Las lágrimas del novato
Después de la primera semana de clases de su vida, Ignacio Salagre, ya distingue a distancia el autobús que le lleva al colegio. Ayer saltó de alegría al verlo, arrastró la mochila cargada de ropa de recambio y se colocó el primero de la fila. Pero el síndrome del lunes le afectó en el último momento, y al despedirse de su padre llegaron las lágrimas.Ignacio, que no cumplirá tres años hasta el 17 de noviembre, es uno de los 15.000 niños de su edad que este curso se han incorporado al sistema educativo en el País Vasco. Sus padres, ambos castellanohablantes, eligieron el colegio Askartza de Leioa (Vizcaya) -un centro religioso concertado con el Gobierno vasco, con más de 2.600 alumnos, y que mantiene las líneas de enseñanza en lengua vasca y castellana- porque ofrecía "el modelo de enseñanza en euskera, un ambiente relajado y buenas instalaciones para actividades extraescolares".
Ignacio habla por los codos, pero no suelta palabra sobre lo que ocurre en la clase, el recreo o el comedor, ni dice si es capaz de hacerse entender en un idioma que no comprende. "A esas edades aprenden rápido", asegura su padre. "Y además, el colegio garantiza que podrá estudiar en euskera sin salir del centro hasta la Universidad".
El autobús que lleva a Ignacio se cruza todos los días con otro que se dirige a la ikastola Betiko, un centro concertado situado en el otro extremo del pueblo, en donde estudian unos 200 alumnos. Entre ellos están los hermanos Vidal. Inazio, de 4 años; Peru, de 9, y Beñat, de 11, vuelven a los madrugones, el transporte escolar y los juegos. Pero este año cambian las normas: "Nos van a meter más caña. Tenemos que leer en casa y hacer los deberes todos los días", cuenta Peru. "El que no haga los deberes tres veces se quedará una semana sin recreo", apostilla su hermano mayor. "Tengo un poquito de miedo, porque tengo mala letra", confiesa Peru en voz baja, "pero es mejor que quedarte en casa".
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