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Tribuna:

Física y metafísica

Los positivistas lógicos del Círculo de Viena caracterizaban a la ciencia empírica por la presunta verificabilidad de sus enunciados. Karl Popper, por el contrario, ponía el acento en su carácter refutable. En cualquier caso, ambos coincidían en la necesidad de un criterio de demarcación que nos ayudase a distinguir la ciencia cabal de la mera especulación. En las últimas décadas, mientras los filósofos han arriado sus velas especulativas, los físicos teóricos y cosmólogos han tomado el relevo de la especulación con renovado entusiasmo y notable sofisticación matemática.La frontera entre física y metafísica ya no marca los confines de la ciencia, sino que discurre por medio del territorio científico mismo. Sólo en el mundo ficticio de la matemática pura florecen las verdades seguras y eternas. En el mundo real de la ciencia empírica, todo es inseguro, provisional y revisable. Como decía Einstein, los teoremas matemáticos sólo son seguros en la medida en que no se refieren a la realidad. A pesar de todo, en una época determinada (por ejemplo, la actual) podemos señalar en cada disciplina científica un núcleo duro o modelo estándar que contiene una serie de teorías y resultados bien establecidos, mutuamente consistentes y contrastados empíricamente de alguna manera. Este núcleo estándar está rodeado por una nube de especulaciones incompatibles entre sí y carentes de apoyo empírico, que representan otras tantas apuestas sobre el futuro e imprevisible desarrollo de esa disciplina. Estas especulaciones actúan de locomotora del progreso científico. Sus proponentes tratan de desarrollarlas, de resolver sus posibles inconsistencias y de someterlas a contrastación empírica. En general, no lo logran, pero, en las raras veces que triunfan en su empeño, la especulación correspondiente se incorpora al modelo estándar, los libros de texto se reescriben y la ciencia progresa.

En la física de partículas, el modelo estándar está constituido por dos teorías gauge fundamentales: la cromodinámica cuántica (teoría de la interacción fuerte) y la teoría electrodébil (que unifica las fuerzas electrodinámica y débil). El modelo estándar reconoce 61 partículas elementales: 18 quarks , con otros tantos antiquarks; seis leptones, con sus correspondientes antipartículas; los bosones, que transmiten las fuerzas , y, finalmente, la partícula de Higgs. Aunque esta última no ha sido detectada (su detección es el principal motivo para construir el LHC en el CERN), casi todas las predicciones del modelo estándar se han cumplido gloriosamente y ningún resultado experimental es incompatible con él. Lo mismo no puede decirse de la nube de teorías avanzadas de la física teórica de partículas (teorías de gran unificación, de supersimetría, de supergravedad, de supercuerdas), cuyas predicciones peculiares conciernen eventos a energías de más de 10 -16 GeV, para cuya detección habría que construir aceleradores de varios años luz de diámetro, que nunca podrán ser construidos.

En la cosmología actual, el modelo estándar del Big Bang incorpora la teoría general de la relatividad, la métrica de Friedman-Robertson-Walker, diversos parámetros libres, la física nuclear, la historia térmica del universo, incluyendo la explicación de la radiación cósmica de fondo, y la historia química, incluyendo la nucleosíntesis primordial. Este modelo está apoyado empíricamente por hechos observacionales tan bien comprobados como la expansión del universo, el espectro de Planck de la radiación cósmica de fondo y la abundancia de elementos químicos en el universo. Más allá del modelo estándar se extiende una nube de especulaciones fascinantes, pero ayunas de apoyo empírico, como la cosmología inflacionaria, la constante cosmológica, la gravedad cuántica, la multiplicidad de universos desconectados y el principio antrópico.

No hay que renunciar a la metafísica matematizada de nuestros teóricos, pero debemos tener consciencia de la variedad de juegos cognitivos a los que juega la ciencia actual. No todos esos juegos son igualmente fiables. Si de lo que se trata es de construir una cosmovisión racional, más vale jugar la carta de la física estándar.

J. Mosterín es catedrático de Filosofía, Ciencia y Sociedad (CSIC).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 27 de mayo de 1998