Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
REPORTAJE

La noche del terror en Buenos Aires

Manifestantes encapuchados, perseguidos por la policía, incendiaban y destrozaban todo lo que encontraban a su paso

Los disparos cesaron al amanecer. Y entonces llegó un silencio mortal. Sonaron durante toda la noche, confundidos entre bombas de estruendo, cohetes, gritos, alarmas, sirenas, aullidos. Al terror nocturno le sucedió la angustia y el miedo. El sur del gran Buenos Aires era tierra de nadie. Por llamadas a las emisoras de radio se podía saber que la onda expansiva de la batalla del jueves en la plaza de Mayo se abría en círculos concéntricos alrededor de toda la capital federal y se transformaba en una guerra de guerrillas entre grupos de vecinos, bandas de saqueadores y tropas policiales.

El desgarro de la voz que interrumpió de forma intempestiva la tristeza compartida por la mayoría de los mensajes, estremeció al presentador de la radio: "¡Ayuda, por favor, llamen a la policía, nos están saqueando, en Lanús, están entrando a las casas!". La comunicación era ya personal: "Aguanten, aguanten, estamos avisando". Pero la policía no respondía a la llamada. Eran poco más de las dos de la mañana y el pánico comenzaba a darse voces entre sí. En las horas siguientes llegaron mensajes desde Quilmes, en el sur, y hasta San Isidro, en el norte. "Acá estamos todos armados, esperando". Las autoridades consultadas admitían que "podían producirse todavía algunos hechos aislados", pero que no había "una situación descontrolada" y que se trataba de una "psicosis". Los vecinos insistían: "¡Que vengan acá, que vengan a ver esto!".

Cuando se sobrevuela la periferia de Buenos Aires se aprecian, perfectamente definidos, los territorios enemigos. Los campos boscosos, de césped verde y cuidado que bordean chalés con piscina, corresponden a los más de 200 countries, como se los llama aquí, y barrios privados, cercados con alambres de púas y con seguridad propia -reforzada estos días-, donde se han refugiado los restos de las clases media y alta. Entre ellos y cercanos a los miles de vecinos que han quedado a mitad de camino de la pobreza y sobreviven todavía en barrios tradicionales, enrejados a su vez en casas convertidas en jaulas, se asientan las extensas villas miseria. Allí resisten otros cientos de miles parados y hambrientos. Allí, adentro, funciona otra ley, otra seguridad. La policía sólo se atreve a acercarse hasta los límites exteriores.

Pequeñas multitudes que emergían desde la miseria más absoluta, espontáneamente organizadas como bandas, detenían camiones de mercancías en las rutas de ingreso a la ciudad y los saqueaban. Los dedicados habitualmente a la rapiña y al vandalismo se montaban en autobuses destartalados, robados al paso, para ir a desvalijar casas o comercios más atractivos. Uno de ellos llegó ayer hasta el barrio del Once, en el centro de la capital federal, y eligió una farmacia. La asaltaron y destrozaron en 10 minutos. Después del mediodía, en ese barrio, los comercios volvieron a cerrar sus puertas. "Dicen que se vienen otra vez para acá", temía Edith Kucher, de 28 años, empleada de un bar. La secuencia de imágenes de edificios, sedes de bancos y comercios con las ventanas y los escaparates destrozados en las principales avenidas que parten desde la plaza de Mayo y desde el río hacia el oeste de la ciudad, daba idea ayer de la ferocidad con que se habían empeñado en la batalla.

En retirada, grupos de manifestantes encapuchados, perseguidos por la policía, incendiaban y destrozaban todo lo que encontraban a su paso. En la esquina de Corrientes y Callao, y en otros sitios, los vecinos permanecieron alertas hasta entrada la madrugada y golpearon brutalmente a quienes veían con mercaderías robadas. Les obligaban primero a tirar al suelo los ordenadores, televisores, vídeos, discos compactos o bolsas de productos y luego los corrían a palos. Ayer a mediodía los encargados de la limpieza barrían vidrios, piedras, maderas chamuscadas y los empleados del municipio comenzaban a retirar de las calles los coches incendiados. El tráfico permanecía interrumpido alrededor de la plaza de Mayo.

En los párpados pesados, en la bolsa de los ojos, en la fatiga del cuerpo, en el ánimo apesadumbrado se advertía el cansancio que produjo la vigilia en la mayoría de los ciudadanos. A 30 metros del obelisco, el centro turístico de la capital, el dueño de un comercio de fotografía durmió en el local y electrificó la cortina metálica por temor al saqueo: "Eran todos delincuentes, no la gente que vino la noche anterior con las cacerolas. Yo vi cómo incendiaban las camionetas del correo Oca y el McDonalds, decidí encerrarme y le puse 220 voltios a la cortina. En ese momentos llamamos al 101 y la policía nos dijo 'mantengan la calma'. Llamamos a los bomberos y dijeron 'estamos saturados'. ¿Qué podemos hacer?".

Parte de guerra y muertos

En un hospital público moría ayer por la tarde uno de los cientos de heridos y ya sumaban seis las víctimas fatales de la batalla del jueves en la capital federal. Eran 27 los muertos en todo el país. Las historias de algunos de ellos revelan la magnitud de la tragedia. Graciela Acosta, de 35 años, viuda, con siete hijos, sobrevivía con una pensión de 140 dólares (26.000 pesetyas), la mataron durante el asalto a un supermercado. Eloísa Paniagua, de 11 años, escapaba con un paquete de alimentos cuando recibió en la cabeza un balazo disparado por la policía. Liu Yan Qung, de 26 años, se asustó cuando vio llegar a la multitud que iba a saquear su pequeño mercado, sacó un arma y mató de un balazo a Diego Ávila, de 24 años. Claudio Lepretti, de 35 años, se había subido a una azotea para ver qué pasaba, la policía le mató de un disparo en la garganta. La jueza federal María Romilda Servini de Cubría imputó al ex presidente Fernando de la Rúa de homicidio, tras la violenta represión policial del pasado jueves, y le prohibió la salida del país mientras se aclara el proceso. El jefe de la policía y el ex secretario de Seguridad Interior fueron llamados a declarar en la madrugada del viernes. Según sus testimonios, fue el ex presidente De la Rúa quien dio la orden de 'utilizar la fuerza necesaria para restablecer el orden' en el marco del decreto que impuso el estado de sitio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de diciembre de 2001

Más información