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Roma celebra con una triple exposición su papel de capital de las artes en el siglo XIX

600 obras resumen la majestad de la Ciudad Eterna antes de la unificación italiana

Fastuosa y miserable, cristiana y pagana, resplandeciente y turbia, Roma no dejó de ser un centro artístico de primera magnitud ni siquiera en una etapa de crisis económica y demográfica que experimentó en los años que van de la anexión de los Estados Pontificios por Napoleón hasta la unidad de Italia, en 1860. Periodo que recupera a través de más de 600 obras, procedentes de 32 museos del mundo, la exposición La maestà de Roma, que se inaugura el sábado en tres sedes romanas: las Caballerizas del Quirinal, la Academia de Francia y la Galería Nacional de Arte Moderno. La muestra puede interpretarse como un homenaje de Francia a la Ciudad Eterna y viceversa.

La Roma capital de los Estados Pontificios que se anexionó Napoleón era, como reconoce el historiador Gregorovius, una ciudad de contrastes estremecedores. Sin alcantarillado alguno, repleta de mendigos y de delincuentes, pero salpicada de palacios espléndidos y de ruinas imperiales. Grandes monumentos despuntaban entre los escombros, y las lujosas carrozas de los cardenales se abrían paso entre mendigos agonizantes. "Roma era también la gran ciudad del clasicismo. Hay que tener en cuenta que entonces nadie conocía Grecia, que el escultor Antonio Cánova viaja a Londres en 1815 para contemplar los mármoles del Partenón", explica Bianca Riccio, una de las comisarias de la muestra, que estará abierta hasta el 29 de junio.

Más de 600 obras de pintores, escultores y dibujantes, distribuidas en tres museos, permiten acercarse a esta etapa, a menudo olvidada, de Roma, meca de artistas y cruce de culturas. Lo que emerge de esta abrumadora recolección de esculturas, relieves, dibujos, grabados y óleos es una Roma cosmopolita y popular, impregnada de clasicismo pero modelada también por el espíritu de la cristiandad. Una ciudad atrasada y moderna a un tiempo que lucha por sobrevivir sin perder el viejo esplendor.

La maestà de Roma es una exposición enciclopédica en la que cuentan los artistas (Cánova, Madrazo, Corot, Ingres o Turner), pero también la tesis que se pretende afirmar: la del poderío de una capital capaz de generar en torno a sí una corriente artística inagotable que abarca Oriente (la numerosa colonia de artistas rusos) y Occidente. La idea de la exposición, como reconoce Riccio, surgió hace unos años, al hilo de las iniciativas de la Academia de Francia en Roma, para festejar su segundo centenario. De ahí que el tercer polo de la muestra, con sede en Villa Médici, lleve por título De Ingres a Degas. Los artistas franceses en Roma.

La presencia de artistas españoles se reduce a dos cuadros de José de Madrazo (1781-1859) -uno de ellos el espléndido Muerte de Viriato, prestado por el Museo del Prado- y a una copia en bronce de la escultura de Damià Campeny i Estrani (1771-1855) titulada Muerte de Cleopatra, procedente del Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Napoleón acariciaba el sueño de convertir a Roma en segunda ciudad imperial y sus lugartenientes se dieron prisa en organizar exposiciones y eventos para subrayar el carácter amistoso de la anexión. En 1809 se inaugura una gran exposición de artistas internacionales en las salas del Campidoglio, el Ayuntamiento de la Ciudad Eterna, en la que no figuran, sin embargo, los españoles, encerrados en el Castel Sant'Angelo, como castigo por haberse negado a jurar fidelidad al nuevo rey de España, José Bonaparte.

La invasión francesa de España, que daría lugar a la guerra de Independencia e inspiraría algunas de las obras más estremecedoras de Goya, queda lejos de esta Roma artística y cortesana, pese a que el papa Pío VII fue encarcelado también por Bonaparte. Los artistas académicos disfrutaban de un cierto bienestar y eran cortejados por el nuevo poder. En la exposición de 1809 participa el danés Bertel Thorvaldsen, escultor afirmado que trabaja con Cánova, el alemán Gottlieb Schick y el francés François-Marius Granet. Pelagio Pelagi, artista boloñés, aprovecha la ocasión para retratar a las principales personalidades que acuden a la muestra, entre ellos Joaquín Murat.

Las salas de la Galería Nacional de Arte Moderno reconstruyen, en cambio, la vida de los diferentes talleres y academias romanas, donde se encontraron artistas de medio mundo. Todavía no completada ayer, esta sección de la muestra toma el pulso a la Roma popular, tal y como era percibida por pintores ingleses, rusos, americanos y franceses que se instalaron en ella seducidos por su belleza decadente y la resonancia histórica de sus monumentos y calles.

De la importancia que revistió Roma para los artistas franceses de la primera mitad del siglo XIX queda constancia en el número de becarios que pasaron por Villa Médici, algunos de ellos tan populares como Camilla Corot, Théodore Géricault o Jean-Auguste Dominique Ingres. La exposición, que conmemora los 200 años de historia de la Academia de Francia en Roma, despliega todo el poderío de la institución a través de decenas de cuadros que recogen el pasado clásico y el moderno, de aquella breve Roma napoleónica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de marzo de 2003