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La grandeza de una literatura y un mundo desconocidos

Para llegar a Parati hay que tomarse las cosas con calma. Desde Río de Janeiro a la pequeña ciudad colonial, situada en la costa del Atlántico y a la vera de la carretera que va a São Paulo, hay más de 250 kilómetros. El grupo de editores y periodistas españoles y franceses que cubrió esa distancia en autobús el pasado miércoles tardó en hacerlo unas cinco horas. Puestos de frutas tropicales. Montones de ladrillos apilados al lado de casas a medio construir. Pequeñas aldeas con casas de colores vivísimos. Unas nubes rasgadas colgadas en el cielo. Y el mar, que aparecía de tanto en tanto.

Sobrevivir en Parati sin darse de bruces contra el suelo es poco menos que un milagro. Las piedras de las calles se han colocado con el escrupuloso afán de que ninguna coincida con la siguiente con suavidad. Así que hay baches y bruscos desniveles y toda una bacanal de piedras que por sus variadas formas componen un empedrado que resulta francamente fascinante.

Lectores felices

El miércoles fue el gran día de Guimarães Rosa. Ahí, entre el público de las primeras filas de la gran tienda donde se celebró el homenaje, estaban Paul Auster con su mujer, Siri Hustvedt, y otra serie de ilustres invitados al festival. No hay puestos de libros, ni casetas: no se trata de una feria. Hay distintas carpas donde se realizan las mesas redondas, conferencias o lo que se tercie, y autores y editores y agentes literarios que circulan por la ciudad condenados a encontrarse. Cuando lo hagan, se supone, llegarán a algún tipo de acuerdo y los lectores dentro de un tiempo serán felices por descubrir a un nuevo autor o conocer un título distinto de algún viejo conocido.

La Biblioteca Nacional de Brasil es una de las instituciones que se toma con más entusiasmo este original festival. Y ha reforzado aquí, al invitar a editores de todo el mundo, su Programa de Ayuda a la Traducción. La idea es la de subvencionar con bastante generosidad (unos 5.000 euros por libro) el desafío de llevar a los autores de Brasil a otras lenguas. Cada editor español recibió el pasado miércoles un pequeño volumen que reúne los primeros capítulos de una veintena de libros de otros tantos autores para que se fueran familiarizando con la riqueza de una literatura todavía por descubrir. Las propuestas van de los clásicos del siglo XX, como Guimarães Rosa o Clarice Lispector, pasando por nombres de referencia anteriores o por autores actuales tan brillantes como ignorados aún en nuestra lengua (Carlos Heitor Cony, sin ir más lejos), hasta llegar a los más recientes. El abanico es inmenso, las obras de una variedad sorprendente y el objetivo, sin duda, muy loable: poner en órbita la riqueza y variedad de una literatura prácticamente desconocida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de julio de 2004