelaje, aunque de corto calado. Un buen recorrido del Amazonas en barco, para cualquiera que no practique deportes de riesgo ni cuente con una enorme cantidad de dinero con que organizar una expedición, podía muy bien comenzar en Pucallpa, como comenzó el mío. Desde allí hay todavía por delante más de 4.000 kilómetros hasta llegar al mar.

Pucallpa es una típica ciudad de frontera, rodeada de selva, crecida en las cercanías del lago de Yarinacocha y arrimada a las orillas del ancho Ucayali. De allí parten hacia Iquitos, un par de veces por semana, barcos de mercancías y pasajeros a los que llaman lanchas, y que pueden llevar a bordo, en ocasiones, a más de 200 viajeros. Son naves muy simpáticas, parecidas a las que surcaban las aguas del Misisipí en el siglo XIX: grandullonas, con tres cubiertas y, en lugar de la antigua rueda de vapor, provistas hoy con motores de gasóleo que les permiten alcanzar velocidades de más de ocho nudos. Las mercancías viajan en las bodegas, y los pasajeros duermen en hamacas tendidas en las cubiertas. El viaje desde Pucallpa hasta Iquitos puede durar cinco o seis días, dependiendo de la cantidad de agua que lleve el río, y cuesta alrededor de 30 euros, comidas incluidas.

El Ucayali es un río muy poco transitado, proceloso, de orillas donde se alza una naturaleza exuberante y se agazapan pequeños asentamientos humanos de apariencia paupérrima. Aquí no quedan indios amazónicos desde finales del siglo XIX, cuando el cauchero Fitzcarraldo organizó un ejército privado para esclavizarlos o exterminar a los que se resistían a que ocupase sus tierras. Nada tiene que ver el verdadero Fitzcarraldo, que mató a decenas de miles de indios, con el de la película de Herzog, ese Klaus Kinski imbuido de romanticismo y melomanía. Los indígenas supervivientes de aquel genocidio huyeron hacia los rincones más ocultos de la selva, y todavía hoy reciben a los blancos que se acercan a sus asentamientos a pedradas y flechazos. Saben bien por qué lo hacen.

Robolla, Yabaringo, Tierra Blanca, Dos de Mayo, Monte Bello, Lisboa…, pueblines de casitas bajas que asoman al muelle arriba de un terraplén de lodo, en el que los transbordadores hincan su proa chata para descargar y recoger mercancías y pasajeros. Las lanchas ama zónicas son como los trenes africanos: se detienen en decenas de estaciones, en las que florecen pequeños mercados que aprovisionan a los viajeros y dejan un pequeño beneficio a los vendedores locales. Algunas aldeas se especializan en comidas regionales, como los juanes de gallina o las patarascas de pescado. En otras, como Pucapango, la especialidad es bien curiosa: loritos amarillos y verdes. Compré uno allí al que bauticé como Pancho, sin estar seguro de si era macho o hembra. Y me dejó como recuerdo varios picotazos en los dedos.

Tras cinco o seis días de navegación, y dejando atrás la ciudad de Requena y el río Marañón, el Amazonas se encuentra con otros dos tributarios, el Nanay y el Itaya, en el lugar donde se alza una de las grandes ciudades de la selva amazónica: Iquitos. La capital del departamento peruano de Loreto fue una próspera ciudad en los días del boom cauchero, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Algunas de sus trazas de antaño quedan aún en pie, y es una urbe populosa que habitan 300.000 personas, en su mayoría mestizas. Apenas hay coches aquí, y el medio de transporte es la moto-taxi: una especie de cabina, en la que caben dos personas, que va engarzada a la trasera de una moto, como un rickshaw tirado por un velomotor. En Iquitos se encuentra la mejor biblioteca del mundo de temas amazónicos, la CETA, que fundó y dirige un dominico español, Joaquín García Sánchez.

Río abajo, a unas pocas horas de Iquitos, un nuevo tributario entra en el Amazonas: el Napo. Fue por aquí, viniendo desde Ecuador, por donde el conquistador español Francisco de Orellana bajó con sus dos bergantines, saqueando aldeas y combatiendo a los indios y a las mitológicas guerreras amazonas, para completar la primera gran navegación del río, que ganó su nombre en referencia a las imaginarias mujeres-soldado. Eso era en 1542. Hoy, en la confluencia del Napo con el Amazonas hay una pobre aldea que se llama Orellana, con un horrendo monolito alzado en memoria del descubridor.

Desde Iquitos quedan un par de días de viaje en lancha hasta un curioso lugar del curso amazónico al que llaman Triple Frontera. Se trata del punto en el que se encuentran las lindes de Perú, Colombia y Brasil, con tres ciudades prácticamente fundidas en una sola: la peruana Santa Rosa, la colombiana Leticia y la brasileña Tabatinga. Allá suenan la cumbia, el ballenato, la bossa, el vals andino y la samba a toda hora; hay mercados y bullicio, y una semana de jarana una vez al año que llaman Fiestas de la Confraternidad.

Alrededor de este espacio en donde conviven tres patrias, la selva es casi vírgen, sobre todo en la orilla sur del río. Siguiendo hacia el norte, en las riberas del tributario Putumayo, pueden encontrarse aún las ruinas de las estaciones caucheras que estableció a principios del siglo XX Julio César Arana, un peruano que fuera discípulo de Fitzcarraldo. Mejoró sobradamente las hazañas de su maestro: en su haber se cuenta el exterminio de 30.000 indios huitotos.

