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Un señor de Barcelona

En una de las últimas visitas que le hice, en la enfermería de Sant Cugat, me dijo, con gran serenidad, que sabía que no podía vivir mucho tiempo y que pensaba mucho en la muerte, pero sin ningún temor. Al preguntarle cómo se encontraba, contestó que podía hacer suya la respuesta de cierto canónigo, como él nonagenario, que decía: "Lo mío es una enfermedad del alma...". "No diga del alma, por favor" -le replicaron-; "será del cuerpo". Pero el canónigo insistía: "Déjeme terminar: lo mío es una enfermedad del almanaque, y eso de los años no tiene cura".

Después de la Guerra Civil el superior provincial le encargó que escribiera una historia de la persecución religiosa en la provincia de Aragón, basada en los relatos escritos por los jesuitas que habían sobrevivido. Batllori le objetó que aquel material no era históricamente aprovechable, porque se había escrito en el clima especial, entonces imperante, de caídos por Dios y por España. Sin hacer caso de su objeción, el provincial le ordenó entonces formalmente que lo escribiera. Cumplió la orden, pero publicó la obra, Jesuitas en el Levante rojo, sin nombre de autor, con un prólogo que al final firma "E. A., S. J.": E. A. eran las iniciales del secretario provincial, que había hecho de intermediario. Entre los mismos jesuitas se decía, hasta hace muy poco, que se trataba de una publicación oficiosa de la Provincia, escrita por el secretario provincial. Es un libro muy citado, sobre todo porque Antonio Montero, en su famosa Historia de la persecución religiosa, reproduce las palabras del P. Thió Rodés, en los primeros días de la revolución, sobre si persiguen a los sacerdotes por causa de Cristo o más bien persiguen a Cristo por causa de los sacerdotes. Hasta que en un libro de otro historiador jesuita leí que atribuía al P. Batllori la autoría de Jesuitas en el Levante rojo. Me fui inmediatamente al departamento de la biblioteca de Montserrat donde entonces trabajaba Batllori en la edición del Archivo Vidal i Barraquer y le pregunté si era verdad. Se mostró muy disgustado y me explicó cómo habían ido las cosas. El provincial, creyendo que había puesto las iniciales de su secretario en venganza por haberle ordenado escribir el libro, lo llamó y le echó una severa reprimenda. Él la aguantó respetuosamente, pero cuando terminó le dijo: "Me extraña que Su Reverencia no sepa que, al final de un libro, las iniciales E. A. significan simplemente El Autor".

Me pidió encarecidamente que no divulgara que era obra suya, porque no se sentía orgulloso de ella. Sin embargo empezó a correr la noticia (y no por culpa mía) y, de acuerdo con él, aprovechamos el homenaje que le rindió el Institut d'Estudis Catalans, en el que se me pidió que hablara de su obra referente a la República y la Guerra Civil, para dejarlo bien explicado. Sometí mi conferencia a su revisión y guardo como una reliquia mi original con sus cuidadosas enmiendas, como si se tratara de la edición crítica de una carta del papa Borja. Y donde yo había escrito que el provincial se lo mandó "por santa obediencia", tachó lo de "santa". Era un señor historiador y un historiador señor.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de febrero de 2003