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A Pablo el jubilado se le paró el corazón

Nada se sabe de Pablo, que murió ayer a las puertas de una sucursal de la Banca Nazionale del Lavoro en Lomas de Zamora, al sur del Gran Buenos Aires, el mismo distrito en el que reside y comenzó su carrera política como intendente el presidente argentino Eduardo Duhalde.

Italiano, jubilado, 79 años, Pablo era uno más de la cola y esperaba allí desde temprano, callado, cuando el corazón se le quedó sin ganas ya de soportar tanto. ¿Quién podría ocuparse hoy de él en un país como éste, con todo lo que pasa aquí? Basta una línea: Pablo, uno de los miles de inmigrantes que desembarcaron en Argentina a comienzos del siglo pasado para 'hacer las Américas', ha muerto a las puertas de una sucursal cercana a la casa del hombre que el pasado viernes decidió cerrar los bancos para evitar que los jueces les obligaran a devolver a sus clientes el dinero tomado y depositado a plazo.

Pero es que Pablo no tenía caja de ahorro, ni dinero en cuentas corrientes, ni a plazos, ni tarjeta de crédito. Él era sólo uno más de los 170.223 jubilados y pensionistas de entre 200 y 400 pesos al mes (entre 80 y 150 euros) a los que les tocaba cobrar a partir del pasado viernes, cuando el presidente decidió que si moría el perro se acababa la rabia y ordenó vacaciones pagadas para los banqueros por tiempo indefinido. La sangría de depósitos se detuvo de inmediato y también, por un instante, el corazón de muchos ancianos. Al día siguiente, cuando le recordaron al jefe del Estado el inconveniente y le advirtieron de que algo debía hacerse con ellos, Duhalde dio la orden de pago.

'Venga mañana'

¿Pero cómo? ¿Dónde? En principio debía ser en las comisarías, luego se dijo que en las oficinas de correos y finalmente se decidió que los bancos podían abrir sólo para cumplir con esa obligación. ¿Y si llegaba un cliente con su recurso de amparo concedido por un juez? Ayer, desesperados, los jubilados amanecieron en las colas frente a las sucursales de costumbre. Allí les decían: 'Venga mañana', 'espere', 'no sabemos', '¿consultó en la comisaría?', 'tal vez en el correo'. Algunos se desmayaron, otros se sentaban a llorar, a pedir por favor. En el barrio norte, una sucursal pagó café para todos. El corazón de Pablo decidió callar.

Dicen los viejos que intentaron reanimarle que no tenía una moneda en los bolsillos. La gente se da la mano en las ferias del trueque, en las asambleas vecinales, se abraza, resiste, aguanta. Hasta donde puede, como el corazón de Pablo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de abril de 2002