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Tribuna:CRÓNICAS: JUAN CRUZ

Estas palabras

"Palabras, palabras, palabras, y no pistolas". Eso escribió Manuel. Vicent el domingo último en EL PAÍS. Después y antes hubo otras palabras (y no pistolas) de escritores, de gente que no escribe habitualmente, ciudadanos indignados, rabiosos, perplejos, por lo que sucedió la semana pasada en el País Vasco, y ha habido, como no, silencio de incontinentes. El silencio de los incontinentes ha extrañado: ¿Ni a favor ni en contra? ¿Es que hay algún conflicto que se les resista? ¿No tienen, en sus incontinentes conocimientos de todo, argumentos suficientes como para salir a la palestra, también ahora, incontinentes? Antonio Elorza hizo esta semana, también en este diario, una crónica reveladora sobre un programa emitido por el canal Arte de la televisión alemana; en su crónica relataba Elorza los juicios benévolos expresados en ese programa por uno de estos incontinentes que hablaba de lo que pasa en Eluskadi relacionándolo con lo que cree que es la vía maternal para entender la raíz fructífera del-conflicto, o del fenómeno vasco, como también se le llama. No es que sea precisa la palabra de los incontinentes; simplemente, extraña su ausencia como síntoma estadístico: son los que hablan siempre: ¿Por qué se callan de pronto? Tendrán la lengua de vacaciones. Estarán de viaje.Vicent expresaba en cierto modo su convicción de que las palabras no son pistolas; trascendió tanto el artículo que lo leyó en El Larguero José Ramón de la Morena y Radio Nacional le pidió al escritor que le pusiera voz. Las palabras no son pistolas. No siempre: a veces apuntan. Estas palabras fueron escritas en Egin por el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad del País Vasco Mario Zubiaga: "La víctima: ¿Qué parece haber sido? Es aquel que muere para salvamos, inocente y virgen como las doncellas entregadas al dragón, es la personificación del ciudadano común víctima propiciatoria que quizá satisfaga, y empache al monstruo, debilitándolo. ¿Qué era? Se ha difuminado por razones estratégicas el hecho de la militancia política, porque, a esos efectos, la víctima, en principio ,puede ser cualquiera". Y seguía explicando el profesor Zubiaga: "La víctima era un concejal del Partido Popular en Euskadi, un representante de la Euskadi más alejada de su identidad (Ermua es posiblemente uno de los pueblos sociopolíticamente menos vascos de Euskiadi, el balance de representantes entre partidos nacionalistas españoles y vascos es de 14 a 4), miembro de una generación juvenil sin arraigo en la cultura de su país. En fin, un representante político del partido que ocupa el Gobierno en España, no un ciudadano cualquiera, pero no más o menos victimable que otros muchos". Victimable. ¿La vida no vale nada? ¿La muerte es de inmediato un objeto frío de la historia? Y proseguía el profesor: "( ... ) A efectos de la pacificación, es el pueblo vasco el relevante y no el español; no se pueden construir estrategias de polarización social en terrritorios con un 20% de 'desviados', sopena de producir fracturas sociales irreversibles".

Estas palabras: "Pero no más o menos victimables". Hielan el espíritu, - pasan como un revolcón sobre la capacidad de asombro, y rompen la armonía con la que uno cree que ha de conducirse la reflexión sobre el drama de los asesinatos. Todos somos victimables: lo decía Brecht en el poema que ahora tanto se repite sobre la sinrazón política e inmoral de la violencia entre los hombres, y lo decían César Vallejo o José Hierro sobre la tragedia cotidiana ¿y civil y casual? que acecha a las personas en cualquier esquina de sus acontecimientos vitales. Reducir con palabras a "más o me nos victirnables" a los seres que re sultan desviados en el entorno del que han crecido, conviven e incluso cantan, arroja sobre la esperan za de entendimiento humano una enorme desazón, una congoja real que se manifiesta también por una razón sin vuelta de hoja: lo que así se dice no lo escribe un solitario.

En los años que se han ido sucediendo se ha levantado una teoría del odio y se han cerrado, las fronteras del entedimiento; en medio de la enorme, y estimulan te, manifestación del lunes último en Madrid veíamos la edad media de los que gritaban contra el horror: una gran mayoría no había nacido cuando ETA mató a Carrero; algunos habrán oído con tar a sus padres qué pasó en septiembre de 1975, cuando Franco hizo con sus presos lo que ahora ETA hizo con Miguel Ángel Blanco, pero entonces hubo al menos la pantomima cruel del proceso; y otros, los mayores, muchos de los cuales seguramente no respiran ni por el patrioterismo de antes ni por otros pulmones que los que son alimenta dos por la necesidad de vivir en paz, sabían que estaban allí para que no siga habiendo equívocos: el respeto a la vida es igual al res peto a la ley y éste es igual al res peto a la libertad. Haro Tecglen lo dijo en la radio antes del asesinato: si secuestran a ese chico por ser del PP, yo también soy del PP. Si ese chico es "más o menos victimable" que cualquiera, esa ingente manifestación de españoles diversos, reclutados por el sentimiento del horror ante el miedo que produce cuaquier dictadura, estaba compuesta también por victimables, por seres que estaban allí para ser contados no como re presentantes de comunidad alguna, vasca o española, sino como ciudadanos hartos. Los que ten gan la tentación de ser escépticos ante el porvenir de este grito tan unánime probablemente estén equivocados; pero en algunas palabras como piedras de hielo en contrarán sentido a su falta de es peranza sobre el futuro del entendimiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de julio de 1997

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