Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Beigbeder cuenta con alegría y desesperanza el declive de la pasión

El escritor francés considera que hoy día "los que se casan son revolucionarios"

Una fórmula que falla pocas veces, según quien la ha acuñado: El amor dura tres años. Éste es el título, explícito y taxativo, de la novela que el escritor francés Frédéric Beigbeder (1965) escribió antes de 13,99 euros, con la que cosechó un notable éxito de ventas. Brillante en su discurso, igual que en las punzantes frases con las que elabora sus libros, Beigbeder afirmó hace unos días en Barcelona: "Los que están más de tres años con la misma persona son budistas del amor, y los que se casan, como yo, a los 24 años son unos revolucionarios". El amor dura tres años (Anagrama) es una novela breve, autobiográfica, en la que el autor describe la intensidad decreciente de la pasión amorosa con una mezcla de alegría y melancolía, de comicidad y desesperanza. El enamoramiento, el matrimonio feliz, el aburrimiento, el adulterio y un nuevo enamoramiento. La novela es de 1997. Desde entonces, ¿ha constatado en alguna otra ocasión la fiabilidad de la fórmula? "Desgraciadamente, sí", responde. "Tengo la impresión de que ahora atraigo a mujeres que han leído el libro porque saben que conmigo no se arriesgan a estar más tiempo".

Anécdotas al margen, Frédéric Beigbeder se presenta a sí mismo como una especie de radar del signo de los tiempos; por lo menos, dice, en lo que se refiere a hombres treintañeros acomodados del mundo occidental: "Creo que El amor... aborda la contradicción en que se encuentra el amor y la humanidad en el mundo actual. La civilización del hedonismo está acabando de destruir los sentimientos y las emociones. Entre el placer y la felicidad duradera, se empuja a escoger lo primero". Esto se traduce, bajo su punto de vista, en una suerte de nomadismo sentimental: "Vivimos en una época de zapeo amoroso. Consumimos tantos productos como personas. Para estar con una sola persona tenemos que renunciar a muchas cosas, como a la novedad. Sin duda, el verdadero amor es el que no es sexual".

A pesar de lo crudo de sus afirmaciones nunca falta en sus libros un tono de distanciamento irónico. "Creo que es de buena educación hacer reír al lector cuando se le cuentan cosas tristes y hacerle llorar cuando se cuentan cosas alegres". En sus descripciones de sí mismo y de su entorno -el pijerío de París, para ser breves-, hay una buena dosis de autocrítica: "Es la única manera de hacer que una autobiografía sea aceptable. No hay nada más horrible que las autobiografías en las que el autor solamente habla de sus cosas buenas y sus logros".

Procedente del mundo de la publicidad -que desmenuzó en 13,99 euros-, a Beigbeder se le reprocha a menudo un estilo que tiende al abuso de la frase brillante. Él dice: "Es cierto que puede venir de mi antigua dedicación a la publicidad, pero el gusto por el aforismo está anclado en la literatura francesa desde el siglo XVIII. Además, a mí me gustan los libros con frases que subrayar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de junio de 2003