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74ª EDICIÓN DE LOS OSCAR

Los actores negros hacen historia en los Oscar

El triunfo de Halle Berry y Denzel Washington eclipsa la noche de 'Una mente maravillosa'

Los Ángeles
Fue una edición de los Oscar teñida de color racial. Los tres premios a actores como Halle Berry, mejor intérprete femenina por Monster's ball; Denzel Washington, por Día de entrenamiento, y el honorífico a Sidney Poitier, que fue el único actor negro en lograr un reconocimiento similar de la Academia hace 38 años, eclipsaron el triunfo de Una mente maravillosa, que consiguió cuatro galardones, entre ellos el de mejor película y mejor director, Ron Howard. Pero hubo otra sorpresa también histórica y entrañable: Woody Allen asistió por primera vez a una ceremonia de los Oscar, para rendir homenaje a su querida ciudad de Nueva York y pedir a los directores que vuelvan a rodar en ella.

'Esta noche han matado a dos pájaros de un tiro'. Con esta frase, cargado con su habitual seriedad y control emocional, Denzel Washington recogía el segundo Oscar en la historia que logra un actor negro por un papel protagonista y el segundo de su carrera, tras conseguir uno como actor de reparto en Tiempos de gloria en 1989. El otro pájaro al que el actor de Día de entrenamiento aludía era Halle Berry, que en la misma noche se convertía en la primera afromericana que gana la estatuilla como mejor actriz por su papel en Monster's ball.

'Marquen ustedes la diferencia y no escriban mañana que el Oscar lo ganó un actor negro, digan sólo que lo ganó un actor', retó Denzel Washington a los periodistas cuando le preguntaron si no le preocupaba que su premio encerrara un gesto más allá de lo profesional. 'Las razones por las que hoy estoy aquí', dijo, 'tienen que ver más con los papeles que he rechazado que con los que he hecho. Yo me he comprometido con mi carrera. He luchado por una integridad. Este premio es un premio a ese esfuerzo. Yo me tomo muy en serio este trabajo. Me pagan mucho dinero por hacerlo y mi único deber es hacerlo bien y no estafar a los que compran una entrada'.

El actor recibió el Oscar de manos de su amiga Julia Roberts, quien públicamente había dicho que su voto era para Washington. Candidato al Oscar al mejor actor en dos ocasiones anteriores -por personajes épicos en Huracán Carter y Malcom X-, finalmente lo ha logrado por dar vida a un aterrador policía corrupto. Washington sonrió apaciblemente y dedicó su premio una y otra vez a Sidney Poitier, que había recibido de su mano un Oscar honorífico.

Al borde de la histeria, Halle Berry gritó, lloró, incluso aulló. Rompiendo todas las predicciones, la protagonista de Monster's ball le arrebató el Oscar a las dos favoritas, Sissy Spacek y Nicole Kidman, y se convirtió a sus 35 años en la sorpresa. La actriz tardó en levantarse de su asiento. Se apretaba el pecho para respirar hondo y reaccionar. Su madre y su marido la abrazaban, pero ella no se levantaba. 'Pensé que no podría subir las escaleras y que iba a avergonzar a mi madre', explicó detrás del escenario. La actriz le dio las gracias a Spike Lee, a sus abogados, a su marido, a Warren Beatty... 'A todos mis mentores'. 'Esta noche, todas las mujeres de color deberían tener esperanza', añadió. Berry lograba el Oscar por una interpretación que incluye una de las escenas eróticas más desoladoras y veraces que se han visto en Hollywood.

Berry, que durante más de un año perdió el 80% de su capacidad auditiva tras la paliza que le propinó un ex novio, es hija de una mujer blanca -sentada el domingo a su lado- y un padre negro que nunca conoció. 'En Hollywood los matices en el color no marcan ninguna diferencia, he tenido que escuchar cómo un ejecutivo me explicaba que la leche o es blanca o no es leche, y si lleva una sola gota de café ya no es leche, es café'. Berry, conocida por sus trabajos de reparto en películas de acción -la nueva chica Bond cobró por su famoso top less en Operación Swordfish 500.000 dólares extras-, asegura que interpretó Monster's ball para demostrar de lo que era capaz.

Berry y Washington restaron protagonismo a los virtuales ganadores de la noche: el director y productor de Una mente maravillosa. La película dirigida por Ron Howard logró los premios más importantes y sólo perdió el de mejor actor. Russell Crowe no pudo hacerse con el que hubiera sido su segundo Oscar. Su compañera en la película, Jennifer Conelly, fue el primer premio de la noche. Vestida con un Balenciaga, la actriz resultó fría y antipática fuera y dentro del escenario. El oscar que recibió la película al mejor guión adaptado borraba las dudas sobre cómo iba a afectar la polémica sobre si el filme oculta al público los aspectos menos 'comerciales' de la vida del matemático John Forbes Nash. Muchos señalaban ayer que los premios a la película fueron también un castigo a los métodos de Miramax (que distribuye El señor de los anillos, su más directa competidora) y su todopoderoso Harvey Weinstein para obtener votos. Un castigo que también afectó a Amélie, la tercera película europea más taquillera de la historia de EE UU (distribuida por Miramax), que se fue con las manos vacías (el premio al mejor filme de habla no inglesa recayó en En tierra de nadie, de Danis Tanovic).

Voces críticas

Igual que Robert Altman. Las voces demasiado críticas no se perdonan y el cine independiente (representado por En la habitación y Gosford Park) comprobaba una vez más que Hollywood y su flamante alfombra roja no son su terreno. Una alfombra roja que tampoco pisó uno de los indiscutibles protagonistas de la noche: Woody Allen. El director neoyorquino dejó su apartamento, se puso un esmoquin, voló a Los Ángeles y asistió por primera vez en su vida a una gala de los Oscar. Lo hizo por algo que está por encima de sus principios: Nueva York. El cineasta (cuya última película, La maldición del escorpión de Jade, no ha merecido la atención de Hollywood) aseguró que lo que jamás había hecho por sus películas lo hacía ahora por su ciudad. 'Me ha costado mucho venir, ya lo saben, pero tenía que hacerlo. Nunca he asistido a los Oscar porque no quiero entrar en ningún tipo de competición, no me siento cómodo, no me interesa. Destesto llevar esmoquín, me siento ridículo. Pero pensé que si no me lo ponía podía ofender a alguien. Así que así me ven, ridículo, con la cara llena de maquillaje por mi ciudad'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de marzo de 2002