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Tribuna:TRAVESÍAS: ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El regresado

Hay algo inmemorial en ese gesto atrapado instantáneamente por la fotografía, en la actitud tan simple y común del padre que lleva en brazos a su hijo de cuatro años, y lo sostiene y lo acaricia a la vez, en la del niño que le ha echado los brazos alrededor del cuello al tiempo que aprieta los talones en tomo a la cintura del padre: asido a él, acogido a su fuerza, a su gran estatura de árbol, que le parece prodigiosa cuando levanta los ojos para mirarlo desde el suelo. Tal vez las leyendas de gigantes que hay en todas las tradiciones populares proceden simplemente del tamaño desproporcionado que los seres adultos tienen para los niños, y por eso no sólo hay en los cuentos gigantes malvados y caníbales, sino también gigantes bondadosos que son el padre y la madre entrevistos en la bruma de los dos o tres primeros años de la vida, antes de que el dominio de las palabras vaya permitiendo la acuñación de recuerdos nítidos.El niño lleva pantalones vaqueros y zapatillas deportivas, pero en el modo en que se abraza a su padre hay una actitud primitiva de ternura y de búsqueda de refugio, de confianza absoluta, de privilegio, hasta de protección: tal vez ese niño intuye, como les sucede a otros, con un brusco arrebato de responsabilidad, que en la fortaleza del adulto hay algo muy frágil, de modo que al echarle los brazos alrededor del cuello no sólo disfruta de la proximidad y de la altura, sino que además se ofrece, él también, como refugio y parapeto del padre.

El hombre, José Antonio Ortega Lara, sonríe por encima del abrazo de su hijo, al que durante casi dos años de tormento incesante pensó que nunca volvería a ver, sonríe de una manera estática, casi dolorida, como si lo tras pasara la conciencia de lo que está disfrutando justo en ese momento, de lo que creyó perdido. Es como ese padre que ha estado enfermo mucho tiempo, y del que se le dice al hijo pequeño que no debe ser molestado, que no hay que hacer mucho ruido para que pueda dormir. Yo apenas había vuelto a ver su cara desde que la Guardia Civil lo rescató de la ultratumba de un zulo terrorista, donde fue agonizando día tras día mientras sus guardianes y verdugos llevaban vidas tranquilas y hasta ejemplares en el vecindario. Entonces, cuando apareció a plena luz con la palidez huraña de los muertos, cuando se le vio tan flaco y encorvado como el espectro de un campo de exterminio, tan perdido entre los policías y los familiares y los periodistas como debió de sentirse Lázaro al salir de la tumba, pareció que sus torturadores habían prevalecido sobre él, y que si ha bía regresado a la vida nunca podría volver de verdad a la comunidad de los vivos. Ésa es quizás una de las sensaciones más crueles que permanecen en la conciencia de quien ha padecido una desgracia que trastornó de golpe su vida, un accidente, la noticia súbita de una enfermedad, la muerte de alguien tan próximo que su pérdida es una amputación: se siente aislado de los otros, expulsado de la normalidad sin fisuras en que imagina que ellos viven, arrojado a un exilio personal que tiene algo de estigma, de inaceptable excepción: por qué yo y no otro, qué han hecho o qué tienen los demás para que a ellos no les sobreviniera lo mismo que a mí, para que no fueran escogidos. En cualquier conciencia humana atribulada por la desgracia surgen como un instinto el lamento y la rebelión de Job.

Pero este hombre, Ortega Lara, sonríe y abraza a su hijo como si de verdad hubiera sido capaz de volver: no sólo de la muerte temida y al final deseada, solicitada ansiosamente; también del sentimiento abismal de la soledad, de la ruptura de los lazos con los demás seres humanos, con la multitud inmensa de los que no padecieron su desgracia, de los que no conocieron el infortunio de ser elegidos en la lotería negra del terror.

Otros no han vuelto, nunca van a volver. Hoy mismo, cuando este periódico publica en primera página la foto del padre que aún tiene una sonrisa de convaleciente y del niño que se abraza a él con toda la fuerza experta de sus brazos y piernas, se cumple un mes justo del asesinato de Miguel Angel Blanco. Parece que fue ayer, y también parece que fue hace mucho tiempo (el tiempo, en verano, adquiere enseguida una gran anchura de distancias, siempre conserva algo de la espaciosidad de las vacaciones escolares). El túnel de oscuridad que atravesó Miguel Ángel Blanco fue mucho más breve que el de José Antonio Ortega Lara, pero él no pudo vislumbrar su salida. Se quedó como congelado en la sonrisa de una foto que ya tiene una tristeza de recuerdo muy lejano, la sonrisa delicada y póstuma, absorta, como agraviada, de los que mueren muy jóvenes. Nadie recuerda haber visto la foto de su cara en una camilla, ni amortajada en un ataúd: las caras de los muertos son demasiado abstractas, son caras, de otros, o de nadie. En cambio, en esa foto que se convirtió en emblema instantáneo de una hermosa sublevación popular, reconocemos a Miguel Ángel Blanco como si lo hubiéramos visto y tratado con frecuencia, invulnerable a la muerte, intocado por el infortunio.

No ha hecho falta ni un mes para que el nivel de inmundicia política que lo corrompía todo antes del 12 de julio, saboteando cualquier tentativa de eficacia, democrática contra el terrorismo, haya vuelto a mostrarse con la desvergüenza usual, con el conocido reparto de ayatolás, aprovechados y voluntariosos cretinos (no son categorías excluyentes). En este tiempo se ha visto a intelectuales concienciados desdeñar la ira popular y la unanimidad democrática contra los terroristas, alegando que en aquellas manifestaciones se defendió "la España eterna" (sic) y la pena de muerte, lo cual, aparte de una calumnia, es una muestra de la ceguera transitoria que aqueja de vez en cuando a algunos profesionales de la lucidez. Como era tristemente previsible, la vileza y la ineptitud política han vuelto a ser las mismas. Hay algo, por fortuna, en lo que este tiempo no ha sido del todo estéril, al menos un reducto de dignidad no contaminado por la infamia: a lo largo de este mes José Antonio Ortega Lara ha ido regresando a la vida, ha adquirido de nuevo la fuerza necesaria, la destreza inmemorial de subir en brazos a su hijo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de agosto de 1997

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