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Castilla del Pino entra en la Academia con un discurso sobre la reflexión y los delirios

El psiquiatra relaciona su teoría del sujeto con los lenguajes del desdoblamiento y la fantasía

Carlos Castilla del Pino (San Roque, 1922) no se veía leyendo ayer su discurso de ingreso en la RAE ni en su fantasía más delirante. Pero a veces la realidad es "desmesurada", y allí estaba el neuropsiquiatra, rodeado de amigos, "de esta guisa, apabullado, aunque lo disimule y me controle; dispuesto a cumplir este rito de iniciación indispensable que es la lectura de mi discurso". Un texto fascinante, que relaciona la teoría del sujeto con los lenguajes y juegos de representación y desdoblamiento, y que se titula Reflexión, reflexionar, reflexivo. "No la imaginación, sino la fantasía, es la ortopedia del sujeto" , afirmó Castilla, que elogió a su predecesor en el sillón Q, Camilo José Cela, y citó a Cervantes y Teresa de Jesús como sabios de la intimidad y el delirio.

"Los seres humanos disponemos de dos biografías, dispares entre sí, pero dependientes una de otra", empezó diciendo Castilla. "La primera es la biografía pública, la que se escenifica ante los demás. Es la que consideramos erróneamente como la única vida real. La segunda la constituye nuestra biografía íntima: la fantaseada, la de nuestros deseos aún o quizá por siempre insatisfechos, la de los sueños y ensueños, la de nuestros sentimientos ocultos: una vida secreta (¡y qué bien que lo sea!, como viene a decir Jonathan Franzen)".

"Secreta, porque es inobservable", agregó el nuevo académico. "De vez en cuando, sacamos al exterior, aunque convenientemente acicalado, un fragmento de esa vida oculta y lo convertimos en público. Ahora bien, esta vida íntima no es menos real que la otra, aunque es una vida puramente mental. Pero la mente forma parte de la naturaleza, es una de las funciones de nuestro organismo". Y por eso Antón Chéjov hace decir a un personaje, "en respuesta a otro que alucinaba: 'Es una alucinación, pero tu alucinación es real porque forma parte de ti como ser humano y, por tanto, de la naturaleza".

El psiquiatra hizo aquí un inciso para recordar a Camilo José Cela, que ocupó el sillón que él ostenta ahora. Lo conoció una tarde en el café Gijón: "Un día trabajaba yo en una mesa junto a la que él ocupó al llegar. Algunos de sus contertulios se habían marchado. En un determinado momento, mirando hacia mí al tiempo que yo me enderezaba por unos segundos, me habló de esta manera: '¿Puedo preguntarle, joven, si no es indiscreción, qué es lo que hace usted tan afanosamente?'. Le dije lo que hacía [traducir del alemán un libro de Weizsäcker]. A continuación me espetó, sin duda no sólo a mí, sino a una multitud imaginaria: "Me parece muy bien que trabaje. Como usted sabe, y si no lo sabe se lo hago saber yo, éste es un país de holgazanes; aquí no trabaja ni Dios, porque el que trabaja es considerado imbécil. Siga trabajando'. No me habló más. A todo esto debo advertir que Cela tenía seis años más que yo, es decir, veintisiete, pero se dirigió a mí desde una mayoría de edad representada a la perfección...".

Tras recordar cómo el compulsivo trabajador que fue Cela abrió a los escritores del exilio con su revista Papeles de Son Armadans una ventana de expresión durante el franquismo, Castilla entró en materia de psicología y lenguaje: cómo anticipa el sujeto las imágenes, cómo representa interiormente lo que hará, cómo previene lo que piensa el otro, cómo reflexiona sobre sí mismo y sobre los demás, cómo usamos el reflexivo: "No solemos ir a la realidad exterior dándonos topetazos contra ella", dijo, "sino que de antemano la prevemos y la prevenimos. Prever y prevenir son verbos que dan cuenta de tareas de tal relevancia que, sin ellas, no podríamos literalmente sobrevivir".

El Diccionario de la RAE define prever como "ver con anticipación". "Esta definición es inexacta", dijo Castilla. "¿Qué ser humano está dotado de la posibilidad de ver antes de que el objeto sea visible?". La clave, pues, es la representación: "Cada actuación cara al exterior se presenta como si fuera el sujeto en su totalidad, cuando no es más que una representación ad hoc para un contexto determinado. Yo estoy actuando muy en serio en este momento y aparentemente entregado con todo mi ser a lo que hago: no lo duden; pero a nadie se le ocurriría pensar que no tengo mucho más en mi trastienda. Como todo actor, uno parece ser todo él en el escenario, pero no es así. Toda actuación implica un desdoblamiento".

¿Y si se compara ese desdoblamiento figurado con el del alucinado, "que es un desdoblamiento real", como el de Alonso Quijano al creerse el Quijote? "Cuando se ha perdido la conciencia de sí mismo y el sujeto es incapaz de jugar a ser a como si fuera el salvador del mundo o el perseguido por los poderosos de la tierra, pongamos por caso, decimos que el sujeto delira".

Y "delirar no es sólo una interpretación errónea de la realidad exterior: antes que todo eso es una metamorfosis de la conciencia de sí mismo. El delirio es una transformación de la identidad del que delira. De Alonso Quijano, Cervantes, por boca del narrador, nos dice: "Se creía don Quijote". No que hacía de don Quijote, porque Alonso Quijano ni era actor ni impostor, ni jugaba, como podría jugar un niño de su tiempo, a caballero andante. Alonso Quijano dejó de ser tal para ser don Quijote".

Otros juegos y lenguajes distintos son los de los niños, los de los lectores: "Imitamos la realidad para aprender de ella. Ya no necesitamos apenas del escarmiento, sino de la imaginación. Los personajes de novela o cine, las figuras del pasado o del presente, ejemplares en el sentido que sea, nos regalan un material que incorporamos a nuestro mundo interior. Se fantasea imitando a Cajal o a Einstein, a Marie Curie o a Hernán Cortés, a Shakespeare o a Cervantes; pero también al Julián Sorel de Rojo y negro, a Robinsón Crusoe o al Rakolnikov de Crimen y castigo... Con esta realidad mental, un proyecto sobre nosotros mismos, vamos a la realidad exterior".

Claro que, como advirtió Teresa de Jesús en sus Moradas, "son tan escuras de entender estas cosas interiores, que quien tan poco sabe como yo forzado habrá de decir muchas cosas superfluas y aun desatinadas para decir alguna que acierte".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de marzo de 2004