Desde la Triple Frontera, el río entra ya en territorio de Brasil y, hasta llegar a Manaos, los brasileños lo llaman Solimões. Las lanchas pasan a llamarse gaiolas o recreios y son de parecido aspecto que las peruanas. Los precios tampoco difieren mucho. Pero las comidas mejoran de manera sensible. Hay más alegría en el lado brasileño del río que en el peruano, aunque igual pobreza. Y tampoco queda un solo indio en sus orillas: acabaron con ellos los sirigueiros (caucheros), los garimpeiros (buscadores de oro), los madereros y las petrolíferas. Los habitantes mestizos o mulatos del río son conocidos como caboclos.

Manaos, capital de la Amazonia brasileña, queda a cuatro días de viaje en gaiola desde el puerto de la Triple Frontera. Hay, en el camino, ciudades grandes y de apariencia próspera, como Tefé y Coarí. Por estos lares, a finales del siglo XVII, predicó entre los indios yanguas el famoso jesuita Samuel Frizt, que ideó para ellos una organización social parecida a la de las reducciones de Paraguay, una especie de comunismo primitivo vigilado por frailes. Los portugueses se ocuparon de echar a Fritz a arcabuzazo limpio y de exterminar para siempre al pueblo yangua. También navegó estas aguas el sabio francés de la Ilustración Charles Marie de la Condomine, que escribió uno de los primeros libros de carácter científico sobre la naturaleza amazónica. Fue el primer europeo que habló de esa maravillosa materia prima que es el caucho, obtenido de la savia del árbol hevea.

Manaos crece a orillas del río Negro, poco antes de que éste vierta sus aguas color vino tinto en las terrosas del Solimões. Una vez juntos, los brasileños llamarán Amazonas al río hasta que alcance los canales de su delta. Manaos es la loca expresión de aquella época frenética del boom del caucho, donde tantas fortunas se forjaron en apenas semanas y en donde tantas se rompieron en apenas días cuando la industria entró en crisis. ¿Quién podría imaginar que en mitad de la selva insalubre y agobiadora se alce uno de los teatros de la ópera más bellos del mundo? Allí está, en el centro del antiguo Manaos, con su fachada rosa y los mosaicos de su cúpula brillando con los colores de la bandera de Brasil. Manaos, tras años de deterioro y decrepitud, ha recuperado parte de su antiguo pulso gracias a las generosas inversiones del Gobierno de Río de Janeiro. El petróleo y la madera son hoy la base de su sustento. Pero los niveles de pobreza son todavía enormes en sus arrabales.

Descendiendo el río Negro, a comienzos del XIX llegó hasta las cercanías de Manaos el alemán Alexander von Humboldt, otro de los grandes exploradores-científicos del Amazonas. Y por aquí pasó en 1561 -según la leyenda y rumbo al norte- el loco Aguirre, en la segunda navegación del Amazonas. Más que una empresa descubridora, la suya fue una orgía de sangre. Klaus Kinski también interpretó a Lope de Aguirre, como a Fitzcarraldo, de la mano del director Werner Herzog, que en esta ocasión falsificó un poco menos la historia. El español Carlos Saura también llevó al cine el recuerdo de aquel sanguinario personaje.

De Manaos, apenas en un día, llegan las gaiolas a Parintins, una ciudad famosa por celebrar la segunda fiesta más popular de Brasil después del carnaval de Río. Se trata de la fiesta de Boi-Bumbá, de origen afroeuropeo, y que es una especie de exaltación del triunfo de los ganaderos sobre la selva. A partir de Parintins, la jungla parece desfallecer y los pastizales ocupan grandes extensiones de terreno: el hombre ha quemado los bosques virginales para abrir sus plantaciones y alimentar a su ganado.

Más adelante asoma Santarém, una bonita ciudad fundada por los jesuitas que se extiende en la confluencia del Amazonas con el Tapajós, un río de aguas muy claras. Y desde allí hasta Belém do Pará, la última gran ciudad del enorme estuario del río, apenas quedan dos días de viaje. Belém es hermosa: plena de jardines, de viejos edificios coloniales, y también, para no ser menos que Manaos, un teatro de la ópera, además del famoso mercado, construido en hierro traído de Liverpool, al que llaman Ver-o-peso. En sus calles crecen centenares de árboles de mango, y las compañías de seguros de automóviles cobran una cantidad extra para cubrir las roturas de parabrisas que la caída de sus frutos provocan. Frente a Belém, la gran isla de Marajó cuenta con enormes manadas de búfalos domesticados. Es una especie de paraíso de vaqueros disfrazados al estilo de los cowboys de los westerns.

El mar se abre a tan sólo 150 kilómetros. Puedes seguir la línea de la orilla meridional del río hasta São Caetano de Odivelas, pasando por la bonita Vigia, y asomarte a ver la campana blanca del cielo del Atlántico, a un paso del ecuador; un océano de tiburones y aguas sucias invadidas por los detritus que arroja el curso del Amazonas. Ya el viaje quedó atrás. Y como siempre, repleto de rostros, voces, historias y olores. Luego tocó escribirlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004