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Reportaje:

La sombra de Graham Greene

Norman Sherry concluye la biografía del escritor en el centenario de su nacimiento

Han pasado ya 27 años desde que Graham Greene estuviera a punto de morir atropellado al cruzar precipitadamente St James's Street desde Pall Mall. Acababan de presentarle a Norman Sherry, al que había invitado a almorzar en su club, el Savile, para observarle y decidir si le encargaba su biografía o no. Tenía prisa por enseñarle a Sherry "el lugar en el que solía quedar a beber con Kim Philby" y quiso cruzar la calle en cuanto vio un hueco entre los coches, pero un taxi le golpeó y le echó al suelo.

"Casi pierde usted su tema, profesor Sherry", dijo bromeando mientras se incorporaba. "Ni la mitad de malo de lo que hubiera sido si llega usted a perder a su biógrafo, señor Greene", le respondió Sherry. El escritor soltó una carcajada, le estrechó la mano y dio por cerrado el trato. Si había tenido alguna duda, la reacción de Sherry las había despejado. Sería su biógrafo.

"He llegado a conocerle mejor que a mí mismo. Mejor que las arrugas de mi propia frente", afirma Sherry

Era 1974. A Norman Sherry le ha costado 27 años completar ese trabajo, que ha culminado ahora, coincidiendo con el primer centenario del nacimiento de Graham Greene (1904-1991), que falleció habiendo visto sólo el primer volumen de La vida de Graham Greene (1989), que cubría el periodo 1904-1939, su infancia y juventud, sus años en Oxford, su conversión al catolicismo tras conocer a Vivien, la que sería su esposa de toda la vida pero no exactamente su única mujer, sus primeros éxitos literarios.

Hasta 1994 no apareció el segundo volumen (1939-1955), que cubre los años más prolíficos de Greene, en la cumbre lo mismo de su carrera de espía que de su talento literario. Son los años de El poder y la gloria, El ministro del miedo, El tercer hombre, El final de la aventura o El americano impasible. Son también los años de su aventura con Catherine Walston, de la desintegración de su matrimonio con Vivien (de la que se separó pero nunca se divorció), de sus aventuras en Kenia, en Indochina, en la península malaya.

Esta semana ha aparecido por fin el tercer volumen (1955-1991), que ha llamado la atención sobre todo por el detalle con que Sherry da cuenta no ya de los amoríos extramaritales de Graham Greene, sino de su gusto por el sexo de pago, algo que el escritor jamás mantuvo demasiado en secreto y de lo que dejó amplio reflejo en sus diarios. Su biógrafo revela ahora alguna de las listas de prostitutas elaboradas por el propio Greene, en las que utilizó sobrenombres como "rusa con botas", "hermoso culo en S. Kensington", "galesa", etcétera. Son éstos los años de Antibes, de su último gran amor, Yvonne Cloetta, los años de Nuestro hombre en La Habana, Los comediantes, Viajes con mi tía, El cónsul honorario, El factor humano, Monseñor Quijote.

Tras más de un cuarto de siglo dominado por la figura de Graham Greene, Norman Sherry, de 69 años, que al empezar el encargo se trasladó desde Leicester, en el centro de Inglaterra, a Trinity University, en San Antonio (Tejas, EE UU), se declara "cósmicamen-te agotado". En el último año ha sido operado de todos los dientes superiores y de un pinzamiento de columna y le han detectado un problema de próstata. En sus años siguiendo la sombra de Greene por medio mundo contrajo gangrena en Panamá, fue detenido en el Haití de los Duvalier y sufrió enfermedades tropicales en Liberia, donde un malhechor le destrozó un oído al introducirle un revólver en la oreja.

"Pasé siete años errando y contrayendo enfermedades y 20 años escribiendo. ¿Puedo decir que tengo una imagen infalible de él? No, por supuesto. Pero he llegado a conocerle mejor que a mí mismo. Mejor que las arrugas de mi propia frente", reconocía estos días Sherry en The Independent.

La familia de Greene, discrepa. "No me tomaría lo que dice Sherry como si fuera la Biblia. Hay muchos errores, muchas faltas", ha dicho su hija, Carolina Bourget. "Quienes quieran conocerle de verdad han de leer sus libros", sostiene su sobrino Nick Dennys. "Era una persona muy receptiva, con una capacidad para la empatía que traspasaba todas las fronteras. Ésos son detalles que se pierden en las biografías".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de octubre de 2004