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56º FERIA DEL LIBRO DE MADRID

Poesía para los patos

La lluvia dificulta las ventas y el paseo por el Retiro, pero propicia la calma y la lírica

Empezó el miércoles y ayer siguió durante casi todo el día. La lluvia se ha metido en la feria, como casi todos los años, y ayer convirtió el Retiro en una piscina. Hasta los patos salieron de su estanque por la mañana y se dieron una vuelta entre las casetas, mientras los visitantes (más de los previsibles) se tapaban con paraguas y chubasqueros, los vendedores ponían plataformas de madera en el suelo para evitar la mojadura de pies a los clientes, otros cerraban antes de la hora y algunos achicaban agua de las casetas y secaban los libros con pañuelos de papel.La organización dijo que no llamará a la NASA para saber si lloverá más: "Ha habido ferias de andar con el agua por las rodillas, y otras, como el año pasado, que sólo llovió la noche de la clausura. Hace unos años, éramos el método infalible contra la sequía. Este año, gracias a Dios, ha llovido sólo entre semana y la gente ha seguido viniendo". Y concluyen: "Pero para los expositores es duro. La lluvia siempre baja el ánimo y las ventas".

Ayer, los escasos escritores que fueron a firmar por la mañana (casi todos poco conocidos: las estrellas son para el fin de semana, que llueve menos) ensayaban sin ilusión dedicatorias que nadie iba a recibir, y los vendedores comían churros en los chiringuitos. La mayor actividad se centraba en la carpa informática, donde no sólo escampaba sino que había calefacción. Pero en la caseta donde los espontáneos pueden continuar un libro iniciado por Mario Vargas Llosa, un probable poeta maldito que no quiso identificarse dejó escrito el siguiente texto: "La luz aullaba como un niño perdido en la floresta intangible de los días que no pasan. Ardía la memoria sobre el alféizar cubierto en sus contornos de arena milenaria. En la ciudad del sueño, frente al mar, el gesto alucinado de un adiós..."

Era una mañana perfecta para la poesía o para echar pan a los patos relucientes, "pero pararse en las casetas a hojear libros mojados es una heroicidad", decía Carmen Gómez, estudiante de filosofía, con el flequillo chorreando gotas sobre la nariz y la carpeta abultada.

La megafonía tampoco animaba gran cosa: una cinta de la Niña de la Puebla llenando la calma de gorgoritos, y una repetitiva cuña anunciando el viaje que sortea una agencia a cambio de las papeletas que el visitante recibe al comprar algo.

Un punto caliente eran, las varillas como pinchos morunos que miden la solidaridad de los paseantes: la colecta llevara libros al tercer mundo a base de monedas de cinco duros. El día de la clausura, 15 de junio, la feria sorteará la ONG que cumplirá el encargo. De momento, llevan medio pincho.

En la carpa infantil no había ni patos, pero los días normales se regala un cuento personalizado a todo pequeño que entre -o se pierda-. Se titula Alto soy Copy.

Alegraron la cosa los chicos de Canal +, pertrechados como para una acampada, preguntando al que se ponía a tiro para qué sirve un libro. Dijo el poeta: "Para pensar, huir de los multimedia, conspirar contra el sistema y cobijarse de la lluvia". Pero era una metáfora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1997