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Tribuna:

Comparación autonómica XAVIER BRU DE SALA

¿Cómo soporta Cataluña el famoso déficit fiscal? ¿Cuál es su nivel de crecimiento con relación a otras autonomías? Las preguntas son distintas, pero de la respuesta a la segunda depende en buena parte la veracidad de las tesis sobre el perjuicio causado a la economía catalana por la voracidad impositiva sin retorno que la mayoría de los economistas atribuyen al Estado central. La evolución del PIB por habitante en las distintas comunidades autónomas es elocuente. Entre 1980 y 1997, el PIB español pasó del índice 72 al 78. Sobre el 100 que representa la media europea, subió sólo seis puntos, mientras que Cataluña, al pasar de 83 a 97, subía 14. Madrid, obligada referencia para provincianos, partía de un poco más abajo, 82, y llegó en cambio hasta el 99. Ajustada victoria. La paliza proviene de Baleares, única comunidad que supera la media europea y, después de subir nada menos que 31 puntos, llegó a 118 (Canarias subió 20, pero a partir del 59 en 1980) En cuanto a crecimiento, Cataluña lleva sólo por delante a los dos archipiélagos y a Madrid. Tampoco está mal, diríamos, sin fijarnos en la importancia del sector turístico. Veamos cómo han ido las cosas en otras comunidades. El farolillo de cola está en la cornisa cantábrica, donde Asturias descendió nueve puntos, Cantabria siete y Euskadi tres. Andalucía pasó del índice 57 a un decepcionante, demasiado decepcionante, 56, y en el año 80 fue alcanzada por Extremadura, la más pobre en solitario, con un PIB cinco puntos por debajo del 50. Aragón subió nueve puntos, dos menos que Extremadura, y se situó en un nada desdeñable índice 85. El resto se mantiene más o menos donde estaba. Se supone a la elaboración de estos índices una fiabilidad que a lo mejor no poseen en todos los casos. Si hasta aquí no hay disparidad entre las cifras y la observación, cabe hacer una excepción importante: Valencia. Según el estudio sobre nivel de renta relativa de donde provienen mis datos -titulado Expansión económica regional y publicado por la fundación de las cajas de ahorro confederadas-, la Comunidad Valenciana pasó de un exiguo 72 en 1980 a un improbable 77. No creo que haya un solo valenciano capaz de creérselo. El País Valenciano huele tanto a dinero, se gasta allí tanto y se vive a un nivel tan alto, es tan obvio el milagro económico valenciano, que las cifras deben ser atribuidas o bien a un error de medición, a un misterio que los economistas ignoran, o bien a un enorme diferencial en el peso de la economía sumergida, atribuible tanto a la picardía local como al laissez faire de la Administración central. Peor en Murcia. ¿Alguien puede explicar cómo Extremadura avanzó 11 puntos mientras Murcia retrocedía tres? A ver si la hilera interminable de modernos camiones con productos y carteles murcianos que colapsan las autopistas en dirección al norte es una alucinación de los demás transeúntes. Si luego resultara que también hubiera que dudar del puntito retrocedido por Andalucía, España en conjunto estaría mucho mejor de lo que parece estudiando sus cifras. Pujol y Ruiz-Gallardón podrían costear a medias un nuevo estudio sobre el diferencial de transparencia en la riqueza entre las dos comunidades peninsulares que más han crecido y las que, según las cifras oficiales, lo han hecho menos (Cantábrico aparte). Si no lo hiciera nadie, resultaría además que el enorme esfuerzo fiscal no ha servido ni para modernizar y desarrollar España, que es lo que se pretendía. Con independencia de su resultado, estamos obligados a suponer que son ciertas las diferencias entre las comunidades de cabeza. Recordemos, archipiélagos aparte, que Madrid, con los beneficios de su creciente capitalidad en todos los sentidos, subió 17 puntos, y la arrinconada Cataluña 14. Muchos, empezando por nuestras autoridades autonómicas, dirán que tampoco está tan mal. Los más optimistas deducirán que, añadiendo el medio billón anual de combustible que nos guindan, Cataluña sería de nuevo una locomotora imparable. Los más prudentes se dejan de monsergas y se limitan a reconocer la escasez de inversiones en infraestructuras, que contrasta con la mayor necesidad de ellas en las regiones con más actividad y que, por lo tanto, es un freno indiscutible. Algunos malpensados volverán su mirada al mar para fijarse en la causa del éxito balear. Allí no hay nacionalismo visible, el déficit fiscal es importante, es evidente la escasez y la poca calidad de las infraestructuras, pero se compensa con la abundancia de ese petróleo humano llamado turismo. En Cataluña también hay turismo, bastante más. En Madrid, mucho menos. Se recomienda, pues, a los partidarios de la devolución fiscal que incidan en el peso de los distintos sectores en la evolución de la economía catalana, no vaya a ser que en la próxima crisis del turismo Cataluña se revele menos opulenta y dinámica de lo que hoy parece.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de julio de 1999